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Congreso internacional sobre
lenguas neolatinas
en la comunicación especializada |
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El Colegio de México,
México
28 - 29 de noviembre de 2002 |
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Esta presentación es fruto de un proyecto
de investigación que llevo a cabo en el
Departamento de Idiomas de la Universidad Simón
Bolívar, con el apoyo de la Unión
Latina, organismo al que represento en Venezuela
y que hace posible mi presencia ante ustedes hoy. |
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¿Hacia una neolengua
orwelliana mundial? |
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Quisiera comenzar con una confidencia. A veces,
al pensar en el futuro, imagino, por un lado, a
nuestras lenguas fragmentadas a partir de su contacto
diverso con el inglés, circunscritas a ámbitos
de uso cada vez más reducidos y, por el otro,
a un inglés “internacional”,
“de aeropuerto”, “basic english”,
suficientemente estandarizado, suerte de neolengua
orwelliana mundial, para unos poco sutiles intercambios
planetarios. Los no angloparlantes nos hallaríamos
entonces prisioneros entre dos lenguas insuficientes:
una incapaz de trascender el vecindario, otra inepta
para generar los matices que enriquecen la comunicación
y apalancan la creatividad. Pero, la mayoría
de las veces, pienso que los poseedores de unas
lenguas con tantos hablantes, con tanta literatura,
con tantos medios, harán uso de ello para
equipar a sus comunidades con un instrumento lingüístico
en el que podrán, no sólo jugar, celebrar
fiestas y amar, sino también comerciar, realizar
descubrimientos científicos, enfrentar los
retos de la tecnología. Sobre esta última
posibilidad es que deseo plantear algunas ideas
ante ustedes hoy. |
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Enfoque dominante: si nuestra
lengua es insuficiente, cambiemos de lengua |
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En el mundo actual resulta cada vez más
difícil escapar a la necesidad de conocer
más de un idioma. En efecto, dadas la interdependencia
entre las naciones y la demanda de comunicación
casi instantánea, unidas al subequipamiento
de la mayoría de las lenguas, sólo
el raro aislamiento por razones geográficas,
económicas, políticas o culturales,
o bien la posesión de una lengua muy bien
equipada, pueden permitirnos un plácido
monolingüismo. De allí que las administraciones,
los estudiosos y los particulares comiencen a
dar una respuesta a la imperiosa pregunta de cómo
afrontar los retos lingüísticos de
hoy.
Louis-Jean Calvet, por ejemplo, al pronunciarse
sobre el punto, indica que debemos hallarnos en
posesión, de ser necesario, de tres lenguas:
una grupal, que ha de servirnos para interactuar
con nuestra comunidad inmediata; otra que nos
sirva para interactuar con el Estado y otra, internacional,
que nos sirva como lengua vehicular y administrativa.
Y añade: “Algunas de estas lenguas
pueden expresar una parte de nuestra identidad.
Otras pueden ser tan sólo meros instrumentos.
Pero todas tienen su espacio, su utilidad, su
necesidad. Todas nos sirven para insertarnos en
el mundo, para encontrar nuestro lugar en él,
para expresarnos” (Organisation Internationale
de la Francophonie:136). En este esquema, un hablante
de la comunidad panare, ubicada en Venezuela,
debería hablar tres lenguas: panare en
su comunidad, español para comunicarse
con la nación e inglés para hacerlo
con el mundo; un caraqueño deberá
hablar dos: español con su comunidad y
el Estado venezolano e inglés con el mundo;
un neoyorkino una: inglés con su comunidad,
con su Estado y con el mundo. Este esquema configura
también una jerarquía: pone en la
base de la pirámide las lenguas que menos
ámbitos de uso tienen. En efecto, no es
posible pagar los impuestos en panare, no se negocia
la deuda externa en español.
