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El enunciado "responsabilidad
social del traductor" pareciera referirse,
a primera vista, a un tema relacionado con las
obligaciones del el traductor como ciudadano,
y acaso a la importancia de que no deje de cumplir
aquellos deberes que le impone el ordenamiento
político
de la sociedad en que vive.
Amén de que, en principio, los deberes
ciudadanos son los mismos para el traductor,
el albañil, el médico o el cosmonauta,
cada cual es libre de entender a su manera tales
deberes. De manera que difícilmente este
sería un tema para tratarlo aquí.
Por tanto, con ese enunciado
no me refiero a la "responsabilidad ciudadana"
del traductor, sino a aquellas que dimanan del
ejercicio de su profesión.
Existe una deontología
del traductor, de cuya vigilancia se encargan
los colegios y asociaciones profesionales, los
cuales dedican considerable tiempo, esfuerzo
e inteligencia al perfeccionamiento de los códigos
de ética
y a su aplicación, pues ni todos los traductores
entienden su alcance e importancia a largo plazo
para el prestigio individual y colectivo, ni,
desde luego, todos cumplen al pie de la letra
sus obligaciones éticas, las que constituyen
una "responsabilidad social" inherente
a la profesión que, como es sabido, no
pocas veces implica consecuencias legales.
Este tema es de gran trascendencia
y abarca muchos aspectos, mas no es mi intención extenderme
en sus generalidades, sino apenas llamar la atención
sobre un punto que, de tan sabido, es casi absolutamente
desconocido, y perdonen el juego de palabras.
Me refiero al componente lingüístico
y cultural de esa obligación ética.
José Saramago
afirmó en
una ocasión que "los escritores
hacen las literaturas nacionales; los traductores hacen la literatura universal"
[1], frase que bien puede
aplicarse a la traducción
que convenimos en llamar "especializada".
Bien sabe Saramago lo que dice, pues no solo ha visto universalizado el fruto
de su trabajo gracias a la intervención de los traductores, sino también
alguna vez se ganó el pan ejerciendo esta profesión.
Universalizar la literatura,
la ciencia, la tecnología o el derecho
es responsabilidad nada pequeña. Seguramente a algunos colegas les
basta con que la calidad de su traducción sea suficientemente aceptable
como para cobrar lo estipulado en un contrato, pero para muchos ello no resulta
suficiente, y cuando están realizando una traducción la enfrentan
como la labor de creación que es, con todo el comprometimiento intelectual
y espiritual que tal concepto implica.
La conciencia de ese compromiso
del traductor con su obra forma parte de lo que
concibo como "responsabilidad social del traductor"
y, por tanto, de su ética. No se trata
solo del compromiso que el traductor adquiere
con el autor de la obra y con el lector, al afirmar
que lo que uno lee responde realmente a lo que
el otro escribió, sino también,
y esto me parece determinante, de la responsabilidad que asume, en el
acto de traducir, con la cultura de partida y
con la de llegada.
A la responsabilidad asumida
con la cultura de llegada, que normalmente es
la propia del traductor, me quiero referir en
particular.
Intencionalmente he dicho "cultura
de llegada" cuando lo habitual
es decir "lengua de llegada", pues a nadie escapa que
hablar de lengua es hablar de cultura, aunque ambos términos
no sean sinónimos.
La lengua, producto cultural
por excelencia, es a la vez vehículo privilegiado
de expresión de la cultura de la cual es producto. Sabemos que cuando
llevo un texto de otra lengua a la mía (sea literario, sea científico
o técnico), no soy apenas el ejecutante de una operación de búsqueda
de equivalentes de contenidos entre sistemas lingüísticos diferentes,
sino también protagonizo un acto de enriquecimiento cultural. Quiero
decir, en consecuencia, que la responsabilidad social del traductor es, ante
todo, la que asume en relación con la cultura hacia la cual traduce.
La pregunta es, por una parte, si soy consciente de la trascendencia de ese
acto, y, por otra, si estoy preparado técnica y espiritualmente para
satisfacer las exigencias que ese protagonismo me impone.
