Ceremonia de entrega del Premio Panhispánico de Traducción Especializada
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Ceremonia de entrega del Premio Panhispánico de Traducción Especializada

Seminario de traducción especializada  

Responsabilidad social del traductor
Rodolfo Alpízar Castillo
 

El enunciado "responsabilidad social del traductor" pareciera referirse, a primera vista, a un tema relacionado con las obligaciones del el traductor como ciudadano, y acaso a la importancia de que no deje de cumplir aquellos deberes que le impone el ordenamiento político de la sociedad en que vive.

Amén de que, en principio, los deberes ciudadanos son los mismos para el traductor, el albañil, el médico o el cosmonauta, cada cual es libre de entender a su manera tales deberes. De manera que difícilmente este sería un tema para tratarlo aquí.

Por tanto, con ese enunciado no me refiero a la "responsabilidad ciudadana" del traductor, sino a aquellas que dimanan del ejercicio de su profesión.

Existe una deontología del traductor, de cuya vigilancia se encargan los colegios y asociaciones profesionales, los cuales dedican considerable tiempo, esfuerzo e inteligencia al perfeccionamiento de los códigos de ética y a su aplicación, pues ni todos los traductores entienden su alcance e importancia a largo plazo para el prestigio individual y colectivo, ni, desde luego, todos cumplen al pie de la letra sus obligaciones éticas, las que constituyen una "responsabilidad social" inherente a la profesión que, como es sabido, no pocas veces implica consecuencias legales.

Este tema es de gran trascendencia y abarca muchos aspectos, mas no es mi intención extenderme en sus generalidades, sino apenas llamar la atención sobre un punto que, de tan sabido, es casi absolutamente desconocido, y perdonen el juego de palabras. Me refiero al componente lingüístico y cultural de esa obligación ética.

José Saramago afirmó en una ocasión que "los escritores hacen las literaturas nacionales; los traductores hacen la literatura universal" [1], frase que bien puede aplicarse a la traducción que convenimos en llamar "especializada". Bien sabe Saramago lo que dice, pues no solo ha visto universalizado el fruto de su trabajo gracias a la intervención de los traductores, sino también alguna vez se ganó el pan ejerciendo esta profesión.

Universalizar la literatura, la ciencia, la tecnología o el derecho es responsabilidad nada pequeña. Seguramente a algunos colegas les basta con que la calidad de su traducción sea suficientemente aceptable como para cobrar lo estipulado en un contrato, pero para muchos ello no resulta suficiente, y cuando están realizando una traducción la enfrentan como la labor de creación que es, con todo el comprometimiento intelectual y espiritual que tal concepto implica.

La conciencia de ese compromiso del traductor con su obra forma parte de lo que concibo como "responsabilidad social del traductor" y, por tanto, de su ética. No se trata solo del compromiso que el traductor adquiere con el autor de la obra y con el lector, al afirmar que lo que uno lee responde realmente a lo que el otro escribió, sino también, y esto me parece determinante, de la responsabilidad que asume, en el acto de traducir, con la cultura de partida y con la de llegada.

A la responsabilidad asumida con la cultura de llegada, que normalmente es la propia del traductor, me quiero referir en particular.

Intencionalmente he dicho "cultura de llegada" cuando lo habitual es decir "lengua de llegada", pues a nadie escapa que hablar de lengua es hablar de cultura, aunque ambos términos no sean sinónimos.

La lengua, producto cultural por excelencia, es a la vez vehículo privilegiado de expresión de la cultura de la cual es producto. Sabemos que cuando llevo un texto de otra lengua a la mía (sea literario, sea científico o técnico), no soy apenas el ejecutante de una operación de búsqueda de equivalentes de contenidos entre sistemas lingüísticos diferentes, sino también protagonizo un acto de enriquecimiento cultural. Quiero decir, en consecuencia, que la responsabilidad social del traductor es, ante todo, la que asume en relación con la cultura hacia la cual traduce. La pregunta es, por una parte, si soy consciente de la trascendencia de ese acto, y, por otra, si estoy preparado técnica y espiritualmente para satisfacer las exigencias que ese protagonismo me impone.

No pocos opinan que estos son conceptos idealistas, que en la vida diaria lo que ocurre es un proceso económico en que alguien paga por un trabajo y otro lo hace lo mejor posible para garantizar que su participación en la cadena no se interrumpa y así asegurarse el sustento: La traducción concebida como una simple relación material de producción.