Por su parte, David Crystal propone un “bilingüismo
saludable”, en el que las lenguas no están
en relación de competencia, sino de complementación
(81). La primera nos conecta con la identidad,
es la lengua de nuestra comunidad, y la segunda
nos comunica más allá de nuestro
vecindario, tiende puentes hacia el mundo. Este
esquema, de hecho, también configura una
jerarquía: por un lado, prácticamente
todas las lenguas del mundo; por el otro, el inglés.
Para verlo más claramente, aquí
el español y el vascuence son lenguas “de
identidad” y el inglés “de
comunicación”. Por lo tanto, de llegar
estas ideas a sus últimas consecuencias,
el habitante de Bilbao se comunicaría con
el de Madrid… en inglés. |
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Consecuencias: lengua que
vale poco, se usa poco; lengua que se usa poco,
vale poco |
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Las opiniones anteriores, en apariencia tan
realistas, tan prácticas y dotadas de sentido
común, recogen también la respuesta
que dan la mayoría de las administraciones
(CIRAL; Huntington:63) y los individuos (Graddol:
11) en el mundo a las carencias de las lenguas:
si la nuestra no cubre nuestras necesidades, enseñamos
/ aprendemos otra: la que tiene más valor,
es decir, la que cubre más necesidades.
Pero el asumir estos esquemas, en mi concepto,
condena nuestros idiomas a un proceso de decadencia.
En efecto, una lengua mientras menos valor tiene
por cubrir menos ámbitos, menos se usa
y mientras menos se usa, menos valor tiene. Pierde
así prestigio ante propios y extraños.
Lo “serio”, lo público, se
expresa cada vez menos en ella… en beneficio
de otra lengua, que se halla en el ciclo opuesto.
El inglés vale cada vez más porque
es usado en la mayor variedad posible de ámbitos
clave de la vida contemporánea por la mayor
cantidad de hablantes: vale más, se usa
más; se usa más, vale más.
En este sentido, vale la pena traer a colación
los trabajos realizados por Dixon, quien, al referirse
al contacto de una lengua “de prestigio”
con una pequeña, constata que cuando la
primera pasa a ser usada más del 50% del
tiempo, en una generación o menos “pasará
al 100%. Es la lengua que puede usarse en todos
los aspectos de la vida” (146), la que vale
más, la que abarca más ámbitos.
La otra, la pequeña, desaparece en “pocas
generaciones”. ¿Qué ocurriría
con nuestras lenguas si sus hablantes usasen el
inglés, además en ámbitos
clave y portadores de prestigio, más del
50% del tiempo? Queda abierta la interrogante,
pero no caben muchísimas dudas. |
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La encrucijada |
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Por todo lo anterior, podríamos decir que
nuestras lenguas, así como todas las lenguas
de gran difusión, se encuentran ante la siguiente
disyuntiva: o bien refuerzan sus posiciones para
competir con el inglés, o bien las siguen
perdiendo en ciencia, tecnología, negocios,
diplomacia, etc., con lo cual, en lo que resta de
siglo, se retraerán. Así, las lenguas,
todas ya incapaces de captar la complejidad del
mundo contemporáneo y de facilitar la comunicación
interlingüística, se volcarán
hacia el inglés como vehículo mundial,
autoconfinándose a lo doméstico, inscribiéndose
en un bilingüismo de inferioridad, dejando
las claves del poder en un solo y ajeno código.
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Estado de la mayoría
de las lenguas |
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Para darnos una idea cabal del privilegio que
implica el hallarnos ante la anterior disyuntiva,
es menester percibir el cuadro lingüístico
mundial y contrastarlo con nuestra posición.
En efecto, hoy existen aproximadamente 6.000 lenguas
y el 96% de ellas es hablado por apenas el 4% de
la humanidad. Más del 50% es hablado por
menos de 10.000 personas y el 25% por menos de 1.000
(Crystal: 14). En otras palabras, la muy exigua
base poblacional de la inmensa mayoría de
las lenguas es su primer problema. Por otra parte,
sólo 12 lenguas generan el 90% de la riqueza
del mundo (CIRAL). Muy pocas, pues, cuentan con
los recursos materiales necesarios para dotarse
de los instrumentos indispensables y trascender
la vida comunal, siendo que el 98% de ellas cubre
sólo ámbitos afectivos y locales (CIRAL).