No pocos opinan que estos son
conceptos idealistas, que en la vida diaria lo
que ocurre es un proceso económico en que alguien paga por un trabajo
y otro lo hace lo mejor posible para garantizar que su participación
en la cadena no se interrumpa y así asegurarse el sustento: La traducción
concebida como una simple relación material de producción.
No objeto la razón de
quienes tal afirman, pues es innegable que, si
no sostenemos antes su envoltura física, no hay manera
de que nuestra vida espiritual perdure (sin olvidar el compromiso
de mantener también
a nuestra familia, que no es leve), pero me niego a aceptar
que en esa mera relación material de producción
radique lo esencial en el quehacer del traductor. Por más
que se traduzca "para comer", no
es posible escapar a la trascendencia del hecho de traducir,
de "transpensar",
como afirmó José Martí en el siglo XIX.
Si no nos damos cuenta de esa trascendencia es por la banalización
de la profesión:
Se traduce tanto, desde hace tanto tiempo (desde el mismo comienzo
de la humanidad), por tanta gente (no siempre capacitada para
ello, esté o no esté titulado),
que traducir es, en apariencia, un hecho sin relevancia alguna,
y los propios traductores están imbuidos de esa generalizada
forma de pensar.
Si alguien mañana, a partir del extracto de una planta, logra un medicamento
que elimina el cáncer de pulmón, su nombre será merecidamente
reverenciado, pues habrá hecho un aporte extraordinario a la conservación
de la especie. En contraste, tan sin relevancia se considera la traducción,
que nada ni lejanamente parecido a ese reconocimiento pasará con el
pequeño grupo de personas que universalizará ese descubrimiento
y lo pondrá a disposición de la humanidad entera, al traducir
la información correspondiente a las lenguas de mayor circulación
en el mundo.
De hecho, ¿alguien ha oído alguna vez los nombres de los traductores
que universalizaron los grandes descubrimientos de los siglos XIX y XX?
Está claro que es extraordinario haber logrado sintetizar un extracto
que salvará vidas innumerables, pero, ¿qué pasaría
si no existieran los traductores que pusieran ese conocimiento al alcance de
la comunidad científica internacional? El hecho perdería su trascendencia,
al no haber forma de difundirlo masivamente. Se puede objetar que son escasas
las oportunidades de traducir algo así, lo que más uno hace es
traducir aburridísimos manuales de uso, garantías de equipos,
informes técnicos., documentos legales. Alguien puede exclamar: "Imagínese,
traducir el manual de instrucciones de una máquina de lavar ropas, ¡qué suceso
trascendente!" Cierto, pero…, pregúntenle a la persona
que compra su máquina de lavar y cuando va a usarla descubre que no
funciona, acude llena de esperanzas a su "banal" manual de instrucciones
y se da de narices con que ¡está en un idioma que no domina!...,
o supuestamente está en el suyo, pero es ininteligible, porque es producto
una traducción pésima, acaso automática. A esa persona,
que tiene la ropa mojada dentro de la máquina y no sabe qué demonios
hacer (es domingo, el taller está cerrado) díganle que no es
trascendente la traducción de su manual de instrucciones.
Siendo esto así, qué decir de la traducción de textos
como los sometidos a la consideración de los jurados del Primer Premio
Panhispánico de Traducción, la mayor parte de los cuales significaba
la puesta a disposición de los hispanohablantes de obras llamadas a
tener una gran repercusión en diversas esferas de las ciencias. Traducirlos,
evidentemente, no fue un hecho intrascendente.
En mi opinión, la concepción que se tenga de la trascendencia
del trabajo de traducción, con independencia del entorno en que se realice,
forma parte de la conciencia que de su responsabilidad social tenga el traductor.