No objeto la razón de quienes tal afirman, pues es innegable que, si no sostenemos antes su envoltura física, no hay manera de que nuestra vida espiritual perdure (sin olvidar el compromiso de mantener también a nuestra familia, que no es leve), pero me niego a aceptar que en esa mera relación material de producción radique lo esencial en el quehacer del traductor. Por más que se traduzca "para comer", no es posible escapar a la trascendencia del hecho de traducir, de "transpensar", como afirmó José Martí en el siglo XIX. Si no nos damos cuenta de esa trascendencia es por la banalización de la profesión: Se traduce tanto, desde hace tanto tiempo (desde el mismo comienzo de la humanidad), por tanta gente (no siempre capacitada para ello, esté o no esté titulado), que traducir es, en apariencia, un hecho sin relevancia alguna, y los propios traductores están imbuidos de esa generalizada forma de pensar.

Si alguien mañana, a partir del extracto de una planta, logra un medicamento que elimina el cáncer de pulmón, su nombre será merecidamente reverenciado, pues habrá hecho un aporte extraordinario a la conservación de la especie. En contraste, tan sin relevancia se considera la traducción, que nada ni lejanamente parecido a ese reconocimiento pasará con el pequeño grupo de personas que universalizará ese descubrimiento y lo pondrá a disposición de la humanidad entera, al traducir la información correspondiente a las lenguas de mayor circulación en el mundo.

De hecho, ¿alguien ha oído alguna vez los nombres de los traductores que universalizaron los grandes descubrimientos de los siglos XIX y XX?

Está claro que es extraordinario haber logrado sintetizar un extracto que salvará vidas innumerables, pero, ¿qué pasaría si no existieran los traductores que pusieran ese conocimiento al alcance de la comunidad científica internacional? El hecho perdería su trascendencia, al no haber forma de difundirlo masivamente. Se puede objetar que son escasas las oportunidades de traducir algo así, lo que más uno hace es traducir aburridísimos manuales de uso, garantías de equipos, informes técnicos., documentos legales. Alguien puede exclamar: "Imagínese, traducir el manual de instrucciones de una máquina de lavar ropas, ¡qué suceso trascendente!" Cierto, pero…, pregúntenle a la persona que compra su máquina de lavar y cuando va a usarla descubre que no funciona, acude llena de esperanzas a su "banal" manual de instrucciones y se da de narices con que ¡está en un idioma que no domina!..., o supuestamente está en el suyo, pero es ininteligible, porque es producto una traducción pésima, acaso automática. A esa persona, que tiene la ropa mojada dentro de la máquina y no sabe qué demonios hacer (es domingo, el taller está cerrado) díganle que no es trascendente la traducción de su manual de instrucciones.

Siendo esto así, qué decir de la traducción de textos como los sometidos a la consideración de los jurados del Primer Premio Panhispánico de Traducción, la mayor parte de los cuales significaba la puesta a disposición de los hispanohablantes de obras llamadas a tener una gran repercusión en diversas esferas de las ciencias. Traducirlos, evidentemente, no fue un hecho intrascendente.

En mi opinión, la concepción que se tenga de la trascendencia del trabajo de traducción, con independencia del entorno en que se realice, forma parte de la conciencia que de su responsabilidad social tenga el traductor.

Descontando intrusismos (por la gente que hace el trabajo para el cual no está capacitada) y mercenarismos (por la gente que, acaso capacitada, no tiene, ni jamás tendrá, los mínimos éticos que la profesión exige), estoy convencido de que los mejores representantes de nuestra profesión no laboran por el simple afán de ganar el sustento, y se guían por una mística profesional que dirige sus esfuerzos hacia la obtención de un producto que esté en consonancia con la responsabilidad que asumen al tomar un texto y afirmar "esto que les muestro es la traducción exacta de esto otro". Con el valor agregado, como sabemos, de que a partir de ese momento el número de quienes podrán tener acceso a la información contenida en él se incrementa considerablemente.

Al igual que no basta pagar impuestos para ser un buen ciudadano, tampoco basta, para cumplir nuestra responsabilidad social, hacer un trabajo solo para que el empleador nos abone la cantidad convenida. Además de los honorarios merecidos y recibidos, debemos tener presente el aporte que nuestro texto pueda significar para la cultura a la cual se incorpora. Pienso que la mayor parte de nosotros es consciente de ello. Pero debo confesar que tengo mis dudas acerca de cuán preparados estamos par enfrentarlo. Lamento afirmar que con el decurso del tiempo he llegado a la conclusión de que muchos colegas no solo no están preparados para la tremenda responsabilidad social que les impone la profesión, sino también, y esto es lo más grave, adolecen del mal de no darse cuenta de su falta de preparación, de sus limitaciones como puente entre culturas.

