Ceremonia de entrega de la segunda edición
del Premio Panhispánico de Traducción Especializada -
La Habana

     

Los traductores y la lengua - Rodolfo Alpízar Castillo, lingüista, traductor y narrador

 

En aquel tiempo todo el mundo hablaba el mismo idioma (...) Un día se dijeron unos a otros: "Vamos a hacer ladrillos y a cocerlos en el fuego." (...) Después dijeron: "Vengan, vamos a construir una ciudad y una torre que llegue hasta el cielo. De este modo nos haremos famosos y no tendremos que dispersarnos por toda la tierra."
Pero el Señor bajó a ver la ciudad y la torre que los hombres estaban construyendo, y pensó: "Ellos son un solo pueblo y hablan un solo idioma; por eso han comenzado este trabajo, y ahora por nada del mundo van a dejar de hacerlo. Es mejor que bajemos a confundir su idioma, para que no se entiendan entre ellos."
Así fue como el señor los dispersó por toda la tierra, y ellos dejaron de construir la ciudad. En ese lugar el Señor confundió el idioma de todos los habitantes de la tierra, y de allí los dispersó por todo el mundo. Por eso la ciudad se llamó Babel.
(Génesis 11:1-10)

Para los herederos de la cultura judeo-cristiana (evidentemente, esto mismo no se aplica para otras culturas, que han de tener sus propias explicaciones para la existencia de multitud de idiomas), el mito de Babel es claro: Se diferenciaron las lenguas, los seres humanos dejaron de entenderse entre sí, la raza humana se dispersó en pueblos y nacionalidades diseminadas por todo el mundo. Es decir: La lengua dejó de ser única y con ello los seres humanos dejaron de formar una unidad.

El castigo divino tenía un objetivo, según la lectura habitual del mito: Evitar que los humanos se ensoberbecieran al comprobar su poder con la construcción de la torre. Ese poder, acaso, los acercaba demasiado a Dios. Al no entenderse, perdieron la fuerza que les otorgaba la unidad. Dios no tenía rival.

Mas ese no fue el único resultado. Los seres humanos, por no entenderse, se hicieron enemigos. Y esto, lamentablemente, no es ningún mito, por más que el no entenderse no siempre está directamente relacionado con hablar lenguas diferentes. Solo que ese es tema para otro momento.

El sueño de muchas personas generosas ha sido, durante milenios, lograr la lengua universal mediante la cual los seres humanos puedan comunicarse. En el fondo tal vez se encuentre el ansia oculta de competir con la divinidad. Mas, hasta el momento, ese sueño se ha mostrado irrealizable, y no se vislumbra ni un asomo de posibilidad.

Sin embargo, ya desde el mismo momento de la confusión de lenguas apareció, si no el remedio, al menos el paliativo para la incomunicación. Ante la limitación impuesta por el castigo de su dispersión, la raza humana, que se resiste desde siempre a ocupar un eslabón inferior en la escala de la creación, concibió el instrumento que le permitiera sobreponerse a su obligada pequeñez. Lo hizo surgir de su propio seno, con sus genes, su sangre y su aliento.

Este instrumento que acerca al género humano disperso y débil al originario único y de poderío casi divino es también un ser humano, por más que a veces pareciera que ello se olvida: Es el traductor, el intérprete, el trujamán, el lengua que pone en contacto a las tribus, el puente vivo que enlaza las orillas más distantes y comunica las culturas más distintas.

Venerado antiguamente en civilizaciones que vieron en él un ser dotado de un don divino; minusvalorado e incluso despreciado en otras supuestamente más evolucionadas, imprescindible en todas, el traductor ha sido a lo largo de la historia, mitos y leyendas aparte, el medio de comunicarse con amigos y enemigos, de apropiarse de los frutos del conocimiento ajeno o de difundir los propios, de transmitir y de recibir ideas, de desarrollarse y ayudar a otros a desarrollarse, de crecer como pueblos y naciones, pero también como personas. En resumen: El medio de humanizarnos realmente.

