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La importancia de la diversidad lingüística ha sido, y a menudo sigue siendo, víctima de varios prejuicios que con sus efectos combinados han contribuido a devaluar la trascendencia del pluralismo lingüístico y la preservación del patrimonio lingüístico mundial. Así, durante mucho tiempo, la diversidad lingüística se ha asociado a la idea negativa de la incomunicabilidad de las culturas, idea sublimada por la imagen bíblica del mundo después de la Torre de Babel, condenado por el castigo divino a la confusión lingüística y a la incomprensión. Exacerbado por la dinámica actual de la mundialización, este prejuicio ha tenido enormes repercusiones: por una desviación paradójica, la eliminación de la diversidad lingüística ha parecido constituir por mucho tiempo una condición indispensable para la instauración de una comunicación y un entendimiento entre las culturas y los seres humanos. Algunos han sugerido incluso que la construcción de una paz universal requería una lengua universal única. Toda la experiencia humana viene a desmentir este prejuicio. Un segundo prejuicio, en parte ligado al primero, consiste en establecer una jerarquía de lenguas, algunas se consideran superiores y portadoras de “civilización”, mientras que otras se juzgan “inferiores”, primitivas o condenadas a desaparecer por el progreso industrial y económico. Ninguna lengua es inherentemente “superior” a cualquier otra, cada una cumple su función en un determinado contexto cultural, económico, social, ecológico y político. La desaparición de una lengua no es por la supuesta inferioridad lingüística sino por la brutal alteración del entorno general en el que se la utiliza, la evolución de los modos de vida a ella asociados o la ausencia de un patrimonio escrito susceptible de suplir las deficiencias de la transmisión oral. Un tercer prejuicio, en gran medida contemporáneo a la aparición de los Estados-Nación, consistía en construir los cimientos de un Estado unitario sobre la base de la promoción de una lengua oficial única. Esta política ha llevado a menudo a desalentar el pluralismo cultural y lingüístico y a fomentar el monolingüismo que se considera garantía de unidad y cohesión nacional. En nombre de la indivisibilidad de la comunidad nacional se combate la existencia de dialectos y lenguas regionales mediante políticas de asimilación lingüística forzada y se considera al multilingüismo un obstáculo al desarrollo. Se trata de una cuestión que en realidad va más allá del destino particular de una u otra lengua; lo que está en juego es la constitución de sociedades cuya cultura refleje la diversidad de sus expresiones, el valor del pluralismo, la tolerancia y el respeto del otro, que son la base de la verdadera democracia. En este contexto de un mundo cada vez más “mundial”, a pesar de su creciente erosión, el multilateralismo sigue siendo la esperanza. ¿Cómo planteamos las lenguas preponderantes para las relaciones internacionales? ¿Repetimos los prejuicios en relación con la pluralidad lingüística? ¿“Se imponen las lenguas superiores”? Sin duda, la tercera revolución industrial y la mundialización que la acompaña están a punto de partir el mundo en dos: el de los globalizadores, esa sociedad de una quinta parte del mundo dominada por una hiperclase segura de sí misma y hegemónica, y el de los globalizados, esos cuatro quintos de la humanidad, que más que moverse son movidos. La tercera revolución industrial y la mundialización que la acompaña llevan por tanto en su seno la marginación, como las nubes llevan la tormenta. Esta es una realidad innegable de las relaciones en el mundo… ¿Cómo hacerle frente? El discernimiento de esta cuestión constituye el obligado punto de partida para la toma de postura de los Estados y las instancias internacionales a la hora de tomar las grandes decisiones en todos los órdenes, siendo la lengua para la comunicación internacional de gran relevancia y enorme simbolismo. Las relaciones de cooperación y las transacciones comerciales no escapan a este influjo, pero es esencial reconocer que las lenguas del mundo no son un vulgar objeto de consumo que pueden producirse y reemplazarse hasta el infinito: lengua y sociedad son dos fenómenos indisociables, tan inseparables como el anverso y el reverso de una hoja. Comprender esto nos lleva a posicionarnos de manera distinta ante las relaciones internacionales. En este sentido, el rol llamado a jugar por nuestro continente adquiere una importancia de primer orden. América, como parte integrante del mundo que llamamos Occidente, alberga cuatro lenguas de gran trayectoria internacional, portadoras de culturas milenarias y pertenecientes a Estados fuertemente consolidados y desarrollados económica y socialmente. Estas lenguas inmigrantes, si bien dominantes, no han sido lo suficientemente poderosas para extirpar a las lenguas amerindias y dar origen a Estados unilingües. Hoy, sin embargo, una de estas lenguas hace resurgir el peligro de un avasallamiento lingüístico aún no conocido. Aunque son innegables las ventajas de una lengua que expande los avances de las ciencias y la técnica, las aceleraciones de la información en los medios de comunicación masiva o los estereotipos del éxito y de lo moderno, esas mismas ventajas son portadoras de riesgos al constituirse en vehículo no neutral de comunicación en un mundo polífono de voces que expresan desigualdades abismales. Es innegable que debemos establecer acuerdos claros para que América funcione ampliamente en español, portugués, francés e inglés en las conferencias y los organismos internacionales, en la edición especializada, la documentación técnica, las normas, la comunicación científica, Internet y los medios de comunicación especializados. Pero, de la misma manera, debemos promover el uso de las lenguas indígenas, y, tratándose del MERCOSUR, pido que esa otra lengua sea el guaraní, y que junto con ella, las demás lenguas amerindias tengan el espacio para desarrollar y crecer en igualdad de condiciones. Y eso es posible, porque la realidad en América Latina es que en ninguno de nuestros Estados más de un 3 % de la población habla inglés, y aun así numerosos centros nacionales de investigación premian anualmente a una mayoría de investigadores que editan en inglés y favorecen la edición científica en esta lengua; las conferencias internacionales aceptan cada vez más la lengua inglesa como único vector; los organismos internacionales que tradicionalmente sostenían un sistema de plurilingüismo interno favorecen claramente una única lengua. El mundo de la edición técnica y científica está dominado por la lengua inglesa; las normas internacionales y las patentes son sectores en los cuales el inglés se impone cada vez más; 50 % de las páginas Web recensadas en el mundo están escritas en inglés cuando menos del 10 % de la población tiene el inglés como lengua materna. Sin duda en la globalización muchas lenguas se ven amenazadas y, a través de ellas, se ve amenazada también la soberanía de los ciudadanos del mundo. La desaparición de una lengua refleja a menudo una situación más amplia y más compleja: el subdesarrollo, la exclusión, la dependencia y la marginación. Debo aprovechar este valioso espacio para proponer que una lengua indígena, la única que es oficial para todos los habitantes de una República y hablada mayoritariamente por ciudadanos no indígenas, sea considerada también como una de las lenguas de comunicación para América: me refiero a la lengua guaraní, que necesita de este respaldo internacional para su promoción y desarrollo en toda la región y para constituirse en un icono para las demás lenguas amerindias cuyo valor comunicacional y cultural para sus hablantes es enorme y valioso. América con lenguas originarias creciendo en igualdad y armonía con sus lenguas de origen europeo. ¡Qué maravilla! Me refiero a la lengua guaraní hablada en cuatro países de la Región. Finalmente, no olvidemos nunca que luchar por la diversidad lingüística es contribuir a la libertad de expresión y a la paz. El ejercicio de la palabra nos permite un encuentro con el otro en que queda preservada la dignidad. Promovamos en nuestra Región la negociación de un convenio internacional sobre los derechos lingüísticos y la negociación de acuerdos a escala nacional y regional con miras a proteger la vigencia de nuestra diversidad.
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