Esta aseveración, aunque puede llevar a unos a sentirse ofendidos, y a otros a considerar que lo dicho nada tiene que ver con ellos, no es más que el resultado de la observación y el análisis de una realidad lamentablemente presente entre los traductores especializados, ratificada especialmente por mi reciente experiencia al frente del jurado lingüístico internacional del Primer Premio Panhispánico de Traducción.

En mi condición de presidente, debí leer cierto número de libros presentados a concurso, para dictaminar sobre ellos. Además, tuve que revisar las conclusiones del resto de los miembros sobre las obras que cada uno examinó. También debí revisar los textos valorados negativamente, ya que estaba estipulado que las obras con dificultades de evaluación recibieran nueva lectura por el presidente, para confrontar criterios. Finalmente, debí leer el resumen del total de evaluaciones, tanto negativas como positivas. Por tanto, he podido obtener una visión general de la parte del universo de nuestra profesión que entró en el concurso.

Vale preguntarse qué valor tiene la confrontación de los textos concursantes para extraer conclusiones generales. Está claro que puede no ser significativa la cifra de participantes. En primer lugar, porque un gran número de lo que se traduce no se publica, por no ser la publicación el objetivo de todas las traducciones. En segundo, porque es probable que cierta cantidad de traductores, con buenos trabajos que presentar, nunca se enteró del concurso. En tercero, porque algunos de los que se enteraron y tenían obras publicadas decidieron no participar o no tuvieron tiempo de hacerlo. En cuarto y último lugar, algunos envíos postales pudieran haberse extraviado, o haber llegado tarde a su destino. No obstante esa posible limitación cuantitativa, entiendo que la muestra es válida como representación del conjunto de obras traducidas en el entorno hispanohablante durante el período abarcado, puesto que considero, y me gustaría recalcar esto, que nadie envía su obra a un concurso si no está convencido de que su propuesta posee un elevado grado de calidad, esto es, concursa quien considera a su obra cualitativamente competitiva. Es decir, doy por sentado que los textos que llegaron a manos del jurado lingüístico eran tenidos por los respectivos traductores como sus mejores obras. Siendo esto así, me siento autorizado a pensar que lo que en ellos se encuentra, tanto en debilidades como en fortalezas, es un reflejo bastante fiel de la calidad general de las traducciones especializadas en español.

¿Cuál es esa calidad general reflejada en las obras concursantes? Trataré de hacer una síntesis:

1) El elemento léxico - terminográfico

Las obras presentadas a concurso casi no mostraban dificultades terminológicas; salvando algunos pocos extranjerismos técnicos innecesarios, no se evidenciaron errores importantes con los términos. Realmente, son muy contadas las imprecisiones terminológicas señaladas por los evaluadores, y en el vocabulario general no hubo mayores dificultades. De modo general, las incorrecciones léxicas encontradas (esto es, teniendo en cuenta tanto términos como no términos) se refieren al mantenimiento de formas en inglés del original a pesar de haber las correspondientes equivalencias o adaptaciones en español (mailing lists, e-book, diskettes, film), y al uso de supuestas formas españolas "más técnicas" en detrimento de las tradicionales ("testear" en lugar de probar, evaluar o comprobar, "bajar" en lugar de descargar...), y el abuso del vocablo "cuestión" en lugar de otros más precisos, como pregunta, planteamiento, problemática, asunto, tema...

Una parte de las obras concursantes no pudo escapar de lo que particularmente denomino "vulgarismos", esto es, el uso de expresiones como "jugar un papel", "desempeñar un rol". A lo anterior se podría añadir aquí algún que otro localismo y algunos curiosos casos de traducciones literales. Cito unos pocos:

Las organizaciones de paisanos franceses (campesinos)

la llevan a refugiarse durante días enteros en el fondo de su cama ("en su cama")

En sus relaciones con su madre y a veces con sus partenaires ("parejas", "amantes", "enamorados")

No fueron estos, sin embargo, elementos mayoritariamente presentes.