José Saramago afirmó: "Los escritores hacen las literaturas nacionales, y los traductores hacen la literatura universal." Hacen más, se podría agregar: Hacen la ciencia universal, la técnica universal. Sin alguien que tradujera sus obras, pocos conocerían a Taylor, a Marx o a Einstein. Sin los desconocidos traductores que llevaron los clásicos griegos a la lengua árabe, y los que luego la trasladaron del árabe a otras lenguas, ¿cuál habría sido el destino de la llamada "cultura occidental"?

El traductor es como un puente, cierto. Mas un puente conduce en dos direcciones, tanto lleva como trae. Al poner en contacto lenguas, culturas y civilizaciones, las interrelaciona, las hacer influirse y enriquecerse mutuamente. Este es, a la vez, su mayor compromiso y su mayor mérito. Y acaso en ello radique la principal maldición que arrastra su profesión.

Porque el traductor es "como" un puente, pero no lo es en realidad, porque no es un objeto ni, mucho menos, es inerte. Por ser una persona, interactúa, sea consciente o no de ello, con aquello que pone en relación. Y esa posición privilegiada se paga caro, porque implica una gran responsabilidad social.

Curiosamente, este medio privilegiado para que se relacionen lenguas y culturas, cuando funciona bien, es invisible. Solo es visible cuando se equivoca, cuando son evidentes los errores en la puesta en relación de la cual fue mediador, en cuyo caso nadie lo perdona. Sin olvidar que suele achacarse al traductor errores que no son suyos sino del emisor original, o del propio receptor. Esto vale para cualquier tipo de traducción, desde la interpretación oral en sus variadas formas hasta la de mesa, desde la especializada hasta la literaria, que es otro tipo de especialización.

Esta condición de invisibilidad, imprescindible, lleva a un resultado: Se habla siempre de las malas traducciones, casi nunca de las buenas. Y se juzga a la profesión por pecados propios y ajenos, por los cometidos y por los no cometidos. Se afirma y repite que los traductores empobrecen la lengua materna, la maltratan, la pueblan de extranjerismos, la transforman, la hacen irreconocible, la ponen en riesgo de desaparecer. Su ignorancia los lleva a importar giros ajenos que el espíritu de la lengua rechaza.

Dicho en pocas palabras: El catálogo de enemigos del idioma está encabezado por los traductores.

Aceptemos una realidad: Descontando que en esta profesión, y mucho más que en otras, está presente el intrusismo, son incontables los traductores e intérpretes profesionales que ejercen a lo largo y ancho del planeta. Los procesos de mundialización de las economías y los incrementos acelerados de intercambios políticos, culturales y de todo tipo que se producen constantemente hacen que su cantidad se acreciente. Sería ilusorio pretender que tantas personas presenten óptimas condiciones de preparación técnica y, sobre todo, que sean igualmente conscientes de su responsabilidad profesional. De manera que en esa masa pueden encontrarse los ejemplos que uno busque, tanto de lo mejor como de lo peor.

Desde luego, lo mismo se podría afirmar de cualquier otro aspecto de la realidad, desde el aviador hasta el barredor de calles, pues lo bueno y lo malo coexisten en todas las profesiones y todos los oficios.

En resumen, si bien existen traductores merecedores con creces de la mala fama que a todos se atribuye (pero adviértase que si persisten es porque encuentran empleadores que prefieren invertir en un producto barato aunque sea de inferior calidad, y estos son los verdaderos culpables, no sus empleados), los traductores, en su mayoría, mantienen un conducta ética y son conscientes del compromiso que asumen al enfrentar su trabajo. No por casualidad las asociaciones profesionales o colegiales de traductores e intérpretes cuentan con códigos de ética de obligatorio cumplimiento por sus miembros.

Ciertamente, no está de más insistir en la responsabilidad social del traductor. Pero también otros sectores de la sociedad deben reconocer la trascendencia de la función que desempeña este profesional. Que un traductor llene el texto de giros extraños por apegarse en exceso al original, o que deje sin traducir voces que tienen equivalentes perfectos y reconocidos, sin que ello tenga una justificación en la propia obra, es evidentemente un grave error, pero sería raro que una casa editora respetable lo acepte. Sucede a veces, desde luego, y es lamentable, pero la culpa no es solo del traductor.

