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Además de las protocolarias
gracias a los organizadores y a los anfitriones,
creo sinceramente que a quien tengo cosas que
agradecer es a todos ustedes, que hacen el esfuerzo
de acudir aquí a oírnos hablar
de algo tan raro y “gaseoso” como
el lenguaje científico, además,
de aguantarme a mí personalmente, y encima,
de hacerlo en día de fiesta y a estas
horas de la madrugada.
Cuando Unión Latina me hizo el honor de
proponerme intervenir en este acto, mi querido
Daniel Prado me preguntó: ¿de qué vas
a hablar? Y tras el título, contesté,
casi a bote pronto: hablaré de qué piensan
(si piensan), de qué dicen (si dicen) y
de qué hacen (si hacen) los científicos
con respecto a su propio lenguaje. Los paréntesis
(si piensan, si dicen, si hacen) les pueden hacer
creer que mi postura es, cuando menos, escéptica.
Y no, soy optimista, pero también consciente
de lo mucho que queda por hacer.
Evidentemente, lo que dicen y
lo que hacen los científicos es consecuencia de lo que piensan.
Y entonces, la pregunta del millón es ¿pero
los científicos piensan en su lenguaje? ¿o
más bien lo utilizan como la mayoría
de la gente, que habla en prosa sin saberlo? Mi
experiencia como científico me dice que
más bien poco. El científico, atento
como debe ser, a su ciencia, se para poco a pensar
si lo que dice o escribe está bien dicho
o escrito. Generalmente no es consciente de que
el necesario rigor, la precisión, la concisión
conceptual, necesarias en la comunicación
científica, no están reñidas,
o no tienen por qué estarlo, con la corrección
lingüística o, por qué no, con
la elegancia estilística. En el mejor de
los casos, existe un cierto cuidado en no poner
faltas de ortografía (lo de los acentos
queda fuera, no seamos demasiado exigentes) y atender
a lo que genéricamente se conoce como “buen
uso” de la lengua. Por cierto, que me resulta
igualmente desagradable oír a alguien “de
ciencias” decir aquello de “¿acentos?
Es que yo no los pongo nunca” que escuchar
a alguien “de letras” escudarse precisamente
en su condición “letrada” para
justificar su ignorancia sobre el número
de alas de una abeja. Son pocos, pero brillan con
luz propia, los que pensando lo que dicen, pueden
hacer, es decir, escribir y describir con la calidad
que merecen los hallazgos que desean hacer públicos.
Hay que decir que, afortunadamente, los editores
de revistas científicas son más intervencionistas
por lo general que los de las revistas “de
letras” y se permiten la libertad de corregir
a los autores. Y lo mejor es que estos se suelen
dejar, precisamente porque no se le da importancia
a estos asuntos.
Hay una tónica general anclada en el “qué más
da” cuando se tratan estos temas. “Tú sabes
lo que quiero decir” o “lo importante
es el diamante, no la montura”. Y acabamos
ofreciendo no diamantes, sino pedazos de cristal
envueltos en papel de periódico.
Pero no quiero parecer derrotista.
Analicemos el asunto con algo más de detalle. No todos
los científicos son iguales. O no todos
se dedican a lo mismo. El estereotipo del científico
igual a señor de mediana edad, preferentemente
con torpe aliño indumentario, enfundado
en una bata de dudosa blancura y enfrascado en
sus tubos de ensayo sin conciencia del resto del
mundo queda para la caricatura. Para nuestros fines,
podemos hablar aquí del científico
creador, que descubre o inventa, y del científico
transmisor, que amplía, extiende, aplica
o corrobora los descubrimientos o ideas de otros.
El primero, porque crea conceptos o descubre cosas,
debe describirlas y por tanto, crear lenguaje.
Es la fuente neológica. Y su responsabilidad
es grande, porque los demás, como veremos
luego, utilizarán la terminología
que él acuñe. Aunque la cosa va por
barrios, o mejor dicho por especialidades. Es curioso
cómo los físicos utilizan un cierto
tipo de lenguaje banal pero cargado de intención
a la hora de bautizar sus descubrimientos, y generalmente
sin crear palabras nuevas, sino sentidos o acepciones
nuevos para palabras viejas: “partículas
con encanto”, “agujero negro”, “trabajo”, “energía”, “cero
absoluto”. Los biólogos, por poner
otro caso, y en parecida medida los médicos,
sí acuñan neologismos, generalmente
partiendo de raíces o formantes clásicos,
griegos y latinos: “biocenosis”, “bacteriófago”, “kinorrinco”, “gametogénesis”.
Pero sea cual sea el caso, se viene detectando
desde hace quizás dos generaciones de científicos,
una cierta pérdida de interés por
la corrección neológica. Mi opinión
es que el fenómeno coincide con la extinción
de la figura del científico generalista,
heredero de las grandes figuras de la primera mitad
del s. XX, que ha ido siendo sustituido por el
especialista estricto.