Lo mostrado nos lleva a inferir que en estos momentos el punto débil de nuestros colegas ya no es el tecnoléxico o el léxico general. A mi modo de ver, la explicación es muy sencilla: Desde las últimas décadas del siglo XX, pero sobre todo en los últimos años y los primeros del XXI, el énfasis puesto en el tema de la terminología ha llevado a que en la actualidad se cuente con una considerable cantidad de obras de apoyo terminológico a la labor de traducción. Cierto no todas tiene el mismo grado de confiabilidad, pero la cantidad de obras terminográficas de que se dispone en estos momentos, tanto monolingües como bilingües o plurilingües, es realmente considerable. Gratuitos o mediante alguna forma de pago, los recursos terminográficos en Internet forman multitud y están a disposición de quien quiera (y ocasionalmente sepa) hacer uso de ellos. No es tan difícil, demorado o costoso, pues, acceder actualmente a herramientas que resuelvan las dudas léxicas y terminológicas.

 

2. La ortografía.

No se podría afirmar que constituya un grave problema, pero es llamativa la persistencia de problemas como el desacertado uso de las mayúsculas iniciales de palabra y las imprecisiones en la acentuación gráfica o el mantenimiento usos anticuados de la tilde.

Algún que otro caso de duda entre sino / si no y porqué / por qué, más la curiosa persistencia de grafías obsoletas (obscuro por oscuro, substituir por sustituir) completan el cuadro de las inconsistencias ortográficas encontradas. Lo más interesante en este sentido es que, tratándose de obras publicadas, es de suponer que los errores en que el traductor incurrió debieron ser subsanados durante el proceso editorial, lo cual indica que no son solo ellos quienes presentan el problema. Pareciera, en algunos casos, que el texto académico sobre ortografía de 1999 no fuera conocido suficientemente entre los hispanohablantes.

 

3. La redacción.

La situación varía considerablemente cuando se trata de la puesta en relación de unas palabras con otras, cuando se pasa del nivel léxico a la oración, el párrafo, el texto en su totalidad. Este es el punto más grave que se encontró en las obras concursantes, ya que, de una manera u otra, en mayor o menor medida, estuvo presente en absolutamente todas, sin distinción.

Hay recursos para trabajar las dudas sintácticas y de redacción en la red, pero acaso no son tan abundantes ni tan sencillos de consultar como las herramientas léxicas y terminográficas, y quizás ello contribuya a esta situación. Pero me inclino a creer, simplemente, que es más fácil admitir (no solo ante los demás, sino, sobre todo, ante uno mismo) que se desconoce el equivalente en español de un término extranjero, incluso el significado de un tecnicismo propio, que admitir que uno está flojo en sintaxis, o que tiene dificultades con la puntuación. Lo que demuestran las obras que he analizado es, al parecer, que los traductores se preocupan mucho de la corrección del elemento léxico y terminográfico de sus textos, pero no atienden en igual medida la corrección de su totalidad. Descuidan que el texto no es una mera combinación de palabras, ni siquiera de oraciones, sino una unidad cuyo sentido está dado por la armónica conexión de todos los componentes, desde el vocablo bien seleccionado, pasando por los elementos de relación, los anafóricos y conectores diversos que contribuyen a darle coherencia, hasta los signos de puntuación utilizados. Cuidar solo el elemento léxico es descuidar el todo por atender una de sus partes. La consecuencia es la presencia de errores sintácticos y de todo tipo en las obras traducidas que circulan en español.

Entre estos errores se cuentan:

a) Faltas de concordancia: Presentes sobre todo con voces en singular que denominan un concepto plural, pero también en enumeraciones cuyo primer elemento es singular:

la mayoría de los cuales provienen del sistema de

La mayor parte de las ciudades parecen

Como sostenía Rapin y otros neoclásicos

La expansión de la agricultura hacia zonas marginales y la destrucción de hábitat naturales como bosques y humedales ha sido una gran fuerza impulsora

A esto se añade la falta de concordancia de la variante pronominal le redundante (Lo que el Estado latinoamericano le sigue adeudando a sus ciudadanos), fenómeno que, por otra parte, pudiera estar convirtiéndose en una característica del español actual.

b) Redundancias y uso elementos superfluos: No se observaron muchos, no obstante, se observaron usos innecesarios del pronombre y de la forma "es... que", y algunos pocos casos como:

Contiene las macros /ya/ preprogramadas
Este cambio es imperceptible pero, sin embargo, de la mayor importancia

c) Usos incorrectos del gerundio.

