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El acontecimiento de un premio de traducción con amplitud latinoamericana, nos da la oportunidad de reflexionar sobre las condiciones de la actividad de traducir, precisamente en la encrucijada de las variedades de la lengua española que entre los países hispanoparlantes americanos y España, o en los países hispanoamericanos (conjunto que incluye a España) se van tramando. Materia frágil pero fundante de nuestra identidad en proceso que, como decía Carmen Garma, la hija del exiliado español Dr. Garma en su reciente conmemoración, no es sólo estela de barcos que van y vienen, sino que es como una lanzadera que al ir y venir teje un manto de palabras, las nuestras, las que nos dicen. Ya Lezama Lima en su obra La expresión americana, acota el campo y se recrea [con la ligereza y nitidez que caracterizan al que pasa por ser uno de los más barrocos escritores en español], se recrea en señalar las nuevas plantas, los pimpollos de la lengua americana. [Pimpollo, recordemos, es uno de los nombres que Fray Luis de León aplica a Cristo, y es lo que florece sin industria ni propósito]. En un punto entre el siglo XVI y XVII los renuevos de la lengua no son meros injertos de apaño, o esporas diseminadas al azar, ya han mudado su porte y su eficacia. Ya son propios. Lo que nos facilita el pensar en nuestra lengua común desarmando las visiones enterizas. Podemos así, como traductores, es decir como escritores, contemplar la redistribución de los espacios (el que llaman policentrismo) y la desarticulación de los tiempos (no hay un antes menor y un ahora mayor)… Se desmonta, pues, el tinglado de un supuesto centro monumental del idioma (España / Indias: ¿cuáles?) Se levanta la secuencia de los tiempos, el orden que nos deja diciendo, por ejemplo, que hemos de traducir poniéndonos en el español del siglo de oro, porque en América aún lo hablan. Cuestionemos el aún. Suspendamos los tópicos.
Los tiempos y los espacios de la traducción Centrípetos o centrífugos, poco importa la dirección de los flujos traductores si nos movemos en territorios, en ciudades con varios centros. Hay un descentramiento de la versión, del lugar del traductor. Pero me temo que ocurre aquí como en la hermosa soleá de la Serneta que dice:
En este momento se nos aparece con claridad que no hay centros de pertenencia. Así, que ¿adónde conducimos lo traído, lo traducido?... No hay centros de mera pertenencia, sino de fundación, Pertenecer a una comunidad de palabra es, más que ocupar un lugar monumental, el cuidadoso y continuado ejercicio de trabar communitas, cosa común. Siendo el munus, el recurso y peso de una lengua que no es de nadie en exclusividad y es de todos en responsabilidad. Lo que quiero destacar es que nuestra lengua común no existe por sí sola [pese a la metáfora del yuyo o del pimpollo que muda y florece sin premeditación] existe y se perfecciona merced al cuidado, y el cuidado está en la esencia y responsabilidad moral de la traducción. La lengua no existe por sí sola sino porque renovamos el acuerdo hablante, el cuidadoso gusto por decir bien lo que pasa, cómo es el mundo, lo que nos sucede, lo opaco de la intimidad invadida por el mercado, lo abierto de la identidad cuando es reclamada por el esfuerzo de acordar: un acuerdo de decir para que todo corresponsable de la lengua pueda sentirse concernido, incluido, pueda tener la certeza de que a él o a ella, le hablan y que cada cual puede dirigirse a cualquier otra persona esperando la caridad de la traducción, la justicia de la escucha. Levantar lo rígido de los lugares y tiempos implícitos en la traducción exige dos pasos más: desmontar la idea de un lenguaje originario y entender que traducción es traducción de lo peculiar. En primer lugar, desmontar la idea de un lenguaje originario al que volver. Reconocer la cualidad de logotesis, de continua construcción de espacios de sentido, de textos en que vivir, que es el aporte del lenguaje que muda de continuo. La idea del lenguaje originario es un poderoso mito al que remite sin cesar la reflexión filológica y la vida misma de los hablantes. Este lenguaje intraducible, pre-Babel, [que no precisa de equivalentes porque en él se suponen hermanadas, como se dice en lógica, biunívocamente, palabras y cosas], forma la estofa de la noción de lengua primitiva. Es el gorjeo o el "pío general de toda criatura". Según la bella expresión de Fray Luis en Los nombres de Cristo: donde nos enseña que además de cosas en el mundo hay cosas en la boca, en la palabra, en el nombrar con que hacemos existir o revivir lo del mundo, lo de nuestro mundo. Pero es también, si puedo cambiar de tiempo y de relato, la experiencia ejemplar de Pierpaolo Pasolini, quien en su película Uccelini / Uccellacci (pajarillos y pajarracos) nos da el primer ejemplo de semiología natural con ayuda, no de pizarrón o de ese punto de poder al que llamamos power point, sino con dos actores cómicos y un lugar a la intemperie. El de Asís, recordemos, envía a predicar a los jilgueros la gloria de Dios. Totto y Ninetto, bajo trazas frailunas, oran sin tregua y, al cabo, tras aprender con mimo y respetar la superficie de los gorjeos que no tienen hondura (puro pío) se encuentran cantando cual jilguerillos, o sea traduciendo su comprender en emisión subtitulada. La réplica, magníficamente interpretada, nos enseña que no hay traducción estándar, sino de lo peculiar (todas lo son: ese es su reto). Pues, cuando de gorriones se trata, la atención a la letra, la encuentran en el descubrimiento de que esta especie plumada habla saltando, como el caballo de ajedrez en los escaques. Saltar traduce mejor que silbar. La atención a lo peculiar nos lleva al otro punto de la traducción: la traducción del estilo.
