Ceremonia de entrega del Premio Panhispánico de Traducción Especializada
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Ceremonia de entrega del Premio Panhispánico de Traducción Especializada

Seminario de traducción especializada  

Ciencia, científicos y lenguaje especializado
Fernando Pardos
 

Además de las protocolarias gracias a los organizadores y a los anfitriones, creo sinceramente que a quien tengo cosas que agradecer es a todos ustedes, que hacen el esfuerzo de acudir aquí a oírnos hablar de algo tan raro y “gaseoso” como el lenguaje científico, además, de aguantarme a mí personalmente, y encima, de hacerlo en día de fiesta y a estas horas de la madrugada.

Cuando Unión Latina me hizo el honor de proponerme intervenir en este acto, mi querido Daniel Prado me preguntó: ¿de qué vas a hablar? Y tras el título, contesté, casi a bote pronto: hablaré de qué piensan (si piensan), de qué dicen (si dicen) y de qué hacen (si hacen) los científicos con respecto a su propio lenguaje. Los paréntesis (si piensan, si dicen, si hacen) les pueden hacer creer que mi postura es, cuando menos, escéptica. Y no, soy optimista, pero también consciente de lo mucho que queda por hacer.

Evidentemente, lo que dicen y lo que hacen los científicos es consecuencia de lo que piensan. Y entonces, la pregunta del millón es ¿pero los científicos piensan en su lenguaje? ¿o más bien lo utilizan como la mayoría de la gente, que habla en prosa sin saberlo? Mi experiencia como científico me dice que más bien poco. El científico, atento como debe ser, a su ciencia, se para poco a pensar si lo que dice o escribe está bien dicho o escrito. Generalmente no es consciente de que el necesario rigor, la precisión, la concisión conceptual, necesarias en la comunicación científica, no están reñidas, o no tienen por qué estarlo, con la corrección lingüística o, por qué no, con la elegancia estilística. En el mejor de los casos, existe un cierto cuidado en no poner faltas de ortografía (lo de los acentos queda fuera, no seamos demasiado exigentes) y atender a lo que genéricamente se conoce como “buen uso” de la lengua. Por cierto, que me resulta igualmente desagradable oír a alguien “de ciencias” decir aquello de “¿acentos? Es que yo no los pongo nunca” que escuchar a alguien “de letras” escudarse precisamente en su condición “letrada” para justificar su ignorancia sobre el número de alas de una abeja. Son pocos, pero brillan con luz propia, los que pensando lo que dicen, pueden hacer, es decir, escribir y describir con la calidad que merecen los hallazgos que desean hacer públicos. Hay que decir que, afortunadamente, los editores de revistas científicas son más intervencionistas por lo general que los de las revistas “de letras” y se permiten la libertad de corregir a los autores. Y lo mejor es que estos se suelen dejar, precisamente porque no se le da importancia a estos asuntos.

Hay una tónica general anclada en el “qué más da” cuando se tratan estos temas. “Tú sabes lo que quiero decir” o “lo importante es el diamante, no la montura”. Y acabamos ofreciendo no diamantes, sino pedazos de cristal envueltos en papel de periódico.

Pero no quiero parecer derrotista. Analicemos el asunto con algo más de detalle. No todos los científicos son iguales. O no todos se dedican a lo mismo. El estereotipo del científico igual a señor de mediana edad, preferentemente con torpe aliño indumentario, enfundado en una bata de dudosa blancura y enfrascado en sus tubos de ensayo sin conciencia del resto del mundo queda para la caricatura. Para nuestros fines, podemos hablar aquí del científico creador, que descubre o inventa, y del científico transmisor, que amplía, extiende, aplica o corrobora los descubrimientos o ideas de otros. El primero, porque crea conceptos o descubre cosas, debe describirlas y por tanto, crear lenguaje. Es la fuente neológica. Y su responsabilidad es grande, porque los demás, como veremos luego, utilizarán la terminología que él acuñe. Aunque la cosa va por barrios, o mejor dicho por especialidades. Es curioso cómo los físicos utilizan un cierto tipo de lenguaje banal pero cargado de intención a la hora de bautizar sus descubrimientos, y generalmente sin crear palabras nuevas, sino sentidos o acepciones nuevos para palabras viejas: “partículas con encanto”, “agujero negro”, “trabajo”, “energía”, “cero absoluto”. Los biólogos, por poner otro caso, y en parecida medida los médicos, sí acuñan neologismos, generalmente partiendo de raíces o formantes clásicos, griegos y latinos: “biocenosis”, “bacteriófago”, “kinorrinco”, “gametogénesis”. Pero sea cual sea el caso, se viene detectando desde hace quizás dos generaciones de científicos, una cierta pérdida de interés por la corrección neológica. Mi opinión es que el fenómeno coincide con la extinción de la figura del científico generalista, heredero de las grandes figuras de la primera mitad del s. XX, que ha ido siendo sustituido por el especialista estricto.