Las incorrecciones en el uso del gerundio estuvieron abundantemente representadas en la muestra, y fueron de todo tipo:

Pasó a tener uso generalizado reemplazando los numerosos nombres tribales
(por: "y reemplazó")

Los planificadores programaban y procesaban las secuencias de proyección por serie, no pudiendo por ello medir las consecuencias financieras
(por: "por lo cual no pudieron")

La simulación informática constituyó un aporte considerable (...), permitiendo mejorar notablemente el grado de
(por: "lo cual permitió")

No hemos incluido (...) por varias razones, siendo estas las principales
(por: "varias razones; las principales son estas")

Asimismo, indaga las relaciones entre políticas y medio ambiente, demostrando la forma en que las medidas normativas tienen efecto...
(por: "y demuestra que")

d) Preposiciones: Fueron frecuentes los errores en el uso de preposiciones, sobre todo "a" y "de". Se manifestó la confusión en el uso del par "deber (obligatoriedad) / deber de" (probabilidad), así como el uso del tan criticado en los manuales de redacción "en base a", en lugar del canónico "sobre la base de".

Ocasionalmente se encontró un caso particular, muy frecuente en el discurso oral, consistente en la alteración del régimen cuando se unen con la conjunción copulativa y voces que exigen preposiciones diferentes para su construcción:

El acceso y la participación en la educación (el acceso a / la participación en)

e) Otros elementos de la redacción:

Un error muy repetido, al punto que aparece en prácticamente todas las obras, está relacionado con el uso de las oraciones distributivas (del tipo "unos... otros", estos... aquellos) y con las construcciones que llamo "de estructura balanceada" (del tipo "tanto... como", "no solo.. sino también"):

Una reducción de estas actividades primarias que o bien podían tener la "apariencia" de alegoría o el disfraz de los juegos cortesanos
(...que podían tener, bien la "apariencia" de alegoría, bien el disfraz de los juegos cortesanos)

Contiene estudios y análisis generales, orientados tanto de manera histórica como estructural.
(...orientados de manera tanto histórica como estructural)

Compartir la experiencia (...) no solo con los actores de la planificación educativa sino en forma más amplia con todos los interesados
(sino también)

Presiones de los organismos internacionales (ya sea nacionales o internacionales)
(sean nacionales, sean internacionales; nacionales o internacionales)

f) La puntuación. Este es, con mucho, el verdadero terreno de arenas movedizas al que no logra escapar del todo ninguno de los textos analizados. Es sencillamente asombrosa la cantidad de errores de puntuación que en ellos se encuentra. No se trata de esta coma mal puesta u olvidada; es, sencillamente, un grave problema de imprecisión en el uso de los signos de puntuación, incluido el punto y seguido. Una somera relación de las principales dificultades indica que:

La colocación obligatoria entre comas de las expresiones de tipo aclarativo o explicativo (sean frases, sean oraciones subordinadas) es un misterio que pocos logran descifrar. El lector unas veces tiene que adivinar que se trata de explicativas y no de especificativas, pues no aparecen las comas, pero lo más frecuente es que aparezca solo una de las dos, que puede ser la primera o la última, no hay sistematicidad en el error.

Lo mismo sucede en relación con la colocación obligatoria entre comas de expresiones del tipo "entonces", "en efecto", "sin duda", "por ejemplo", "pues", "evidentemente", "indiscutiblemente", "por tanto", etc., la cual es desconocida por prácticamente todos los participantes.

La combinación entre el punto y coma y la coma, en expresiones del tipo "sin embargo", "no obstante", "por ejemplo" pareciera materia esotérica: Prácticamente ningún texto demuestra que el traductor (habría que agregar: "y el editor") esté al tanto de cuándo y de qué modo se combinan esos signos. En rigor, se podría afirmar que son muy contados los casos en que el traductor sabe qué hacer con el punto y coma.

La incorrecta colocación de coma entre sujeto y predicado es evidente en casi todas las obras.

 

Una primera conclusión de lo señalado es la siguiente: Los textos analizados muestran un débil dominio de las reglas gramaticales y de puntuación de su lengua nativa por parte de quienes los tradujeron. Y esto es grave, pues por definición un traductor se debe caracterizar por la maestría en su lengua materna. Y si no es así, ¿podemos afirmar que quien presenta tal dificultad está preparado para asumir su responsabilidad social como profesional?

El traductor de un texto escrito está actuando, como antes dije, sobre la lengua y sobre la cultura de llegada. El texto escrito puede llegar a tener peso de ley en quien lo lee, aun cuando no se trate del área jurídica. Errores que se repiten inducen a confusión al lector. También pueden llegar a convertirse en una contra-norma que ponga en situación de inestabilidad la generalmente aceptada. El traductor (no importa si es literario o científico-técnico) debe ser consciente de este compromiso suyo con el público al que se dirige su obra. Por tanto, para mí la esencia de la responsabilidad social del traductor radica en la influencia que su trabajo tiene sobre los destinos de la lengua en que nos expresamos.