Descontando intrusismos (por
la gente que hace el trabajo para el cual no
está capacitada)
y mercenarismos (por la gente que, acaso capacitada, no tiene, ni jamás
tendrá, los mínimos éticos que la profesión exige),
estoy convencido de que los mejores representantes de nuestra profesión
no laboran por el simple afán de ganar el sustento, y se guían
por una mística profesional que dirige sus esfuerzos hacia la obtención
de un producto que esté en consonancia con la responsabilidad que asumen
al tomar un texto y afirmar "esto que les muestro es la traducción
exacta de esto otro". Con el valor agregado, como sabemos, de que a partir
de ese momento el número de quienes podrán tener acceso a la
información contenida en él se incrementa considerablemente.
Al igual que no basta pagar impuestos
para ser un buen ciudadano, tampoco basta, para
cumplir nuestra responsabilidad social, hacer
un trabajo solo para que el empleador nos abone
la cantidad convenida. Además de los honorarios
merecidos y recibidos, debemos tener presente el aporte que nuestro texto pueda
significar para la cultura a la cual se incorpora. Pienso que la mayor parte
de nosotros es consciente de ello. Pero debo confesar que tengo mis dudas acerca
de cuán preparados estamos par enfrentarlo. Lamento afirmar que con
el decurso del tiempo he llegado a la conclusión de que muchos colegas
no solo no están preparados para la tremenda responsabilidad social
que les impone la profesión, sino también, y esto es lo más
grave, adolecen del mal de no darse cuenta de su falta de preparación,
de sus limitaciones como puente entre culturas.
Esta aseveración, aunque puede llevar a unos a sentirse ofendidos, y
a otros a considerar que lo dicho nada tiene que ver con ellos, no es más
que el resultado de la observación y el análisis de una realidad
lamentablemente presente entre los traductores especializados, ratificada especialmente
por mi reciente experiencia al frente del jurado lingüístico internacional
del Primer Premio Panhispánico de Traducción.
En mi condición de presidente, debí leer cierto número
de libros presentados a concurso, para dictaminar sobre ellos. Además,
tuve que revisar las conclusiones del resto de los miembros sobre las obras
que cada uno examinó. También debí revisar los textos
valorados negativamente, ya que estaba estipulado que las obras con dificultades
de evaluación recibieran nueva lectura por el presidente, para confrontar
criterios. Finalmente, debí leer el resumen del total de evaluaciones,
tanto negativas como positivas. Por tanto, he podido obtener una visión
general de la parte del universo de nuestra profesión que entró en
el concurso.
Vale preguntarse qué valor tiene la confrontación de los textos
concursantes para extraer conclusiones generales. Está claro que puede
no ser significativa la cifra de participantes. En primer lugar, porque un
gran número de lo que se traduce no se publica, por no ser la publicación
el objetivo de todas las traducciones. En segundo, porque es probable que cierta
cantidad de traductores, con buenos trabajos que presentar, nunca se enteró del
concurso. En tercero, porque algunos de los que se enteraron y tenían
obras publicadas decidieron no participar o no tuvieron tiempo de hacerlo.
En cuarto y último lugar, algunos envíos postales pudieran haberse
extraviado, o haber llegado tarde a su destino. No obstante esa posible limitación
cuantitativa, entiendo que la muestra es válida como representación
del conjunto de obras traducidas en el entorno hispanohablante durante el período
abarcado, puesto que considero, y me gustaría recalcar esto, que nadie
envía su obra a un concurso si no está convencido de que su propuesta
posee un elevado grado de calidad, esto es, concursa quien considera a su obra
cualitativamente competitiva. Es decir, doy por sentado que los textos que
llegaron a manos del jurado lingüístico eran tenidos por los respectivos
traductores como sus mejores obras. Siendo esto así, me siento autorizado
a pensar que lo que en ellos se encuentra, tanto en debilidades como en fortalezas,
es un reflejo bastante fiel de la calidad general de las traducciones especializadas
en español.
¿Cuál es esa calidad
general reflejada en las obras concursantes?