Pero tampoco hay que creer que por el incorrecto trabajo de un traductor literario la lengua materna se arriesga a sufrir grave daño. Ante todo, para que esa incorrección progrese tendría que ser reproducida en los medios de difusión.

Otro caso es el de los traductores especializados, sobre todo los que trabajan en la áreas llamadas "de punta", donde son constantes las innovaciones. Sería injusto exigir a un traductor el conocimiento de vocablos que no existen en su lengua, porque el concepto, la técnica o el objeto no se conocían. Tendrían que existir mecanismos de creación léxica muy ágiles y eficientes que garantizaran al traductor un arsenal de soluciones que no tiene, razón por la cual está obligado a depender de su buen sentido y de sus propios criterios lingüísticos para responder a cada situación concreta. Como tales mecanismos no existen, ni parece que existirán, es un problema sin solución.

Por otra parte, no es demasiado evidente la influencia que pueda tener en la lengua común la presencia de más o menos extranjerismos en áreas altamente especializadas. Más grave es otra arista del problema, y es la mayor o menor capacidad que muestre una lengua para servir de vehículo de transmisión del conocimiento científico. Con sus mejores o peores soluciones, los traductores contribuyen, al ir creando vocabularios especializados con el producto de su trabajo intelectual, al enriquecimiento de la lengua materna en zonas donde carecía de ellos. Y este es un mérito de la profesión pocas veces reconocido.

Hay sectores donde los errores de traducción son mucho más graves, por su rápida difusión y por su poder de penetración en todas las capas de hablantes: Ellos son la traducción audiovisual y la traducción realizada en agencias noticiosas internacionales. Los ejemplos abundan, se ven a diario y no hace falta detenerse en ellos. Pero es bueno llamar la atención hacia un punto: En ambos casos hay un empleador que prefiere pagar un resultado de inferior calidad a menor precio, a sabiendas de que su producto se venderá de cualquier forma y circulará de manera inmediata por todo el planeta.

Las grandes cadenas televisivas y las agencias internacionales de noticias ocupan el primer lugar en la difusión de errores lingüísticos. Pero las distribuidoras nacionales que compran esos productos, y las agencias que colocan los cables como llegan, sin prestar atención a la corrección del lenguaje, son las culpables de que el ciudadano común reciba un bombardeo incesante de extranjerismos y los más diversos usos incorrectos del lenguaje.

Por último, es importante no dejar de señalar un hecho lamentable: Muchas debilidades que presentan los traductores en el dominio de la lengua materna (hablo en especial de los hispanohablantes) son responsabilidad de los sistemas de enseñanza de sus respectivos países. Esta realidad se pasa por alto con demasiada insistencia. Si hay traductores (o médicos, o pilotos, o informáticos, o burócratas...) con escaso dominio de su lengua materna, o con una baja valoración de ella, no es por culpa de ellos, es porque los sistemas de educación han fallado en formarlos como hablantes.

Esto último lleva a retomar un punto que se menciona cada cierto tiempo, pero que en realidad se toma poco en cuenta, al menos en el entorno hispánico: El tema es la ausencia de políticas lingüísticas nacionales.

Culpar a los traductores, o al sector profesional que sea, de los problemas que presenten los hablantes de una lengua, es tener una visión estrecha en extremo de la realidad; es, para ser más exactos, desconocerla. La realidad es que ni el cultivo ni el dominio de la lengua son elementos que ocupen las voluntades políticas de los gobernantes de los países hispanohablantes. El idioma es algo que nos llega con el pecho materno, que tenemos con nosotros en todo momento, que "está ahí" desde que nacemos y siempre estará. Por ese motivo siempre hay algo más apremiante que atender que el idioma, él nunca llega a ser una prioridad para el Estado.

No obstante los discursos entusiastas acerca de su salud que con reiteración se dejan oír en algunos congresos internacionales, el futuro de la lengua española está lejos de ser tan radiante como se pudiera creer, y bien harían los gobiernos hispanohablantes en prestar atención al principal componente de nuestra identidad como comunidad de naciones.

Es imprescindible dar pasos encaminados a la formulación de políticas lingüísticas no voluntaristas, científicamente concebidas, ecuménicas y concertadas, si en realidad se siente la necesidad de preservar el español para las generaciones venideras, promover su cultivo y enriquecerlo de manera que pueda funcionar como una lengua realmente moderna, que es lo mismo que decir apta para la comunicación especializada en todos los campos del saber, de manera que su uso no se limite al ambiente familiar o a la expresión literaria.