 

Puede alguien pensar que "no es para tanto", que un error más que otro en un libro no tiene mayor peso. Grave equivocación. La lengua vive por el uso que hacemos de ella. Vive en nosotros y por nosotros, no es un ente independiente. Como he afirmado muchas veces, cuando se habla del futuro de la lengua no se habla de algo abstracto, se habla, ante todo, del futuro de los hablantes.

Cuando se hacen llamamientos acerca de la importancia de la conservación del idioma, muchos de quienes los realizan pasan por alto este importante elemento, de ahí que no pocas veces la llamada "defensa de la lengua" se pierda en nimiedades casuísticas que no conducen a la comprensión cabal de los fenómenos estudiados.

Lo cierto es que la lengua es uno de los puntales sobre los que se asientan la auto representación individual y la colectiva. Es, además, vehículo privilegiado para la relación interpersonal y el ascenso del sujeto en la escala social, por lo que la adecuada o inadecuada adaptación lingüística al entorno afecta de una manera u otra a todos los miembros de la sociedad por igual, no importa las funciones que ejerzan en ella o el rango que ostenten. Tanto la psicología individual como la social están marcadas por el lenguaje que la comunidad tiene como medio de apropiarse de la realidad, de expresarse y de comunicarse con otras. Y un hecho de la máxima importancia: Es el medio de insertarse esa comunidad como conjunto humano en las complejas relaciones políticas y económicas del concierto mundial de naciones, incluidas las relaciones de mercado.

Si aceptamos lo anterior como cierto, tendremos que aceptar que la traducción de cualquier texto es potencialmente trascendente, y es nuestra obligación, para cumplir nuestra responsabilidad social, ser conscientes de ello y aceptar que, al igual que cuidamos de la propiedad del tecnicismo empleado, debemos cuidar de la corrección del conjunto de los elementos que convierten en texto, con significado y sentido, al conjunto de vocablos que en él aparece.

Tal vez haga falta un poco de humildad, de reconocimiento de que debemos repasar aspectos del idioma supuestamente conocidos "desde siempre". Tengo noticias, pues he visto los anuncios, de que algunas asociaciones han realizado últimamente cursos cuyos contenidos están dirigidos a volver sobre temas "tan poco especializados", "tan banales", como la ortografía y el uso de los signos de puntuación o del gerundio. No sé cuán exitosos hayan sido, ni cuántos colegas hayan tenido la humildad de decir: "Llevo muchos años de ejercicio de la profesión, pero no me vendría mal volver sobre lo aprendido." Solo puedo afirmar que los errores que encontré en los textos (y los que encontraron los demás miembros del jurado del Premio) justifican ampliamente la existencia de esos cursos, y hacen pensar en la necesidad de que todos acudamos a ellos de vez en cuando.

 

A riesgo de parecer idealista en exceso, me gustaría terminar este tema con una idea que me es muy cara.

Para mí, mi lengua no es apenas un sistema de signos y un conjunto de reglas que me permiten comunicarme. Es eso más mi propio ser material y espiritual. Encuentro una relación dialéctica entre mi lengua, mi cultura, mi nacionalidad, mi forma de ser y de concebir el mundo, mi vida. Son elementos que se relacionan, se imbrican, se suponen. Son diversos y a la vez uno, constituyen un universo unitario. Mi universo unitario.

Habito mi lengua, que es mi universo, y ella me habita, ella y yo formamos una unión indisoluble. Si empobrezco mi lengua empobrezco mi universo de cultura, nacionalidad, forma de ser, empobrezco mi vida; si disminuyo mi lengua, me disminuyo. Si la menosprecio, me menosprecio. No hay alternativa. La conciencia de mi responsabilidad social es también la de mi responsabilidad conmigo mismo.

Esta conciencia de mi responsabilidad social y conmigo mismo debe presidir mi trabajo como traductor. Ojalá que los resultados de este Primer Premio Panhispánico de Traducción Especializada, en que han conjugado sus esfuerzos tantas instituciones y tantos individuos, logre llamar la atención de nuestros colegas en este sentido.

Muchas gracias


Notas
 

[1] Esta frase fue muy popular en el Primer Congreso Internacional de Traductores e Intérpretes celebrado en Perú en 2002; en Cuba, se ha convertido en divisa que preside las actividades de la Asociación Cubana de Traductores e Intérpretes






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