El estilo es el acento Así dijo Ortega, en una entrevista de los años veinte. El que disertó sobre la miseria y esplendor de la traducción, abre un punto imprescindible, que implica que no hablamos con oraciones mondas y lirondas, sino con secuencias, connotadas, estilísticamente formadas, pese a la discontinuidad, o incluso la mengua de algún elemento sintagmático. Estilo, dice Deleuze en su crepuscular y brillante Diccionario conversado, es tratar la propia lengua como lengua extranjera. Es decir que traducir nos abre a una experiencia impagable, la experiencia de la extrañeza. Como veíamos, no hay un punto de llegada quieto en el traducir, puesto que no hay lengua originaria. Puesto que decir que la lengua es un tesoro o un juego como el ajedrez – las dos metáforas, conceptos teóricos, de Saussure – significa que hablar y traducir equivale a mirar a las vidas hechas palabra del thesaurus, que dejan hablar y mandan nombrar así y no asá. Es también repertorio de estrategias que según las diferencias de varón, mujer / pobre, rico / joven, viejo / desmontan y hacen crecer el tesoro en la dirección que el código no preveía del todo. Entramos aquí en un plano nuevo que considera que traducir es escribir. Escribir es producir, inventar, como el hablante hace, pero más despacio. Es descifrar lo anudado. Es interpretar no sólo la aplicación de un código morfosintáctico o semántico, sino lo que está en juego en un estado del lenguaje, en un estrato de una lengua, en el formato de un discurso. Estado, estrato, formato son palabras para asentar lo fugaz, para detener lo mudable. El escribir, que todo lo acoge, traslada y desplaza, es una experiencia en la que la propia lengua es tomada como extranjera porque cuando ella va nosotros venimos, y viceversa. Lo que se dice, como algo evidente, a veces solemne, admite un impulso, un revés, un quiebro, un ejercicio de mirar la palabra con otros ojos, aflojando nudos, dejando respirar, trabajando en la mera corteza, mostrándola extraña pero no inefable porque este es el verdadero reto del traducir. Y declarar inefable, intraducible, suele ser engañosa (perezosa) solución a la tensión que nos producen las versiones. El ejercicio de decirlo mejor. Como el del lenguaje originario, el de lo intraducible es un mito que satura a la propia lengua, a nosotros los hablantes, antes de empezar a decir. Satura, cierra, liquida. Con lo que uno termina sospechando que ambos mitos están ahí para impedir que digamos las cosas de otro modo. Traducir es tarea empeñada, aplicada, a veces árida, sola, como el amor o la vida, a la espera de algún hallazgo de justeza, en el que la péñola se va como de suyo al encuentro de una expresión cabal [a sílabas contadas / por la cuaderna vía] y entonces aparece como un don, un efecto de sentido, es decir de inventio, acechando el surgir de esta dádiva, que no parece, pues, fruto de caza y ojeo, pero lo es. Y en eso notamos que decimos. Que traducir es decir. Quien traduce – llámese Pablo o Irene o Ana, o Gladis o Rogaciano – experimenta y cuenta que sabe más del mundo porque sabe decirlo. Esa es la naturaleza poética del decir, acerca del mundo o de otro lenguaje cifrado que cuenta el mundo de otra manera. Atender a la letra y respetarla, reconocer que alguien habla, saber que tenemos la responsabilidad de hacer, de decir bien con palabras: aquí se condensa la ética de la escritura, de la traducción. Traducir hoy es, pues, respetar, declarar la corteza de la letra, no callar nada de lo que tremola en superficie. Y las operaciones de distorsión, de camuflaje, que en la búsqueda de la palabra cabal y justa, nos imponen los poderes mudos. Pues, al cabo, hay trampas del idioma – idioma significa: lo más propio, idion, que tenemos – pero también hay recursos ocultos que hemos de poder desvelar, para aprovechamiento común. Quien traduce no sólo está obligado moralmente a advertir de las trampas, sino también de los recursos. Hay ríos ocultos que siguen cursando nuestros modos de la lengua española. Son los caminos del agua, que es como llamaban los árabes de Madrid a los canales subterráneos, que son nombres de esplendor: Fuente Carrantona, Arroyo Abroñigal, siguen asomando a los labios de vecinas y vecinos o se encaraman en algunos de los carteles para la circulación rodada. Ponen, como decía Walter Benjamin en las calles del París del XIX, un mundo de sentidos en el nuevo laberinto de calles y pasajes. Traducir será también acercar esos cuerpos que no son extraños por más que estén ocultos, y que son hontanares, manidas, fuentes del habla, que parecen casticismos de primeras y luego no lo son, sino la señal de que el idioma (lo propio) no es del todo nuestro, sino nosotros suyos. Aunque no lo sepamos del todo, porque como dicen en Puerto Rico: "el que no tiene tinga, tiene