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Ante todo, deseo agradecer a los organizadores del III Seminario Interamericano de Gestión de las Lenguas, y muy en especial a Unión Latina y a la Organización de Estados Iberoamericanos, por la oportunidad que me han brindado al invitarme a compartir con ustedes para debatir sobre temas tan apremiantes para nuestro continente como el de la integración y el respeto a la diversidad cultural y lingüística y, juntos, marchar a la búsqueda de soluciones. El tema que me propusieron abordar es Creación de afinidades e impactos de la globalización en la elaboración de terminologías multilingües, el cual agradezco mucho, pues me permitió profundizar en temas que hasta la fecha lo había hecho de forma tangencial.
Introducción Un término recorre el mundo, probablemente sea uno de los términos de las ciencias sociales más frecuentes, debatidos, polisémicos y, por lo tanto, complejos que aparecen hoy en la red de redes, en los medios de difusión, en los encuentros académicos y en las grandes manifestaciones populares: GLOBALIZACIÓN. El término apareció, por primera vez en inglés en 1961 en el Webster´s Third New International Dictionary y en la década de los años 80 se extendió por todo el mundo en casi todos los idiomas, apareciendo también en español como alternativos o distintivos los términos: MUNDIALIZACIÓN, INTERNACIONALIZACIÓN y, más recientemente, PLANETARIZACIÓN. Un conocido economista ha expresado que existen "varios cientos de definiciones" de "globalización", lo que le ha hecho decir a otro que Globalización significa “lo que cada uno entiende por globalización”, lo cual no deja de ser exagerado sin tener algo de cierto. Aunque la definición no lo es todo, pero todo implica definición, quizás esta complejidad en su enunciación que ostenta el término se deba a que la globalización presenta dos caras, dos visiones. Una, la globalización propiamente dicha, con el apellido de neoliberal, la del flujo de capital que sale de los centros tradicionales de poder de Europa y América del Norte, y la creación de procesos mundiales, extraterritoriales de producción, comercio y diseminación de la información que tiene muchos aspectos negativos, pero que, al mismo tiempo, ha engendrado la aparición también de aspectos positivos, los que abogan porque se trabaje de manera activa sobre ellos pues pueden ser favorablemente aprovechados. Esta última acepción es la que se refiere a esos aspectos positivos de su existencia real histórica como fenómeno concreto, entendible, e incluso necesario, y que algunos autores prefieren llamar mundialización, internacionalización o planetarización para diferenciarla de la primera. Como proceso multidimensional hay que analizarlo multidisciplinariamente. Los economistas lo relacionan con un mercado global, para los historiadores se trata de una época dominada por el capitalismo global, entendido este como un sistema de organización social y económica. Los sociólogos la interpretan como la convergencia de preferencias sociales, en lo referente a estilos de vida y valores sociales; en las ciencias políticas, se alude al deterioro gradual del Estado-nación. En el aspecto lingüístico, los especialistas la interpretan como el riesgo de la supremacía de una lengua por sobre las demás y la defensa de la riqueza y diversidad cultural y lingüística del mundo, objetivo vital para la especie humana, puesto que cada lengua aporta a la cultura de la humanidad una concepción diferente y singular del mundo. Este bagaje cultural e ideológico no es superfluo. Va ligado ni más ni menos al bien máximo de la preservación de la especie. Aunque el término es de reciente creación, el proceso que identifica no es nuevo, pues la primera globalización se produjo en la prehistoria, cuando la especie humana, a partir del foco africano, se dispersó por todo el planeta. Fue precisamente en el curso de esa diáspora, que duró siglos, lo que la diferencia notablemente de la actual por su inmediatez, que se produjo la extraordinaria diversidad y riqueza de culturas y lenguas que disfrutamos hoy. Los procesos de globalización son complementarios con los procesos de integración que se llevan a cabo a escala regional, continental y mundial. La primera globalización produjo lo que la actual, varios milenios después, aspira a integrar pero, ¿cómo? Esa es la cuestión.
