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Congreso internacional sobre
lenguas neolatinas
en la comunicación especializada |
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El Colegio de México,
México
28 - 29 de noviembre de 2002 |
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El español
como lengua de las ciencas
frente a la globalización del inglés.
Diagnóstico y propuestas de acción
para una política iberoamericana
del lenguaje en las ciencias
Rainer Enrique Hamel
Universidad Autónoma Metropolitana
Departamento de Antropología
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Versión ampliada de la conferencia
presentada en el
Congreso internacional sobre las lenguas
neolatinas en la comunicación especializada
Unión Latina y El Colegio de México
México, D. F., 28-29 de noviembre
de 2002 |
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3. La diversidad de lenguas
y pensamiento como motor de las ciencias
3.1 Monolingïsmo y plurilingüismo en
el campo de las ciencias: ¿Antes o después
de Babel? |
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Tenemos buenas razones epistemológicas
para pensar que la reducción de la actividad
científica de un conjunto diferenciado
de lenguas a una sola afecta el desarrollo mismo
de la ciencia y lo afectará aún
más en el futuro. Resulta probable que
se restrinjan los modelos, las propuestas y soluciones
para ciertos problemas. Si partimos del principio
ecológico que la diversidad de enfoques
constituye uno de los motores de la producción
y del avance de las ciencias, cabe pensar que
la reducción de la producción científica
a una sola lengua, especialmente en las ciencias
sociales y humanas, podría tener consecuencias
muy negativas, aún no previsibles en su
totalidad, en cuanto a la riqueza, originalidad
y el avance de la ciencia.
Esta tesis es sin duda controvertida, ya que
se basa en el supuesto de que la selección
de la lengua para el trabajo científico
influye en la orientación que toma la investigación
misma, lo que nos remite al viejo debate sobre
universalidad y particularidad del conocimiento,
del pensamiento y de las lenguas. El campo científico
se ha postulado desde su inicio como universal,
independiente de circunstancias culturales y lingüísticas
particulares. Supone que los “descubrimientos”,
es decir, las construcciones científicas
del conocimiento, tienen validez universal y se
pueden expresar en cualquier lengua sin afectar
el contenido.
Las creencias sobre la relación entre
universalidad y particularidad en las ciencias
y su relación con lenguas y culturas particulares
puede expresarse en varias modalidades. Veamos
algunos ejemplos.
Alrededor de 1900, como habíamos visto,
los físicos y químicos, filósofos
y literatos europeos y estadounidenses sostenían
un intenso intercambio con sus colegas en otros
países y viajaban a congresos y conferencias;
normalmente cada quien hablaba y escribía
en su propia lengua y entendía las demás
– siempre y cuando se trataba del alemán,
francés o inglés.
Setenta años después este principio
se conservaba por lo menos en ciertas ciencias
sociales y humanas. Cuando alrededor de 1970 tuve
la oportunidad de estudiar lingüística
y literatura en diversas universidades alemanas,
se consideraba absolutamente inadmisible leer
cualquier obra literaria o científica en
una versión traducida. No sólo estudiábamos
a Dante y Calvino en italiano, Cervantes y Borges
en español, Camões y Amado en portugués,
Corneille y Camus en francés, Goethe y
Grass en alemán, el Beowulf en Old English
y Shakespeare en inglés medieval-moderno
– también los libros y artículos
científicos, viejos o de última
aparición, los leíamos en su versión
original y los citábamos sin traducción
en nuestros trabajos.
Estas prácticas plurilingües se sustentaban,
creo, en un supuesto fundamental que combinaba
de manera exitosa la perspectiva universal con
la particular: todas las lenguas [11]
son iguales pero diferentes. Son iguales, por
lo tanto, la ciencia, que es una sola, puede expresarse
en cualquiera de ellas. Todas las exposiciones
y publicaciones científicas tenían
validez equivalente en cualquier lengua, y se
le castigaba con el desprestigio de ser ignorante
o, peor, plagiador, al científico que hubiera
desconocido alguna aportación importante
en cualquier otra lengua. Pero al mismo tiempo
las lenguas eran diferentes y la obra –
literaria o científica – transmitía
en su versión original algo de su cultura,
denotaciones y connotaciones irreductibles, en
última instancia, a una traducción.
Se reconocía, implícitamente, la
imposibilidad última de separar forma y
contenido.
En los tiempos de la globalización pareciera
que estos principios se han roto [12].
Con una inversión un tanto perversa de
una parte del supuesto original y una negación
de otra, se justifica la exclusividad del monolingüismo
científico en inglés: Como todas
las lenguas son iguales y el principio de universalidad
permite separar la forma del contenido, se puede
expresar todo lo científico de una vez
en la lengua universal de las ciencias, el inglés.