Además, apenas 133 cuentan con protección
de parte de algún ente público (CIRAL).
Todo lo anterior, unido a la interdependencia entre
las naciones y a la demanda de comunicación
casi instantánea, explica que cada dos semanas
una lengua desaparece. |
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La posición privilegiada
de nuestras lenguas |
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Nada tiene que ver la posición de nuestras
lenguas con el cuadro apocalíptico anterior.
En primer lugar, su núcleo duro, es decir,
aquellos que poseen alguna de ellas como lengua
materna, suma un 9,56% de la humanidad. Vemos así
que el español acumula 5,53%, el francés
1,2% y el portugués 2,83%, llegando el inglés
a 5,36% (SIL International). En segundo lugar, cuando
consideramos la fortaleza económica de las
quince primeras lenguas del mundo, apreciamos que
las nuestras acumulan un 15%. En este caso, el español
suma 7%, el francés 6% y el portugués
2%, llegando el inglés a un sólido
40% (Ammon). En tercer lugar, 27,53% de los países
del mundo ha elevado nuestras lenguas al rango de
oficiales. Suma aquí el español 9,66%,
el francés 14,49%, el portugués 3,38%,
mientras que el inglés llega a un 21,73%
(Calvet:142). En cuarto lugar, nuestras lenguas
se hallan sólidamente implantadas en esos
países, dado el porcentaje de hablantes que
en ellos las poseen como lenguas maternas. Aquí
el español llega a un impresionante 94,6%,
el francés a 34,6% y el portugués
a 77,95%, mientras que en el caso del inglés
este porcentaje llega apenas a 27,6 (Otero). En
quinto lugar, son nuestras lenguas vehículos
de cultura al más ancho y alto nivel. En
efecto, el porcentaje anual de libros publicados
en ellas, alcanza el 18,9 descompuesto así:
español 6,7, francés 7,7, portugués
4,5, llegando el inglés a un 28 (Graddol).
Otros indicios en el mismo sentido son los 24 premios
Nobel de literatura que, de un total de 93, han
obtenido nuestras lenguas. Acumula 10 el español,
13 el francés y 1 el portugués, mientras
que el inglés llega a 26 (The Nobel Foundation).
Por último, en Internet, un terreno clave
en el que ocupaban un terreno prácticamente
insignificante hace unos años, llegan hoy
nuestras lenguas a un 13,13%. En este caso el español
ocupa un 5,68%, el francés un 4,7% y el portugués
un 2,75%, acumulando el inglés un todavía
imponente 49% (FUNREDES). |
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Cambio de enfoque: si nuestra
lengua es insuficiente, equipémosla |
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De lo recién señalado se desprende
de manera meridiana que nuestras lenguas poseen
los recursos humanos y materiales para elegir, sin
que ello implique actitudes heroicas, un camino
de equipamiento que las llevaría a ser vehículos
plenos de comunicación al servicio de sus
comunidades. Mas para ello resulta imperativo erradicar
el enfoque predominante: no se trata de cambiar
casi sistemáticamente de lengua cuando la
oferta de las nuestras sea insuficiente, sino, de
manera creciente, al constatar la insuficiencia
de la oferta, proceder al equipamiento necesario.
De otra manera, estaremos dándole curso a
esquemas, como los ya examinados, en donde la preponderancia
del inglés insertaría a nuestras lenguas
en un proceso de decadencia. Insisto: en vez de
asignar diferentes funciones a lenguas diferentes,
concentrémonos en darnos la mayor cantidad
de medios posible para que cada una de nuestras
lenguas cubra el máximo de funciones posible.