La integración lingüística de las Américas: De una lengua compañera del Imperio a varias lenguas compañeras de la integración solidaria Según datos de Naciones Unidas, en América vive el 14 % de la población mundial, es decir alrededor de 800 millones personas. Es el continente que posee el más alto índice de crecimiento de población anual. A pesar de más de 500 años de existencia de políticas lingüísticas explícitas o implícitas encaminadas a la homogeneización lingüística y cultural, en el continente se hablan todavía hoy, con mayor o menor vitalidad, desde Alaska hasta la Patagonia, alrededor de 1 000 lenguas [1] que presentan una rica diversidad genética y características diferenciadas que incluye, desde peligros de inminente desaparición hasta una gran vitalidad. Pero en América no solo desaparecieron, sino que también surgieron nuevas lenguas, como resultado del mestizaje entre indoamericanos, europeos y africanos: las lenguas criollas. El 95 %, aproximadamente, de la población del continente tiene como lengua materna una de las cuatro grandes lenguas: español, inglés, portugués o francés. Las lenguas amerindias y las criollas poseen en común que están marcadas por una fuerte estigmatización que las considera lenguas bárbaras, atrasadas, incapaces para ser utilizadas en la cultura, el pensamiento filosófico, la ciencia y la tecnología. Lo que las acerca mucho con las valoraciones que en un día también se expresaron, y en ocasiones algunos retoman, sobre el español y el portugués, por solo mencionar dos ejemplos. De los 35 países que integran el continente solo 7 lenguas tienen el carácter de oficiales: el inglés (14), el español (18), el francés (Canadá y Haití), el portugués (Brasil), el criollo haitiano (Haití), el guaraní (Paraguay) y el neerlandés (Surinam). Mientras que tienen el estatus de lenguas cooficiales regionales el quechua, en Perú, Ecuador y Bolivia, y, en este último, el aymará. En Canadá el Inuktitut y 7 lenguas indígenas más poseen estatus jurídico diferenciado. La situación lingüística actual es el resultado de los cambios en las políticas lingüísticas que hace apenas 30 años comenzaron a producirse en algunos países de la Región (Perú, Colombia, Paraguay, Panamá, México, Bolivia, Haití, Venezuela, Guatemala, Canadá) pues, hasta entonces, no se había hecho el reconocimiento explícito por los Estados ni expresado la necesidad de protección a esa diversidad étnica y cultural y, por supuesto, ninguna de las lenguas amerindias o de los criollos tenía estatus de oficial ni cooficial. En los organismos interamericanos son lenguas oficiales y de trabajo el inglés, el español, el francés y el portugués; aunque no siempre hay una presencia equitativa de las cuatro en estas organizaciones, ya que en algunas ocasiones el portugués y el francés no están presentes. La necesidad de tomar en cuenta los asuntos lingüísticos en los tratados de integración se plantearon por primera vez durante la celebración de la Conferencia Parlamentaria de las Américas (COPA), celebrada en 1997 en Québec, Canadá, cuando al realizarse un análisis de los documentos en los convenios tanto bilaterales como regionales se constató la ausencia de las cuestiones lingüísticas en los mismos, aunque las negociaciones se produjeran entre países donde se hablaban lenguas diferentes. Sin embargo, los procesos de globalización y de integración económica demuestran que los temas lingüísticos plantean nuevos desafíos tanto para los ciudadanos como para las organizaciones y los Estados. Quizás esa marcada ausencia, o aparente indiferencia hacia las cuestiones lingüísticas, se deba a un criterio reduccionista que considera el unilinguismo como algo natural y necesario, razonamiento que se sustenta en su supuesta facilidad y eficacia para la comunicación, al mismo tiempo que se le otorga tácitamente el estatus de “lengua única” al inglés, símbolo lingüístico de la globalización [2]. Sin embargo, el actual proceso de integración continental constituye un marco propicio para incrementar la diversidad lingüística de las Américas y emprender acciones colectivas a su favor, tanto en el caso de medidas destinadas a las organizaciones interamericanas, como a las empresas y a todos los miembros de la sociedad. Las áreas de intervención