Como importa más lo descubierto o inventado que el nombre que se le ponga,
se hacen cada vez menos esfuerzos en esta dirección. Probablemente los
motivos para ello sean, como decía, la excesiva especialización,
los planes de estudio polarizados muy tempranamente, la falta de lo que podríamos
llamar “cultura de la cultura”. Hoy en día, pocos son los
estudiantes de carreras científicas que saben quiénes fueron los
hermanos Macabeos, o en qué siglo vivió Maquiavelo o dónde
estaba el pirata que tenía “a un lado Asia, al otro Europa y allá en
el frente, Estambul”. Así, los científicos pierden interés
incluso por sus propias nomenclaturas. Hoy hay muy pocos zoólogos que
hayan no digo estudiado, siquiera leído el Código Internacional
de Nomenclatura Zoológica, donde se especifica, de forma detallada y con
criterios lógicos, cómo crear nombres para los cientos de especies
animales que se describen cada día, y no es exageración. El resultado
son especies con denominaciones disparatadas, como Siemenkiewiczequinogammarus
siemenkieviczkii, impronunciable e inescribible, o erróneas, como Harrimania
planctophilus, con un adjetivo masculino, planctophilus que no concuerda con
su sustantivo femenino, Harrimania. Claro que quien lo hizo es un norteamericano,
acostumbrado a no distinguir entre masculino y femenino. ¡Esto sí que
es violencia de género!
Se llega así a una suerte de banalización del lenguaje científico,
donde lo que fue prueba de erudición, saber universal o, simplemente,
cultura general (cómo se echan de menos los conocimientos mitológicos
de los científicos clásicos), ha quedado reducido en muchos casos
a simples rasgos de ingenio u ocurrencias más o menos simpáticas.
Puede que exagere, pero conceptos científicos, como “anabolismo” y “catabolismo”,
con sus estupendas raíces griegas “hacia arriba, construcción” y “hacia
abajo, degradación”, probablemente, de ser descubiertos hoy, recibirían
nombres ramplones como “procesos up” y “procesos down”.
Muchos de estos casos hacen fortuna, o caen en gracia, y quedan para la posteridad.
Ahí tenemos el “big bang”, que ya no nos molestamos ni en
traducir, o los “chips” de nuestros ordenadores, por no hablar de
ratones o máuses, o de los Guinea pigs, que ni son pigs ni viven en Guinea.
Vemos cómo el inglés sustituye al latín o al griego como
fuente neológica, y eso no es en sí mismo malo. Lo malo es que
la cultura, o más bien “culturilla” anglosajona sustituye
a la cultura clásica, con toda su carga histórica y de depositaria
de nuestros orígenes. Pero dejemos al creador, que ya tiene lo suyo.
El otro científico es el transmisor. Este se dedica a profundizar, extender,
aplicar lo que otros descubren o inventan. Podríamos decir que va “a
remolque”. Como en cualquier otro ámbito, pero especialmente en
el científico, el transmisor repite y utiliza el mismo lenguaje, los mismos
términos y las mismas expresiones en que se presenta la información
que recibe. El científico transmisor es generalmente menos famoso, más
gris, pero también más abundante. Y en cierta medida, más
peligroso, porque difunde y disemina, primero entre la comunidad científica
y luego fuera de ella. En este caso, la influencia del inglés es más
patente. Si el científico transmisor no pone cuidado, o simplemente atención
o interés, probablemente introducirá “morcillas”, las
más de las veces innecesarias, que podría haber evitado con un
poco de esfuerzo. Y no solo en lo referente a los términos, sino también
a las construcciones sintácticas. Ya no nos extrañamos, pero decimos “gammaglobulina” y “betabloqueante” porque
a alguien no se le ocurrió que lo correcto era “globulina gamma” y “bloqueante
beta”.
Y si la transmisión no es solamente horizontal, hacia sus colegas de la
comunidad científica, sino vertical hacia alumnos o hacia el resto de
los mortales, digamos divulgación, el resultado es todavía peor.
Pero no me adelanto.
Y dirán ustedes: claro todo esto se solucionaría, o mejor, todos
estos problemas no se habrían originado si los científicos escribieran
en español. Hagamos ciencia en español, publiquemos en español.