Trataré de hacer una síntesis:
1) El elemento léxico - terminográfico
Las obras presentadas a concurso casi no mostraban
dificultades terminológicas; salvando
algunos pocos extranjerismos técnicos
innecesarios, no se evidenciaron errores importantes
con los términos. Realmente, son muy
contadas las imprecisiones terminológicas
señaladas por los evaluadores, y en
el vocabulario general no hubo mayores dificultades.
De modo general, las incorrecciones léxicas
encontradas (esto es, teniendo en cuenta tanto
términos como no términos) se
refieren al mantenimiento de formas en inglés
del original a pesar de haber las correspondientes
equivalencias o adaptaciones en español
(mailing lists, e-book,
diskettes, film), y
al uso de supuestas formas españolas
"más
técnicas" en detrimento de las
tradicionales ("testear" en lugar
de probar, evaluar o comprobar, "bajar" en
lugar de descargar...), y el abuso del vocablo
"cuestión" en
lugar de otros más precisos, como pregunta,
planteamiento, problemática, asunto,
tema...
Una parte de las obras concursantes no pudo
escapar de lo que particularmente denomino "vulgarismos",
esto es, el uso de expresiones como "jugar
un papel", "desempeñar un
rol". A lo anterior se podría añadir
aquí algún que otro localismo y
algunos curiosos casos de traducciones literales.
Cito unos pocos:
Las organizaciones de paisanos franceses (campesinos)
la llevan a refugiarse durante días
enteros en el fondo de su cama ("en su
cama")
En sus relaciones con su madre y a veces
con sus partenaires ("parejas", "amantes", "enamorados")
No fueron estos, sin embargo, elementos mayoritariamente
presentes.
Lo mostrado nos lleva a inferir que en estos
momentos el punto débil de nuestros colegas
ya no es el tecnoléxico o el léxico
general. A mi modo de ver, la explicación
es muy sencilla: Desde las últimas décadas
del siglo XX, pero sobre todo en los últimos
años y los primeros del XXI, el énfasis
puesto en el tema de la terminología ha
llevado a que en la actualidad se cuente con
una considerable cantidad de obras de apoyo terminológico
a la labor de traducción. Cierto no todas
tiene el mismo grado de confiabilidad, pero la
cantidad de obras terminográficas de que
se dispone en estos momentos, tanto monolingües
como bilingües o plurilingües, es realmente
considerable. Gratuitos o mediante alguna forma
de pago, los recursos terminográficos
en Internet forman multitud y están a
disposición de quien quiera (y ocasionalmente
sepa) hacer uso de ellos. No es tan difícil,
demorado o costoso, pues, acceder actualmente
a herramientas que resuelvan las dudas léxicas
y terminológicas.
2. La ortografía.
No se podría afirmar que constituya un
grave problema, pero es llamativa la persistencia
de problemas como el desacertado uso de las mayúsculas
iniciales de palabra y las imprecisiones en la
acentuación gráfica o el mantenimiento
usos anticuados de la tilde.
Algún que otro caso de duda entre sino
/ si no y porqué / por qué, más
la curiosa persistencia de grafías obsoletas
(obscuro por oscuro, substituir por sustituir)
completan el cuadro de las inconsistencias ortográficas
encontradas. Lo más interesante en este
sentido es que, tratándose de obras publicadas,
es de suponer que los errores en que el traductor
incurrió debieron ser subsanados durante
el proceso editorial, lo cual indica que no son
solo ellos quienes presentan el problema. Pareciera,
en algunos casos, que el texto académico
sobre ortografía de 1999 no fuera conocido
suficientemente entre los hispanohablantes.
3. La redacción.
La situación varía considerablemente
cuando se trata de la puesta en relación
de unas palabras con otras, cuando se pasa del
nivel léxico a la oración, el párrafo,
el texto en su totalidad. Este es el punto más
grave que se encontró en las obras concursantes,
ya que, de una manera u otra, en mayor o menor
medida, estuvo presente en absolutamente todas,
sin distinción.