son amplias y requieren la activa participación de todos los sectores del continente. Los procesos de integración pueden abrir el camino a nuevas colaboraciones y a nuevas formas de solidaridad que promuevan el multilingüismo en las organizaciones interamericanas y desarrollen el plurilingüismo entre todos sus ciudadanos. Así lo consideró la Asociación de Estados del Caribe, que agrupa a 24 países con 48 millones de personas que hablan español, francés, inglés, neerlandés y criollos, al plantear la necesidad de "eliminar las barreras lingüísticas en la región, mejorando la competencia de los habitantes del Caribe a través del conocimiento de una segunda o una tercera lengua" (español, francés, inglés), programándose varias acciones para poder alcanzar ese ambicioso objetivo. Los países que integran el bloque de MERCOSUR, acordaron la enseñanza del portugués como segunda lengua en Argentina, Uruguay y Paraguay, y del español como segunda lengua en Brasil. Mientras que el tratado de cooperación Alternativa Bolivariana para las Américas (ALBA), suscrito entre Cuba, Venezuela y Bolivia, acaba de incluir una nueva forma de integración, de enorme trascendencia para el desarrollo de cualquier país: la alfabetización de más de 1 millón de personas en Bolivia en cuatro idiomas, a saber, español, aymará, quechua y guaraní, utilizando el método de alfabetización cubano Yo, sí puedo [3] que ya ha sido aplicado con eficacia en más de 20 países en América, Oceanía y África. Junto a Cuba y Venezuela participarán otros países latinoamericanos. Por otra parte, el gobierno boliviano ha establecido que los funcionarios del Estado, los maestros y los profesores universitarios, los embajadores y los cónsules de ese país tendrán que hablar ineludiblemente una de las lenguas autóctonas (aymará, quechua o guaraní), en un proceso que será gradual pero obligatorio, porque la mayoría de los bolivianos las usan en su comunicación cotidiana y porque existe hoy en Bolivia la voluntad política para llevarlo a la realidad.
Una lengua es un dialecto, con un ejército detrás… ¡Cuántas veces no hemos repetido esa frase por lo certera que es! Pero, en este caso, no me refiero, por supuesto, a un ejército colonial o imperialista que imponga una lengua, sino a un ejército de especialistas que disponga de los recursos necesarios para realizar la planificación lingüística y terminológica de su lengua y ponerla al nivel del desarrollo actual de la ciencia y de la tecnología para que puedan ser usadas por sus hablantes y por hablantes de otras lenguas en cualquiera de los ámbitos de la vida de una sociedad moderna; que permita a sus hablantes relacionarse nacional e internacionalmente en su propia lengua. Estamos de acuerdo en que todas las lenguas son potencialmente aptas para expresarlo todo. Sin embargo, en la realidad, no todas han alcanzado el mismo desarrollo porque no todas han dispuesto ni disponen de los mismos recursos. Hablar de terminología significa preocuparse por la integración lingüística y, con ella, de los pueblos que las hablan. Las lenguas especializadas son piezas clave para valorar la aptitud y vitalidad de una lengua como vehículo de comunicación. Para ello, una lengua debe disponer de una terminología moderna, de creación o de préstamo, que le permita referirse a todos los conceptos nuevos que la evolución de las sociedades y el desarrollo de la tecnología requieren [4]. La terminología y la neología constituyen una cuestión crucial que facilita la apropiación de nuestras lenguas de nuevas realidades por las grandes mayorías y debe seguir siendo una prioridad. La normalización de la terminología debe estar presente en todos los casos necesarios. Esta se inscribe en una combinatoria de objetivos en el conjunto de la concretización de una política lingüística que defina la acción de organizaciones encargadas de la puesta en marcha de estas políticas. Sin una planificación adecuada de la terminología, la comunicación especializada va a encontrar serias dificultades y aparecerá entonces el riesgo de que los intercambios se realicen en una sola lengua y eso, sin duda , no será culpa ni del imperialismo ni de la globalización, sino de nosotros, los hablantes de otras lenguas, que pudiendo hacer no hacemos. Para contar con