La culpa es de los propios científicos, que se empeñan en publicar
en inglés. No es así. Ahora me toca defender a mis colegas y a
mí mismo. No hay ciencia sin comunicación. Y el destinatario inmediato,
primero, primario y primordial de la información que quiere transmitir
un científico, pongamos el creador de antes, son sus colegas. Como científico,
a mí me interesa que me lean mis colegas ingleses y americanos, pero también
alemanes, belgas, suecos, tailandeses y japoneses. Incluso los rusos. Y, queramos
o no, el inglés es hoy por hoy el único vehículo para ello,
como antes lo fueron el francés y el alemán. No podemos pretender
hacer ciencia en español y que tenga éxito, que la lean por ahí,
si nuestra producción científica no llega al uno por ciento de
la mundial. No importa que seamos no sé cuántos cientos de millones
de hispanohablantes. Para esto lo que importa es que el número de científicos
por cada cien mil habitantes es mucho menor en el mundo hispánico que
en Dinamarca, por poner un ejemplo, y publican en inglés, no en danés,
sin rasgarse las vestiduras. Y además están mucho mejor pagados
en Dinamarca, dicho sea de paso. No le pidamos al científico que sea además,
Quijote. No está para eso. Cada vez hay menos revistas científicas
españolas, y las que quedan, van languideciendo atrapadas en el círculo
vicioso de no alcanzar cotas de calidad suficiente porque los trabajos importantes
se publican en el extranjero, y esto es así porque las revistas españolas
no tienen cotas de calidad suficiente.
¿Triste panorama? No tanto. Puede hacerse mucho. Por lo pronto, me quedan
tres tipos de científicos a los que no me he referido aún, y que
usaremos como paladines contra los dragones que acabo de describir. El primero
es el científico divulgador, el profesional de eso tan amplio y con tantos
matices que se ha dado en llamar divulgación científica, que va
desde el conferenciante, el productor de documentales para la televisión
o el redactor de la sección científica de un periódico hasta
el director de un museo de ciencias o, por qué no, el redactor de las
entradas científicas de un diccionario. La gran dificultad es transformar,
adaptar, hacer asequible la ciencia sin perder rigor. Pero si se hace bien, los
frutos son inmensamente gratificantes. Pienso en un Attemborough, un Carl Sagan,
un Stephen J. Gould o, sin ir más lejos, nuestro Rodríguez de la
Fuente.
El segundo científico es el docente. Podríamos calificarlo de un
tipo especial de científico transmisor. Su importancia, enorme importancia,
reside en que es el encargado de formar, o mejor, troquelar (eso es “imprinting”,
dirían otros) a los científicos de mañana, o de dentro de
un rato, a la velocidad que vamos. Nuestros estudiantes aceptarán y absorberán,
como esponjas, no solo lo que les enseñemos, sino cómo se lo enseñemos.
Es muy difícil desterrar o corregir un error que un estudiante ha ido
aprendiendo o repitiendo a lo largo de su carrera, porque así lo ha oído
a sus profesores. Cuando tenga que usarlo, o lo que es peor, enseñarlo
a su vez, lo hará mal. Ya hay una generación entera de genetistas
que dicen sin rubor alguno “el gen X codifica para la proteína Y”.
Si el docente pone cuidado, atención e interés en el lenguaje que
utiliza para dar clase, tendremos mucho ganado. Tenemos que dar la batalla, y
me consta que en ello estamos, para incluir en los planes de estudio de las carreras
científicas materias que traten del lenguaje científico y de sus
características, su corrección y su utilización, y encontrar
el modo de hacer comprender, a las autoridades académicas primero y ojalá que
a los alumnos después, la importancia que el lenguaje científico
tiene para la propia ciencia y, por añadidura, para nuestra sociedad y
nuestra cultura. En este momento, y con la perspectiva de los cambios en los
planes de estudio por la homologación con las correspondientes materias
europeas, la famosa convergencia y el “espíritu de Bolonia”,
tenemos una buena oportunidad para ello.
Pero me queda un científico. Es el traductor. Este tiene algo de los dos
anteriores. Tiene que presentar a la sociedad la ciencia producida en otro ámbito,
sabiendo lo que dice y además procurar decirlo bien. Y quieras que no,
tiene un trasfondo pedagógico, eso de trasladar a los demás lo
que han dicho otros en otro código. Bien mirado, todos los demás
necesitan de él, tanto el divulgador como el docente, que son fundamentalmente
los reductos de la ciencia para el español. Poco más puedo decir
aquí de los traductores científicos, algunos de los cuales van
a recibir un importante premio en esta mañana y que, por propia experiencia,
saben de esto mucho más que yo. Se pone uno colorado al hablar de traducción
científica delante de Rodolfo Alpízar, sin ir más lejos.
Pero en realidad, todos estos
científicos de los que he hablado no funcionan
como compartimentos estancos. De hecho, pueden fácilmente coincidir en
una sola persona, que a veces investiga y crea, otras transmite, o da clase,
puede que de vez en cuando tenga que dar una charla en el colegio de sus hijos
y seguro que traduce muy a menudo, cada vez que recibe un artículo de
su colega australiano. Lo estupendo es que a este solo hay que convencerle una
vez, y lo aplicará a todas sus actividades.
Ya me callo. Pero no sin decir
que tenemos dos hermosas criaturas a nuestro
cuidado: la ciencia y el español. Hagamos que se lleven bien.
Muchas gracias.
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