No siempre que se trata el tema de las políticas lingüísticas son claros los elementos conceptuales con que se trabaja. Parece conveniente, pues, desbrozar un poco el camino.

Ante todo, hay que distinguir entre política lingüística y legislación lingüística. A lo largo de los años se han levantado voces que reclaman leyes sobre el idioma como si fuera el objetivo último alcanzable. Mas la legislación es solo un instrumento, la política lingüística no se limita a una ley ni a un conjunto de leyes. Es ante todo, una definición y una voluntad de los gobiernos. Una ley sobre la lengua puede responder a una coyuntura momentánea, a una conveniencia partidaria, y no a una política lingüística, con lo cual sus resultados podrían llegar a ser contraproducentes y hasta risibles. Para que las legislaciones sobre la lengua funcionen, deben formar parte de una política lingüística.

Un segundo elemento que tener en cuenta es que las políticas lingüísticas, y los instrumentos legales de que se sirvan, no deben refrendar exclusiones, ni significar menoscabo del derecho a ser diferente. La protección y el fomento de la propia lengua no deberían significar perjuicios para los hablantes de otras radicados en el territorio que ella abarque, partiendo del concepto de que el derecho propio termina donde comienza el ajeno, y viceversa.

Un tercer elemento es que una política lingüística, para obtener frutos válidos, debe basarse en el consenso y en la participación ciudadana. Los gobiernos hacen leyes y trazan políticas, pero si la sociedad civil en su conjunto no las hace suyas, las políticas lingüísticas y las legislaciones en que se apoyen resultarán esfuerzo vano. Más que una ley sobre la lengua, que siempre será excesiva en algunos aspectos y limitada en otros, el logro de un consenso social acerca de la importancia de la lengua es la vía y la garantía del éxito.

Ese consenso y esa participación ciudadana solo son posibles si la discusión sobre la lengua traspasa los ámbitos académicos y ocupa los espacios formadores de opinión, tales como la propaganda comercial, los órganos de difusión de todo tipo, los medios audiovisuales, los discursos políticos.

Un cuarto elemento conceptual en este punto es que una política lingüística, y las legislaciones que genere, no puede basarse solo en criterios académicos, y mucho menos responder a las pautas de una institución o un reducido número de ellas, como las academias de la lengua o los ministerios de educación. Hay que tomar en cuenta también, entre otros, el sentir de agrupaciones gremiales de profesionales de la lengua, como periodistas, locutores, escritores, lingüistas, juristas. Y, desde luego, traductores.

Por último, no se debe descuidar que el español es una lengua diversa en su unidad, con fronteras lingüísticas muy variadas tanto en lo externo como en lo interno de los países donde se habla. Precisamente un reto cotidiano para los traductores hispanohablantes es la variante de lengua hacia la cual traducen. En las literaturas artística y sociopolítica son muy conocidas las diferencias, que van en incremento según el discurso se acerca a la lengua más general. Pero en los textos de ciencia y técnica también se producen diferencias de denominación que en ocasiones llegan a llenarse de connotaciones delicadas. Las políticas lingüísticas en cada uno de los países hispanohablantes deberán tener presente esa característica y actuar en consecuencia.

En ese sentido, la realización de acciones para la armonización de las denominaciones en algunos sectores económicos y científico-técnicos es una necesidad inaplazable para nuestros países. La creación de bancos terminológicos sectoriales donde se registren las variantes nacionales para determinadas denominaciones podría ser un primer paso de concertación lingüística.

El estímulo a las buenas traducciones forma parte de una política lingüística. En ese sentido, el otorgamiento de premios que estimulen la excelencia, como el Premio Panhispánico de Traducción Especializada que cada dos años entrega un grupo de instituciones encabezada por la Unión Latina, y que fomenta la traducción especializada al español premiando las mejores, significa un aporte al fortalecimiento de nuestra lengua como instrumento de comunicación científica, y contribuye a destacar la función que desempeña el traductor en beneficio de la lengua.

 


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