terminología debemos estar decididos a actuar, a identificar las necesidades de nuestras sociedades y estar listos para denominar las nuevas realidades en estrecha asociación e integración. A pesar de la preeminencia internacional que ha tenido el inglés a partir de la II Guerra Mundial, cuya presencia se ha incrementado notablemente en los últimos años con el surgimiento de las nuevas tecnologías de la información y los procesos de globalización, no se puede negar que se han manifestado cambios positivos en el francés y el español, no así tanto en el portugués, en el mundo de la globalización. Presencia que se debe, fundamentalmente, no tan solo al gran número de países y personas que las hablan como lenguas maternas, sino a las múltiples acciones de política y de planeación lingüísticas, que se han venido realizando y realizan desde diferentes organizaciones, comisiones gubernamentales o academias de la lengua que lo han favorecido. Hay en América tres mundos muy diferentes con respecto a la terminología, de una parte está Canadá con sus políticas terminológicas bien definidas, un trabajo sostenido y de reconocido prestigio profesional, por el otro lado el mundo hispanohablante y lusófono, y, finalmente, las lenguas amerindias y criollas. Es incuestionable que en los países iberoamericanos no ha existido, hasta la fecha, una política terminológica ni organismos terminológicos para el español y el portugués como lenguas especializadas, ni elementos de coordinación, como no fueran redes voluntarias de cooperación para estandardizar las distintas variantes del español y el portugués. Ya desde la segunda mitad de los años 80 del pasado siglo, don Rafael Lapesa, en un artículo esclarecedor, expresaba su preocupación y advertía sobre “el peligro de la posible diferenciación del vocabulario científico y técnico como consecuencia de la distinta sustitución de unos mismos términos extranjeros en los diferentes ámbitos del mundo hispánico. Es decir, la urgente necesidad de establecer una política hispánica sobre neologismos técnicos y científicos” [5] Pues, la Real Academia Española, aunque tiene desde 1977 una Comisión de Vocabulario Técnico y de Léxico de Ciencias Humanas y estableció la cooperación con otras Academias para el vocabulario científico, no era suficiente para las necesidades actuales que la normalización terminológica requiere. Es por eso que la creación, el 27 de enero pasado, de la Comisión Lingüística para la Terminología Española (COLTE), convocada por la Real Academia Española (RAE) y la Asociación Española de Terminología (AETER), y en la que además participan el Instituto Cervantes, la Fundación del Español Urgente (Fundéu), la Comisión Europea y expertos de las universidades de Salamanca y Alcalá de Henares, constituye un trascendental viraje de 360º en la inestable situación en que se encuentra la terminología española. Esta Comisión, bajo la presidencia de la RAE y la secretaría de AETER, se encargará de elaborar criterios lingüísticos relacionados con los lenguajes especializados de la ciencia y la tecnología. Su actividad se enmarca en el desarrollo de un proyecto más ambicioso por el que se pretende dotar a la terminología en español de una plataforma de acceso y consulta. Para ello, se ha llegado ya a acuerdos con entidades e instituciones como la ASOCIACIÓN ESPAÑOLA DE NORMALIZACIÓN (AENOR), el Departamento de español de la Dirección General de Traducción de la Comisión Europea, el Centro Virtual Cervantes y el Instituto Universitario de Lingüística aplicada (IULA) de la Universidad Pompeu Fabra, con el fin de convertir sus fondos en bases de datos accesibles. Se constituirán también comités técnicos de expertos por especialidades que discutirán y evaluarán las propuestas terminológicas. La Comisión COLTE se encargará fundamentalmente de establecer las bases metodológicas para la tarea de adopción y adaptación de préstamos de otras lenguas y de fijar criterios para la creación de neologismos terminológicos en español. Una vez que estén consolidadas sus líneas de actuación, se integrarán las entidades, instituciones y organizaciones de América relacionadas con la terminología científica y técnica, lo cual permitirá incorporar los recursos y propuestas para el español procedentes