Hay recursos para trabajar las dudas sintácticas
y de redacción en la red, pero acaso no
son tan abundantes ni tan sencillos de consultar
como las herramientas léxicas y terminográficas,
y quizás ello contribuya a esta situación.
Pero me inclino a creer, simplemente, que es
más fácil admitir (no solo ante
los demás, sino, sobre todo, ante uno
mismo) que se desconoce el equivalente en español
de un término extranjero, incluso el significado
de un tecnicismo propio, que admitir que uno
está flojo en sintaxis, o que tiene dificultades
con la puntuación. Lo que demuestran las
obras que he analizado es, al parecer, que los
traductores se preocupan mucho de la corrección
del elemento léxico y terminográfico
de sus textos, pero no atienden en igual medida
la corrección de su totalidad. Descuidan
que el texto no es una mera combinación
de palabras, ni siquiera de oraciones, sino una
unidad cuyo sentido está dado por la armónica
conexión de todos los componentes, desde
el vocablo bien seleccionado, pasando por los
elementos de relación, los anafóricos
y conectores diversos que contribuyen a darle
coherencia, hasta los signos de puntuación
utilizados. Cuidar solo el elemento léxico
es descuidar el todo por atender una de sus partes.
La consecuencia es la presencia de errores sintácticos
y de todo tipo en las obras traducidas que circulan
en español.
Entre estos errores se cuentan:
a) Faltas de concordancia: Presentes sobre
todo con voces en singular que denominan un concepto
plural, pero también en enumeraciones
cuyo primer elemento es singular:
la mayoría de
los cuales provienen del sistema de
La mayor parte de las ciudades parecen
Como sostenía Rapin y otros
neoclásicos
La expansión de la agricultura hacia zonas
marginales y la destrucción de hábitat
naturales como bosques y humedales ha sido una
gran fuerza impulsora
A esto se añade la falta de concordancia
de la variante pronominal le redundante (Lo
que el Estado latinoamericano le sigue
adeudando a sus ciudadanos), fenómeno que, por otra
parte, pudiera estar convirtiéndose en
una característica del español
actual.
b) Redundancias y uso elementos superfluos:
No se observaron muchos, no obstante, se observaron
usos innecesarios del pronombre y de la forma "es...
que", y algunos pocos casos como:
Contiene las macros /ya/ preprogramadas
Este cambio es imperceptible pero, sin embargo,
de la mayor importancia
c) Usos incorrectos del gerundio.
Las incorrecciones en el uso del gerundio estuvieron
abundantemente representadas en la muestra,
y fueron de todo tipo:
Pasó a tener uso generalizado reemplazando
los numerosos nombres tribales
(por: "y
reemplazó")
Los planificadores programaban y procesaban
las secuencias de proyección por serie,
no pudiendo por ello medir las consecuencias
financieras
(por: "por lo cual no pudieron")
La simulación informática constituyó un
aporte considerable (...), permitiendo
mejorar notablemente el grado de
(por: "lo cual permitió")
No hemos incluido (...) por varias razones,
siendo estas las principales
(por: "varias razones; las principales
son estas")
Asimismo, indaga las relaciones entre
políticas
y medio ambiente, demostrando la forma
en que las medidas normativas tienen efecto...
(por: "y demuestra que")
d) Preposiciones: Fueron frecuentes los errores
en el uso de preposiciones, sobre todo "a" y "de".
Se manifestó la confusión en el
uso del par "deber (obligatoriedad) / deber
de" (probabilidad), así como el
uso del tan criticado en los manuales de redacción "en
base a", en lugar del canónico "sobre
la base de".
