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La vitalidad de una lengua no sólo se mide
por su cantidad de hablantes, sino también
por el número de ámbitos en los cuales
es capaz de rendir frutos cabales. Ciencia, tecnología,
comercio, educación, literatura, finanzas
y diplomacia, entre otros, son ámbitos fundamentales
que, de no ser abarcados adecuadamente, acarrean
una incapacidad de designar el mundo contemporáneo
y una consecuente pérdida de prestigio que
puede precipitar, a mediano y a largo plazo, un
proceso de decadencia: los hablantes perciben su
lengua como pobre, los ajenos a ella no ven utilidad
alguna en aprenderla y entonces se repliega cada
vez más al hogar y al vecindario. De allí
que resulte clave, según el caso, abrir,
retomar, apuntalar o ampliar los ámbitos
que cubren el español, el portugués
y el francés en las conferencias y los organismos
internacionales, la edición especializada,
la documentación técnica, las normas,
la comunicación científica, Internet
y los medios de comunicación especializados.
Hoy, en la mayoría de los Estados de lengua
neolatina, a pesar de que en ningún caso
más de un 3% de la población tiene
un holgado dominio del inglés, ocurre lo
siguiente:
Gran parte de los centros nacionales de
investigación premian mayoritariamente
a los investigadores que editan en inglés
y favorecen la edición científica
en esta lengua, menospreciando el alcance
que sus trabajos puedan tener a escala nacional
o internacional no anglófona y limitando
así a las poblaciones nacionales el acceso
a dichos conocimientos.
Las conferencias internacionales aceptan
cada vez más la lengua inglesa como único
vector, creando situaciones de incomprensión
flagrantes (quien participa en dichos coloquios
sabe perfectamente que hay una gran cantidad de
oradores que piensan que hablan inglés,
cuando en realidad su conferencia es incomprensible,
dados sus conocimientos básicos y su pronunciación
inadecuada) o de exclusión de aquellos
que no pueden, ya sea concebir o presentar una
comunicación en inglés, ya sea debatir
en dicha lengua. Peor aún: muchos no asisten
por temor a no comprender.
Los organismos internacionales que tradicionalmente
sostenían un sistema de plurilingüismo
interno favorecen claramente una única
lengua de trabajo, a saber, el inglés,
en la mayoría de sus reuniones internas
o en sus sistemas de comunicación. La Unión
Europea, a pesar de su obligación de dar
a todos sus ciudadanos un acceso equitativo a
la información pública, lanza sus
licitaciones o llamados a participar en inglés
y, posteriormente, en las otras lenguas.
El mundo de la edición técnica
y científica está dominado por la
lengua inglesa, dado el dinamismo de la
investigación y la producción estadounidenses.
Sin embargo, nada impide que dichas obras se traduzcan
a otras lenguas para dar acceso a todos los locutores.
Nada salvo los costos de traducción y la
falta de terminologías. Muchos progresos
se han realizado en la materia, pero el camino
por recorrer está plagado de inconvenientes
tanto financieros como políticos. Pocos
Estados perciben la importancia estratégica
del lenguaje científico-técnico
en las transacciones comerciales (contratos, garantías,
instrucciones de uso, etc.) o en diversas negociaciones
internacionales. Pocos son, pues, aquellos que
incentivan políticas de traducción
sistemática de obras de calidad científico-técnica
o la creación de bancos de terminología.
Las normas internacionales y las patentes
son sectores en los cuales el inglés se
impone cada vez más, penalizando
las empresas no angloparlantes, ya sea al soportar
ellas mismas los costos de traducción,
ya sea privándolas de los conocimientos
necesarios a su evolución. En los comités
ISO (organismo internacional de normas) los expertos
hispano o lusohablantes son casi inexistentes.
50 % de las páginas web recensadas
en el mundo están escritas en inglés,
cuando menos del 10 % de la población tiene
el inglés como lengua materna.
Por otra parte, en las llamadas comunidades virtuales
(listas de difusión, foros electrónicos,
etc.): basta con que uno de los interlocutores
no comprenda la lengua utilizada para que todos
aquellos que conocen el inglés comiencen
a comunicarse en dicho idioma, excluyendo de hecho
a aquellos que no lo conocen, quienes se transforman,
por un prejuicio adquirido, en “una mayoría
silenciosa” (y sorda, diríamos también).
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