de ambos lados del Atlántico. Por supuesto, los resultados de la creación de COLTE y la integración con instituciones de América serán decisivos para el futuro de la lengua española y para el afianzamiento de la diversidad lingüística en el continente y en el mundo, pero, además, resultarán muy beneficiosos pues toda decisión relativa a una lengua tiene repercusiones (positivas y/o negativas), en este caso positivas, sobre las otras lenguas con las que cohabita o con las que se han establecido alianzas como son los casos del portugués y del francés. A la integración exitosa favorecerá, sin duda, la experiencia adquirida sobre todo en este último lustro por la Asociación de Academias de la Lengua Española en los proyectos interacadémicos conjuntos realizados y en proceso como el Diccionario Panhispánico de Dudas, la Nueva Gramática, el Diccionario Común, etc. La aplicación de la Nueva Política Panhispánica requería de financiamiento y equipos que no todas las academias tenían, para lo cual la RAE dotó de una ayuda financiera a las academias hispanoamericanas para la compra de equipos de cómputo, programas, instalación de Internet y correo electrónico, y se acordó la formación de lexicógrafos, para lo cual fue creada la Escuela de Lexicografía Hispánica de la RAE que abrió la posibilidad que en cada una de las 22 Academias que integran la Asociación cuente, al menos, con un lexicógrafo. A lo que se suma:
La actuación de la Comisión COLTE favorecerá significativamente a la unidad, no a la uniformidad terminológica hispanohablante y puede contribuir también a la lusófona. Los impactos de estas transformaciones abren el camino a una mayor toma de conciencia de la diversidad lingüística y cultural de América, a un reconocimiento de la coexistencia de las lenguas, al igual que a la necesidad de implementar una nueva política lingüística continental y de planificación de la enseñanza, tanto de las lenguas propias [6] como de las lenguas extranjeras; a una planificación del estatus y del corpus de las lenguas, no solo de las 4 lenguas oficiales (español, francés, portugués, inglés) sino también de las lenguas amerindias y criollas que desde hace 500 años cohabitan juntas en un mismo territorio y se han enriquecido mutuamente. Por otra parte, el hecho de contar en nuestro continente con estas 3 lenguas de gran extensión y difusión contribuirá, si así lo queremos realmente, al fortalecimiento de las lenguas amerindias y criollas ya que entender la diversidad lingüística en América simplemente como NO SOLO INGLÉS, continúa siendo una visión reduccionista de la situación lingüística real de América, pues –como bien afirma Rainer Enrique Hamel– “el reconocimiento de la diversidad lingüística y cultural en América es inconcebible sin las lenguas y culturas amerindias y criollas. No basta con defender la equidad con la presencia del español, el francés y el portugués frente al inglés, sino también el de las otras lenguas que cohabitan con éstas en cada territorio.” Si de conjunto no ponemos en marcha iniciativas y alianzas estratégicas que no solo busquen el reconocimiento y promuevan el respeto y la valoración positiva hacia la diversidad lingüística y lo que ella entraña, sino que realicen acciones concretas que hagan eso realidad, estaríamos solamente emborronando cuartillas. Si nuestros objetivos son realmente formar ciudadanos plurilingües, mantener el multilingüismo en las organizaciones interamericanas, en el etiquetado y las instrucciones de uso, y en el comercio electrónico, es imprescindible la elaboración de terminologías multilingües indispensables para formar en los ciudadanos de América la competencia terminológica necesaria que los haga capaces de poder vivir y trabajar en un mundo multilingüe, multicultural y multipolar, partiendo de su lengua materna. Sin embargo, todos conocemos la falta de receptividad en las instancias administrativas de algunos Estados y las justificaciones económicas –la mayoría de las veces reales– que se esgrimen para no poner en marcha proyectos de terminologías multilingües que permitan reunir los recursos dispersos y desarrollar nuevas posibilidades, con las que hacer frente a los requerimientos de la comunicación especializada y de las industrias, cuya materia prima es la