Ocasionalmente se encontró un caso particular,
muy frecuente en el discurso oral, consistente
en la alteración del régimen cuando
se unen con la conjunción copulativa y
voces que exigen preposiciones diferentes para
su construcción:
El acceso y la participación en la educación
(el acceso a / la participación en)
e) Otros elementos de la redacción:
Un error muy repetido, al punto que aparece
en prácticamente todas las obras, está relacionado
con el uso de las oraciones distributivas (del
tipo "unos... otros", estos...
aquellos) y con las construcciones que llamo "de
estructura balanceada" (del tipo "tanto...
como", "no solo.. sino también"):
Una reducción de estas actividades primarias
que o bien podían tener la "apariencia" de
alegoría o el disfraz de los juegos
cortesanos
(...que podían tener, bien la "apariencia" de
alegoría, bien el disfraz de los juegos
cortesanos)
Contiene estudios y
análisis generales,
orientados tanto de manera histórica
como estructural.
(...orientados de manera tanto histórica
como estructural)
Compartir la experiencia
(...) no solo con los actores de la planificación educativa
sino en forma más amplia con todos los
interesados
(sino también)
Presiones de los organismos internacionales
(ya sea nacionales o internacionales)
(sean nacionales, sean internacionales; nacionales
o internacionales)
f) La puntuación. Este es, con mucho,
el verdadero terreno de arenas movedizas al que
no logra escapar del todo ninguno de los textos
analizados. Es sencillamente asombrosa la cantidad
de errores de puntuación que en ellos
se encuentra. No se trata de esta coma mal puesta
u olvidada; es, sencillamente, un grave problema
de imprecisión en el uso de los signos
de puntuación, incluido el punto y seguido.
Una somera relación de las principales
dificultades indica que:
La colocación obligatoria entre comas
de las expresiones de tipo aclarativo o explicativo
(sean frases, sean oraciones subordinadas) es
un misterio que pocos logran descifrar. El lector
unas veces tiene que adivinar que se trata de
explicativas y no de especificativas, pues no
aparecen las comas, pero lo más frecuente
es que aparezca solo una de las dos, que puede
ser la primera o la última, no hay sistematicidad
en el error.
Lo mismo sucede en relación con la colocación
obligatoria entre comas de expresiones del tipo "entonces", "en
efecto", "sin duda", "por
ejemplo", "pues", "evidentemente", "indiscutiblemente", "por
tanto", etc., la cual es desconocida por
prácticamente todos los participantes.
La combinación entre el punto y coma y
la coma, en expresiones del tipo "sin embargo", "no
obstante", "por ejemplo" pareciera
materia esotérica: Prácticamente
ningún texto demuestra que el traductor
(habría que agregar: "y el editor")
esté al tanto de cuándo y de qué modo
se combinan esos signos. En rigor, se podría
afirmar que son muy contados los casos en que
el traductor sabe qué hacer con el punto
y coma.
La incorrecta colocación de coma entre
sujeto y predicado es evidente en casi todas
las obras.
Una primera conclusión de lo señalado
es la siguiente: Los textos analizados muestran
un débil dominio de las reglas gramaticales
y de puntuación de su lengua nativa por
parte de quienes los tradujeron. Y esto es grave,
pues por definición un traductor se debe
caracterizar por la maestría en su lengua
materna. Y si no es así, ¿podemos
afirmar que quien presenta tal dificultad está preparado
para asumir su responsabilidad social como profesional?
El traductor de un texto escrito está actuando,
como antes dije, sobre la lengua y sobre la cultura
de llegada. El texto escrito puede llegar a tener
peso de ley en quien lo lee, aun cuando no se
trate del área jurídica. Errores
que se repiten inducen a confusión al
lector. También pueden llegar a convertirse
en una contra-norma que ponga en situación
de inestabilidad la generalmente aceptada. El
traductor (no importa si es literario o científico-técnico)
debe ser consciente de este compromiso suyo con
el público al que se dirige su obra. Por
tanto, para mí la esencia de la responsabilidad
social del traductor radica en la influencia
que su trabajo tiene sobre los destinos de la
lengua en que nos expresamos.
Puede alguien pensar que "no es para tanto",
que un error más que otro en un libro
no tiene mayor peso. Grave equivocación.
La lengua vive por el uso que hacemos de ella.