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Tres tipos de lenguas: equipadas,
fácilmente equipables y difícilmente
equipables |
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En armonía con el párrafo anterior
y más allá de los idiomas que nos
ocupan, pensamos que las lenguas del mundo deben
dividirse en tres categorías: equipadas,
fácilmente equipables y difícilmente
equipables. Podemos considerar como equipadas aquellas
que cubren prácticamente todos los ámbitos
importantes para la inmensa mayoría de sus
usuarios. Las fácilmente equipables son aquellas
que, si bien cubren muchos ámbitos perfectamente,
descuidan otros que son de importancia para sus
hablantes. Pero además, su volumen poblacional,
los medios materiales disponibles y muy especialmente
la valoración asignada a la lengua propia,
les permiten fácilmente llenar los vacíos.
Las lenguas difícilmente equipables son aquellas
que no cubren una cantidad apreciable de ámbitos
necesarios para el pleno desenvolvimiento de sus
hablantes. A lo anterior se une, en mayor o menor
medida, la escasa población y / o los escasos
medios y / o la escasa valoración de la propia
lengua. Todo grupo interesado en tomar decisiones
conscientes respecto a la evolución de su
lengua, debe analizar en qué categoría
se encuentra a fin de evaluar qué puede hacer
y qué le conviene más. En algunos
casos, la inmensa mayoría, la opción
será una división funcional: se constatará
la necesidad del ámbito de uso, la extrema
dificultad de proveerlo y se utilizará para
ello otra lengua. En otros, pocos, pero quizás
más de los que pensamos, se optará
por equipar. Es, a todas luces, la opción
que nos corresponde. |
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Conclusiones |
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Hoy estamos reunidos para analizar dónde
estamos, qué nos falta y qué podemos
hacer para alcanzar lo que nos falta, es decir,
para equiparnos, en una serie de ámbitos
clave de la vida contemporánea: diplomacia,
relaciones internacionales, ciencia, técnica,
internet, medios de comunicación especializados.
La intención de mi intervención
no es entrar en los temas específicos,
sobre todo en el cómo, lo cual será
el objeto de las ponencias sucesivas. Sí
deseo, sin embargo, insistir en las siguientes
certezas:
Nuestras lenguas son fácilmente equipables.
En efecto, el amplio espectro de ámbitos
de uso adecuadamente cubiertos, el volumen de
hablantes, los medios disponibles y la vitalidad
de sus culturas, así lo indica.
No equiparlas precipitará un proceso
de merma. Nuestras lenguas no cubren adecuadamente
algunos ámbitos clave de la vida contemporánea,
lo cual es uno de los factores que lleva a nuestros
hablantes a un uso creciente del inglés
en áreas como ciencia, tecnología
y comercio, por sólo señalar algunas.
Lo anterior acarrea una disminución del
valor de nuestras lenguas, debilita su uso en
áreas portadoras de prestigio. Ello las
inserta en una espiral de retracción: a
menor valor, menor uso; a menor uso, menor valor.
Esta espiral, de mantenerse en el tiempo, minará
sus capacidades actuales y las relegará
a esferas cada vez más comunales, antes
de precipitarlas a una posible extinción.
Equiparlas nos deparará beneficios
incalculables. Del enfocarnos en mejorar la
oferta de nuestras lenguas, en vez de empeñarnos
en usar el inglés en nuestros ámbitos
deficitarios, devengaremos beneficios inmensos.
Sólo me permitiré señalar
dos: una deseable estabilidad cultural y una óptima
inserción en los procesos mundiales. En
efecto, la preservación de las lenguas
contribuye a la estabilidad de las culturas, por
ser aquellas un aspecto central de éstas.
Lo anterior tiene un altísimo valor, dado
que, en un mundo globalizado y vertiginosamente
cambiante, la pérdida masiva de referencias
culturales suele conllevar inestabilidad política
y zozobra. Ahora bien, esta preservación
ha de ser dinamizada por el equipamiento y la
adecuación de las lenguas a los tiempos
actuales. Así podremos participar en los
procesos mundiales en plenitud de facultades por
hallarnos dentro de nuestros marcos de referencia,
amos de nuestras definiciones y herramientas de
representación. Así estaremos contribuyendo
a una globalización polifónica y
enriquecedora. |
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BIBLIOGRAFÍA |
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