lengua. Sin tener en cuenta que “es más eficaz producir y gestionar la terminología que corregir los errores que se producen si no se dispone de ella; así resulta rentable elaborar la terminología antes de proceder a cualquier trabajo de traducción, de redacción, etc. Esto que parece tan evidente, no es necesariamente la realidad que enfrentan todos los profesionales de la lengua y, además, es necesario que las empresas, la administración pública o el Estado se hagan cargo de la situación y proporcionen a sus especialistas los recursos apropiados” [7]. Es por eso que se hace cada vez más ineludible la integración entre instituciones, especialistas y traductores de los “tres mundos terminológicos“ del continente si queremos alcanzar juntos estadios superiores de desarrollo. Existe ya un proyecto piloto terminológico multilingüe, resultado de la asociación profesional amistosa del Centro Lexterm de la Universidad de Brasilia, el Colegio de México, el Translation Bureau of Canada y el Office québécois de la langue française de Québec: el Vocabulario cuadrilingüe de comercio electrónico (español, francés, inglés y portugués), que incluye las 60 entradas más relevantes que se usan en la actualidad en esta área de intercambio, con definiciones y, en ocasiones, sinónimos. Es de destacar que aunque en la obra no se anexan marcas geográficas a los términos, se aclara en la introducción que la investigación terminológica en español refleja el uso del español de México, del inglés y el francés de América del Norte y del portugués de Brasil. Este proyecto se generó durante la celebración del I Seminario Interamericano sobre la Gestión de las Lenguas por iniciativa de la Sra. Nicole René del Office québécois de la langue française y del Sr. Gabriel Huard del Translation Bureau of the Government of Canada,en agosto de 2002, y se publicó en el año 2005. Este tipo de cooperación terminológica ofrece la posibilidad de hallar soluciones con mayor efectividad y rapidez a los problemas terminológicos que se les presentan a los terminólogos con frecuencia en el proceso de creación, adaptación o préstamo de nuevos términos en diferentes campos del conocimiento; y de hecho a la implementación de una Política Lingüística y Terminológica para las Américas. La Sección de Lexicografía Especializada Monolingüe, del Instituto de Literatura y Lingüística José Antonio Portuondo Valdor, emprendió, a solicitud de la Unión Nacional de Juristas de Cuba (UNJC), organización no gubernamental que agrupa abogados, jueces, fiscales y profesores universitarios, un proyecto sobre la terminología jurídica en Cuba: el Diccionario de términos jurídicos, que contó con la colaboración de sus especialistas, quienes de forma sistemática, para facilitar el trabajo personal y, por lo general, sin reconocer principios metodológicos básicos en la elaboración de diccionarios especializados, han estado durante décadas recopilando términos, conscientes de la necesidad de describir los términos del Derecho usados en Cuba. Es bien sabido que de todos los lenguajes de especialidad es el de Derecho, posiblemente, el de menor facilidad para la universalidad lo que se debe, fundamentalmente, a que los códigos jurídicos son un producto de la tradición y las particularidades culturales y jurídicas de cada país. Por lo que constituye un verdadero reto para quienes se enfrenten a su elaboración establecer equivalencias en esta área de especialidad debido a los factores culturales y a las fuentes que influyen en la codificación del Derecho en los diferentes países, lo que algunos especialistas en terminología simplifican al referirse a áreas de tradición romana y otras de origen anglosajón. Cumpliendo un acuerdo del II Congreso, se dieron los primeros pasos en el diseño y elaboración del Diccionario de Jurísmática, neologismo este último que tiende a imponerse entre los especialistas, a pesar de que en un inicio no tuvo mucha aceptación y que refleja la interacción del Derecho y la Informática. La elección de este primer Diccionario partió de los participantes en el II Congreso de la Sociedad Cubana de Derecho e Informática, quienes demandaron la necesidad de un diccionario que uniera a estas dos especialidades, una de ellas, la informática, en pleno surgimiento y