Como importa más lo descubierto o inventado que el nombre que se le ponga, se hacen cada vez menos esfuerzos en esta dirección. Probablemente los motivos para ello sean, como decía, la excesiva especialización, los planes de estudio polarizados muy tempranamente, la falta de lo que podríamos llamar “cultura de la cultura”. Hoy en día, pocos son los estudiantes de carreras científicas que saben quiénes fueron los hermanos Macabeos, o en qué siglo vivió Maquiavelo o dónde estaba el pirata que tenía “a un lado Asia, al otro Europa y allá en el frente, Estambul”. Así, los científicos pierden interés incluso por sus propias nomenclaturas. Hoy hay muy pocos zoólogos que hayan no digo estudiado, siquiera leído el Código Internacional de Nomenclatura Zoológica, donde se especifica, de forma detallada y con criterios lógicos, cómo crear nombres para los cientos de especies animales que se describen cada día, y no es exageración. El resultado son especies con denominaciones disparatadas, como Siemenkiewiczequinogammarus siemenkieviczkii, impronunciable e inescribible, o erróneas, como Harrimania planctophilus, con un adjetivo masculino, planctophilus que no concuerda con su sustantivo femenino, Harrimania. Claro que quien lo hizo es un norteamericano, acostumbrado a no distinguir entre masculino y femenino. ¡Esto sí que es violencia de género!

Se llega así a una suerte de banalización del lenguaje científico, donde lo que fue prueba de erudición, saber universal o, simplemente, cultura general (cómo se echan de menos los conocimientos mitológicos de los científicos clásicos), ha quedado reducido en muchos casos a simples rasgos de ingenio u ocurrencias más o menos simpáticas. Puede que exagere, pero conceptos científicos, como “anabolismo” y “catabolismo”, con sus estupendas raíces griegas “hacia arriba, construcción” y “hacia abajo, degradación”, probablemente, de ser descubiertos hoy, recibirían nombres ramplones como “procesos up” y “procesos down”. Muchos de estos casos hacen fortuna, o caen en gracia, y quedan para la posteridad. Ahí tenemos el “big bang”, que ya no nos molestamos ni en traducir, o los “chips” de nuestros ordenadores, por no hablar de ratones o máuses, o de los Guinea pigs, que ni son pigs ni viven en Guinea.

Vemos cómo el inglés sustituye al latín o al griego como fuente neológica, y eso no es en sí mismo malo. Lo malo es que la cultura, o más bien “culturilla” anglosajona sustituye a la cultura clásica, con toda su carga histórica y de depositaria de nuestros orígenes. Pero dejemos al creador, que ya tiene lo suyo.

El otro científico es el transmisor. Este se dedica a profundizar, extender, aplicar lo que otros descubren o inventan. Podríamos decir que va “a remolque”. Como en cualquier otro ámbito, pero especialmente en el científico, el transmisor repite y utiliza el mismo lenguaje, los mismos términos y las mismas expresiones en que se presenta la información que recibe. El científico transmisor es generalmente menos famoso, más gris, pero también más abundante. Y en cierta medida, más peligroso, porque difunde y disemina, primero entre la comunidad científica y luego fuera de ella. En este caso, la influencia del inglés es más patente. Si el científico transmisor no pone cuidado, o simplemente atención o interés, probablemente introducirá “morcillas”, las más de las veces innecesarias, que podría haber evitado con un poco de esfuerzo. Y no solo en lo referente a los términos, sino también a las construcciones sintácticas. Ya no nos extrañamos, pero decimos “gammaglobulina” y “betabloqueante” porque a alguien no se le ocurrió que lo correcto era “globulina gamma” y “bloqueante beta”.

Y si la transmisión no es solamente horizontal, hacia sus colegas de la comunidad científica, sino vertical hacia alumnos o hacia el resto de los mortales, digamos divulgación, el resultado es todavía peor. Pero no me adelanto.