mandinga", o en Cuba: "quien no tiene de congo, tiene de carabalí". Esa es la historia oculta del idioma que quien traduce actúa. Ese es el mundo maravilloso de las expresiones que se han quedado en el fondo de las frases, del bembeteo que producimos al hablar: "Hágame la merced", "Téngame sentido de la bolsa mientras me baño". "No he visto más que girovagantes". "Tantos mitoteros". "Te lo dice mi menda lerenda", Es el albur mexicano donde la confidencia se nombra como algo que va de Miguel para Tiburcio, de mi para ti. Laboratorio, fragua, que no deja de machacar y de echar chispas. Así es el horno panadero de la artesanía del habla. Siempre diciendo, tratando de nombrar lo que viene y, en ese decir, cambiando, mudando un tanto (qué tanto es tantito) los códigos de la lengua y cultura que nos permiten hablar, pues al decir lo propio mudamos el formato del lenguaje. Ese del que Barthes dijo en su Lección que de suyo no era progresista ni conservador, sino – y aquí viene el escándalo, el estímulo para pensar – que es fascista, porque fascismo no es impedir decir, sino obligar a decir las cosas de una sola manera.
La ciencia y lo particular Quien traduce, quien tradujere, ha de ser, pues, consciente de estas dimensiones del idioma de llegada. Aquel en el que se vierte lo leído en otra lengua. Pues siempre nos aguarda aquí un problema doble: estandarizar / particularizar. Entrar en la generalización, y aun generalizabilidad, del discurso que hace ciencia y, al mismo tiempo, respetar lo peculiar de la lengua de llegada o, lo que es lo mismo, no calcar, no ahormar forzando. Si el lenguaje científico parece nutrirse de los lenguajes naturales [para, una vez producido el hecho teórico, la construcción del concepto, permitirnos poner en circulación el término ya construido desde el marco de una teoría], traducir estos discursos supone, entonces, dos procesos ligados: (a) respetar el formato (la teoría de una ciencia), y (b) respetar la lengua propia. Esto nos da para una incesante revisión y reflexión sobre las rutinas traductoras, incluso las que han tenido éxito. Revisar y reelaborar, en ciencias sociales el rol (de enrolarse), el papel social; en psicoanálisis lo inconsciente y. (¿por qué no?) lo sujeto; en lingüística los ahormantes o marcadores; en filosofía de la ciencia, la parsimonia, o la incompletud. Ejemplos que se pueden multiplicar al gusto de cada cual. Pero que todos ellos nos enfrentan con la tarea en la que lo peculiar del término al que vertimos no acapare de tal modo la atención, que no nos deje pensar bien, esto es hacer teoría comunicable, debatible, razonable. En esa relación entre ciencia y particularidad nos inició el maestro en traducción, Fray Luis.
Por lo que vemos, traducir es una acción poética, en la medida en la que poiesis es no tanto contar sino hacer: hacer cosas con palabras, producir efectos de sentido, traer nuevas palabras, nuevos conceptos al mundo del discurso. Esto aparece en la traducción poética y de obras poéticas. Pero aparece también en la traducción de obras científicas y de ensayo en prosa. En la traducción poética – en cierta forma ideal regulativo de toda traducción – se presenta el problema de las equivalencias, que acabamos de ver con Fray Luis: dar iguales palabras, dar iguales efectos de palabra. Es lo que subrayan Antonio y Amelia Gamoneda en la introducción a su traducción del poema Herodías de Mallarmé
Superar el "rigor", así entendido como invitación al calco literal supone rescatar el sentido prístino de la acción de Fray Luis: declarar la corteza de la letra. Esto supone retener la letra, pero también su contexto [que no es un forillo exterior de quita y pon, contexto es lo que está tejido con ella] y también retener el efecto que produce en quien escucha o quien lee (y, por ello, en quien enuncia). Este es el trabajo de mediador, complejo y apasionante, que quien traduce desarrolla. Esto implica una actitud de reconocimiento al oficio de traductor. Como el maestro Valentín García Yebra afirma que "existe un derecho moral de los traductores a la mención de su nombre cuando se citan palabras traducidas por ellos. No hacerlo así es tan censurable como reproducir un pasaje escrito en nuestra propia lengua poniéndolo entre comillas pero callando el nombre de su autor". Este comentario, que precede a sus apreciaciones sobre los derechos económicos de los traductores, sobre, como él dice, "la remuneración de su trabajo".
En su célebre ensayo Miseria y esplendor de la traducción, afirma Ortega que "la traducción es una modesta ocupación (...) en el orden intelectual no cabe faena más humilde". De esta labor humilde e imprescindible, de esta rica y laboriosa artesanía he querido dar testimonio ante ustedes. Muchas gracias
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