expansión, y que al mismo tiempo que posee características nacionales presenta una tendencia a la internacionalización. Hoy presentamos aquí este producto y lo ponemos a disposición de todos los que quieran asociarse a nosotros para realizar un Diccionario de Jurísmática multilingüe que será de gran utilidad. Es imprescindible la incorporación de las lenguas indígenas y los criollos que hoy son lenguas oficiales o cooficiales de sus Estados como el guaraní, el quechua, el aymará y el criollo haitiano, en la elaboración de los proyectos de diccionarios multilingües, y así ofrecerles las herramientas necesarias a los especialistas de estas lenguas para que puedan llevar a cabo las tareas de planificación terminológica de sus lenguas, así como en la formación de especialistas. Para ello es indispensable, en primer lugar, el apoyo de sus Estados y la cooperación del resto de los Estados del continente, así como la cooperación de las diferentes organizaciones internacionales como la UNESCO, el Proyecto Atlantis, Linguapax, etc., que puedan facilitarles los recursos necesarios para realizarlo.
El inglés ¿Amenaza? La integración de las organizaciones afines francófonas, lusófonas e hispanohablantes no deberá considerarse, porque no lo constituye, una cruzada contra el inglés. No se trata de dictar prohibiciones a los nuevos términos en inglés que surjan por las nuevas realidades, por los avances de la ciencia y de la tecnología. Sino de determinar cada uno de nosotros lo que debemos hacer para mantener el multilingüismo y el multiculturalismo. Los cambios acelerados que ocasionan los intercambios económicos y científico-técnicos, y el desarrollo creciente de las nuevas tecnologías de la información demandan una mayor celeridad en los procesos de normalización actuales. Hoy aparece un nuevo producto o un nuevo equipo con un nombre que le han asignado sus creadores, por regla general, de los grandes centros de poder económico de la ciencia y la tecnología mundiales, norteamericanos, japoneses, chinos, alemanes, y en ese mismo instante empiezan a diseminarse los nuevos términos por el mundo entero por todos los medios de difusión. Los planificadores de las otras lenguas, aunque estén muy atentos, tienen que tomar muy rápidas decisiones, pero más rápido vuela hoy el nuevo término por el ciberespacio con el que fue bautizado por sus creadores. En el caso del español y del resto de las lenguas romances, nos resulta muy fácil intercambiar el vocabulario del francés, del portugués, del italiano, del catalán (que además cuenta con una excelente organización en torno a la terminología: TERMCAT) porque son lenguas afines, y si se trata de lenguas genéticamente distintas tomarlas del latín. Pero tampoco podemos cerrarnos para evitar a toda costa la influencia anglosajona, ni de otra procedencia, como en ocasiones se propugna, y caer en una también muy poco deseable autarquía de vocabulario y purismo a ultranza. No se trata de establecer una guerra contra el inglés, porque además, la vida nos demuestra que algo que se establece y que se acepta por los hablantes difícilmente una ley podrá cambiarlo. Por ejemplo: chat y chatear “charla, conversación entre personas conectadas a Internet”, aunque existe en español cibercharla y ciberplática. Podemos crear estos términos por creación propia buscando que sean atractivos, fáciles de retener como lo son en su lengua de origen, para que logren afirmarse los términos propuestos. Para poner un solo ejemplo, se hace extremadamente difícil que puente aorto-coronario pueda sustituir a by-pass; y que lector óptico sustituya a scanner, por lo que es mejor adaptarlos del inglés, como producido con los recientes términos incorporados al español [8]: interfaz, escáner, baipás, cederrón, disquete. Estimados colegas y amigos, estas son las propuestas que traemos a su consideración:
Confío en que algunas de estas propuestas que he presentado estarán al alcance de todos. En el caso en que se llegue a un acuerdo para realizar un proyecto real de cooperación en el marco de una red internacional, Cuba, representada por diversas instituciones y organizaciones, estará como siempre dispuesta a colaborar con sus hermanos de América en la defensa de su diversidad cultural y lingüística. Muito Obrigada.