Y dirán ustedes: claro todo esto se solucionaría, o mejor, todos estos problemas no se habrían originado si los científicos escribieran en español. Hagamos ciencia en español, publiquemos en español. La culpa es de los propios científicos, que se empeñan en publicar en inglés. No es así. Ahora me toca defender a mis colegas y a mí mismo. No hay ciencia sin comunicación. Y el destinatario inmediato, primero, primario y primordial de la información que quiere transmitir un científico, pongamos el creador de antes, son sus colegas. Como científico, a mí me interesa que me lean mis colegas ingleses y americanos, pero también alemanes, belgas, suecos, tailandeses y japoneses. Incluso los rusos. Y, queramos o no, el inglés es hoy por hoy el único vehículo para ello, como antes lo fueron el francés y el alemán. No podemos pretender hacer ciencia en español y que tenga éxito, que la lean por ahí, si nuestra producción científica no llega al uno por ciento de la mundial. No importa que seamos no sé cuántos cientos de millones de hispanohablantes. Para esto lo que importa es que el número de científicos por cada cien mil habitantes es mucho menor en el mundo hispánico que en Dinamarca, por poner un ejemplo, y publican en inglés, no en danés, sin rasgarse las vestiduras. Y además están mucho mejor pagados en Dinamarca, dicho sea de paso. No le pidamos al científico que sea además, Quijote. No está para eso. Cada vez hay menos revistas científicas españolas, y las que quedan, van languideciendo atrapadas en el círculo vicioso de no alcanzar cotas de calidad suficiente porque los trabajos importantes se publican en el extranjero, y esto es así porque las revistas españolas no tienen cotas de calidad suficiente.

¿Triste panorama? No tanto. Puede hacerse mucho. Por lo pronto, me quedan tres tipos de científicos a los que no me he referido aún, y que usaremos como paladines contra los dragones que acabo de describir. El primero es el científico divulgador, el profesional de eso tan amplio y con tantos matices que se ha dado en llamar divulgación científica, que va desde el conferenciante, el productor de documentales para la televisión o el redactor de la sección científica de un periódico hasta el director de un museo de ciencias o, por qué no, el redactor de las entradas científicas de un diccionario. La gran dificultad es transformar, adaptar, hacer asequible la ciencia sin perder rigor. Pero si se hace bien, los frutos son inmensamente gratificantes. Pienso en un Attemborough, un Carl Sagan, un Stephen J. Gould o, sin ir más lejos, nuestro Rodríguez de la Fuente.

El segundo científico es el docente. Podríamos calificarlo de un tipo especial de científico transmisor. Su importancia, enorme importancia, reside en que es el encargado de formar, o mejor, troquelar (eso es “imprinting”, dirían otros) a los científicos de mañana, o de dentro de un rato, a la velocidad que vamos. Nuestros estudiantes aceptarán y absorberán, como esponjas, no solo lo que les enseñemos, sino cómo se lo enseñemos. Es muy difícil desterrar o corregir un error que un estudiante ha ido aprendiendo o repitiendo a lo largo de su carrera, porque así lo ha oído a sus profesores. Cuando tenga que usarlo, o lo que es peor, enseñarlo a su vez, lo hará mal. Ya hay una generación entera de genetistas que dicen sin rubor alguno “el gen X codifica para la proteína Y”. Si el docente pone cuidado, atención e interés en el lenguaje que utiliza para dar clase, tendremos mucho ganado. Tenemos que dar la batalla, y me consta que en ello estamos, para incluir en los planes de estudio de las carreras científicas materias que traten del lenguaje científico y de sus características, su corrección y su utilización, y encontrar el modo de hacer comprender, a las autoridades académicas primero y ojalá que a los alumnos después, la importancia que el lenguaje científico tiene para la propia ciencia y, por añadidura, para nuestra sociedad y nuestra cultura. En este momento, y con la perspectiva de los cambios en los planes de estudio por la homologación con las correspondientes materias europeas, la famosa convergencia y el “espíritu de Bolonia”, tenemos una buena oportunidad para ello.

Pero me queda un científico. Es el traductor. Este tiene algo de los dos anteriores. Tiene que presentar a la sociedad la ciencia producida en otro ámbito, sabiendo lo que dice y además procurar decirlo bien. Y quieras que no, tiene un trasfondo pedagógico, eso de trasladar a los demás lo que han dicho otros en otro código. Bien mirado, todos los demás necesitan de él, tanto el divulgador como el docente, que son fundamentalmente los reductos de la ciencia para el español. Poco más puedo decir aquí de los traductores científicos, algunos de los cuales van a recibir un importante premio en esta mañana y que, por propia experiencia, saben de esto mucho más que yo. Se pone uno colorado al hablar de traducción científica delante de Rodolfo Alpízar, sin ir más lejos.

Pero en realidad, todos estos científicos de los que he hablado no funcionan como compartimentos estancos. De hecho, pueden fácilmente coincidir en una sola persona, que a veces investiga y crea, otras transmite, o da clase, puede que de vez en cuando tenga que dar una charla en el colegio de sus hijos y seguro que traduce muy a menudo, cada vez que recibe un artículo de su colega australiano. Lo estupendo es que a este solo hay que convencerle una vez, y lo aplicará a todas sus actividades.

Ya me callo. Pero no sin decir que tenemos dos hermosas criaturas a nuestro cuidado: la ciencia y el español. Hagamos que se lleven bien.

Muchas gracias.






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