Vive en nosotros y por nosotros, no es un ente
independiente. Como he afirmado muchas veces,
cuando se habla del futuro de la lengua no se
habla de algo abstracto, se habla, ante todo,
del futuro de los hablantes.
Cuando se hacen llamamientos acerca de la importancia
de la conservación
del idioma, muchos de quienes los realizan pasan por alto este importante elemento,
de ahí que no pocas veces la llamada "defensa de la lengua" se
pierda en nimiedades casuísticas que no conducen a la comprensión
cabal de los fenómenos estudiados.
Lo cierto es que la lengua es uno de los puntales
sobre los que se asientan la auto representación individual y la colectiva. Es, además,
vehículo privilegiado para la relación interpersonal y el ascenso
del sujeto en la escala social, por lo que la adecuada o inadecuada adaptación
lingüística al entorno afecta de una manera u otra a todos los
miembros de la sociedad por igual, no importa las funciones que ejerzan en
ella o el rango que ostenten. Tanto la psicología individual como la
social están marcadas por el lenguaje que la comunidad tiene como medio
de apropiarse de la realidad, de expresarse y de comunicarse con otras. Y un
hecho de la máxima importancia: Es el medio de insertarse esa comunidad
como conjunto humano en las complejas relaciones políticas y económicas
del concierto mundial de naciones, incluidas las relaciones de mercado.
Si aceptamos lo anterior como cierto, tendremos
que aceptar que la traducción
de cualquier texto es potencialmente trascendente, y es nuestra obligación,
para cumplir nuestra responsabilidad social, ser conscientes de ello y aceptar
que, al igual que cuidamos de la propiedad del tecnicismo empleado, debemos
cuidar de la corrección del conjunto de los elementos que convierten
en texto, con significado y sentido, al conjunto de vocablos que en él
aparece.
Tal vez haga falta un poco de humildad, de
reconocimiento de que debemos repasar aspectos
del idioma supuestamente conocidos "desde siempre".
Tengo noticias, pues he visto los anuncios, de
que algunas asociaciones han realizado últimamente
cursos cuyos contenidos están dirigidos a volver sobre temas "tan
poco especializados", "tan banales", como la ortografía
y el uso de los signos de puntuación o del gerundio. No sé cuán
exitosos hayan sido, ni cuántos colegas hayan tenido la humildad de
decir: "Llevo muchos años de ejercicio de la profesión,
pero no me vendría mal volver sobre lo aprendido." Solo puedo
afirmar que los errores que encontré en los textos (y los que encontraron
los demás miembros del jurado del Premio) justifican ampliamente la
existencia de esos cursos, y hacen pensar en la necesidad de que todos acudamos
a ellos de vez en cuando.
A riesgo de parecer idealista en exceso, me
gustaría terminar este tema con una idea
que me es muy cara.
Para mí, mi lengua no es apenas un sistema
de signos y un conjunto de reglas que me permiten
comunicarme. Es eso más mi propio ser
material y espiritual. Encuentro una relación
dialéctica entre mi lengua, mi cultura,
mi nacionalidad, mi forma de ser y de concebir
el mundo, mi vida. Son elementos que se relacionan,
se imbrican, se suponen. Son diversos y a la
vez uno, constituyen un universo unitario. Mi
universo unitario.
Habito mi lengua, que es mi universo, y ella
me habita, ella y yo formamos una unión
indisoluble. Si empobrezco mi lengua empobrezco
mi universo de cultura, nacionalidad, forma de
ser, empobrezco mi vida; si disminuyo mi lengua,
me disminuyo. Si la menosprecio, me menosprecio.
No hay alternativa. La conciencia de mi responsabilidad
social es también la de mi responsabilidad
conmigo mismo.
Esta conciencia de mi responsabilidad social
y conmigo mismo debe presidir mi trabajo como
traductor. Ojalá que los resultados de
este Primer Premio Panhispánico de Traducción
Especializada, en que han conjugado sus esfuerzos
tantas instituciones y tantos individuos, logre
llamar la atención de nuestros colegas
en este sentido.
Muchas gracias
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