Referencias Bibliográficas: Asociación de Academias de la Lengua Española: Nuevo Diccionario Panhispánico de Dudas. Santillana, Madrid, 2005. Calvet Louis-Jean: Globalización, lenguas y políticas lingüísticas. Synergie Chile, número 1 Santiago, 2005. Camacho Aurora, América Menéndez Pryce y Yarina Amoroso: Diccionario de Jurísmática. GECYT, La Habana, 2004 (cederrón). Celestin, Tina: "La terminología como recurso para asegurar procesos de calidad en la gestión de las lenguas". En II Seminario Interamericano sobre gestión de las lenguas. Asunción, Paraguay, 2003. Conseil de la langue française: Implicaciones y desafíos lingüísticos de la integración de las Américas. Québec, Marzo de 2001. Hamel, Rainer Enrique: Cooperación, diversidad y paz. Coloquio de los Tres Espacios Lingüísticos. México, 2-4 de abril de 2003. Lapesa, Rafael: La Real Academia Española pasado, realidad, presente y futuro.En Boletín de la Real Academia Española, t. LXVIII, cuaderno CCXLII , sept-dic., Madrid, 1987, pp.327-346. Vocabulario cuadrilingüe de Comercio Electrónico (español, francés, inglés y portugués), Québec, 2004.
El número de lenguas siempre hay que verlo con mucha cautela, pues no se han realizado los censos necesarios y hay muchas lenguas que aparecen en diferentes territorios con otro nombre. Mientras tanto, según datos del censo de Estados Unidos, el número de personas que hablan otras lenguas diferentes se ha incrementado notablemente. El 18 % del total de la población mayor de 5 años (47 millones) no habla inglés. Según la Modern Language Association, cerca de la mitad de los residentes de Nueva York no hablan inglés como primera lengua. El español se convirtió en la lengua más hablada en ¼ de la ciudad, además del italiano. Método cubano de alfabetización que utiliza los medios audiovisuales. Una demostración de esto es cómo el Vaticano que utiliza el latín como lengua oficial en sus documentos, labora en las tareas de planificación de esta lengua “muerta” creando nuevas palabras en latín, para poder utilizar en sus documentos los neologismos de la ciencia y de la tecnología. Lapesa ,Rafael. "La Real Academia Española pasado, realidad, presente y futuro" en Boletín de la Real Academia Española, t LXVIII, cuaderno CCXLII , sept-dic.,Madrid, 1987, pp.327-346. Por lenguas propias nos referimos tanto a las lenguas española, francesa, portuguesa como a las lenguas amerindias y criollas que se hablan en cada país. Celestin ,Tina: "La terminología como recurso para asegurar procesos de calidad en la gestión de las lenguas" en II Seminario Interamericano sobre gestión de las lenguas. Asunción, Paraguay, 2003. Por acuerdos internacionales, las unidades de medida de circulación internacional, para evitar confusión y posibles errores, se emplean normalmente como extranjerismos crudos, con su pronunciación y ortografía originarias. Como byte- (pron en inglés báit) aunque en español sería “octeto”.
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