Pero el proceso no para ahí. La creciente
hegemonía de una sola lengua debilita el
principio formal de igualdad entre las lenguas,
atribuyéndole cualidades intrínsecas
de superioridad estructural al inglés (gramática
fácil [13], mayor flexibilidad
para neologismos) a través de un proceso
ideológico harto conocido en la sociolingüística
(cf. Phillipson 2001a). Incluso en la francofonía,
el inglés ha transitado de un reconocimiento
utilitario y práctico a un verdadero mito
acerca de sus bondades en múltiples campos.
Durand (2001:14-15), ingeniero francés
de informática quien trabajó durante
23 años en los EE.UU., Japón y Canadá,
relaciona varios casos que ilustran ese procedimiento
de inferencia ideológica, dentro y fuera
de las ciencias. En un primer ejemplo relata como
un grupo de alumnos nativos en un departamento
francés de ultramar en el Caribe se coloca
armazones de lentes vacíos en sus narices
cuando entran a clase para aparecer más
intelectuales. En un segundo caso, un hombre de
negocios francés conversa con sus contrapartes
en Costa de Marfil en francés. Pero cuando
llegan al momento del “serious business”,
pasa súbitamente al inglés, ya que
considera que es la lengua de los negocios. En
Francia, en un tercer caso, el presidente francés
de un congreso de microscopía electrónica
franco-ibérico, donde todos los participantes
hablan por lo menos dos de las tres lenguas nativas
presentes, el español, francés y
portugués, “prohíbe”
el uso de cualquier lengua que no sea el inglés,
puesto que en un congreso verdaderamente científico
tiene que usarse la lengua científica internacional
[14]. Como en el caso de los
alumnos con sus lentes vacíos, en el congreso
vale más la apariencia, el prestigio de
la lengua legitimada, que la eficiencia de la
comunicación entre los investigadores que
se desarrollaría mucho mejor a través
del principio de la intercomprensión entre
tres lenguas neolatinas bastante transparentes.
Durand nos demuestra con ejemplos convincentes
que la supuesta superioridad intrínseca
del inglés carece de fundamento. En esta
conclusión coinciden muchos analistas (cf.
Phillipson 2001a). Los acrónimos creados
en la informática en inglés y ciertos
términos como “middleware”
o “data mining” permanecen incomprensibles
y bastante difíciles de memorizar, incluso
para los mismos ingenieros anglófonos.
Las lenguas neolatinas, en cambio, que conservan
el potencial de una mayor continuidad, transparencia
y naturalidad en la creación de terminología
con base latina, ofrecen condiciones mucho mejores
para la creación terminológica.
La supuesta supremacía del inglés
carece entonces de toda base objetiva, pero opera
como un constructo ideológico muy poderoso
en nuestros países. Más allá
de una serie de casos específicos que,
sin embargo, reflejan quizás mejor que
las estadísticas los dilemas actuales en
el uso de las lenguas, debemos plantearnos la
pregunta hasta qué punto el paso definitivo
de una comunicación multilingüe, aunque
con hegemonía del inglés, a un monolingüismo
total afecta el desarrollo mismo de las ciencias.
Todos conocemos, particularmente en las ciencias
sociales y humanas, los fenómenos de estructuración
culturalmente diferenciada de los textos que a
veces nos fascinan, otras veces nos perturban
por su diversidad conceptual y discursiva. Las
distintas culturas, sistemas discursivos y lenguas
ofrecen caminos diferenciados, soluciones diversas
para construir lo particular y (re)elaborar lo
universal. Es aquí donde el postulado de
la diversidad adquiere relevancia. Hay quienes
afirman que sin diversidad no hay desarrollo ni
futuro, que es necesario conservarla y al mismo
tiempo impulsar la evolución de las lenguas
como fuente permanente del desarrollo de la riqueza
humana.
Es conocida la hipótesis del relativismo
cultural de Sapir y Whorf, de la primera mitad
del siglo XX, que postula la determinación
de nuestra visión del mundo por la gramática
de la lengua que hablamos. En su versión
radical sostiene que no es posible traducir de
una lengua a otra. Si bien esta hipótesis
fue criticada y refutada desde distintas posiciones
en su versión fuerte, no cabe duda que
existe una relación entre determinadas
estructuraciones del lenguaje, en su sentido más
amplio, y los procesos de adquisición y
desarrollo cognitivo.
En años recientes algunas investigaciones
sobre lenguas y sociedades no occidentales retomaron
ciertos postulados del relativismo cultural en
un nuevo marco conceptual que incluye las categorías
de discurso y de gramaticalización (e.
g. los trabajos en Gumperz y Levinson 1996). Los
estudios muestran de un modo muy convincente de
qué manera distintos pueblos desarrollan
y sistematizan sus conocimientos deícticos
[15], pero también científicos
y técnicos, de una manera radicalmente
diferente a la occidental [16],
estrechamente ligados a la estructura gramatical
y discursiva de sus lenguas, como expresión
de su mundo socio-cultural.
Estos ejemplos nos enseñan que no podemos
postular una total independencia entre las ciencias
y las lenguas empleadas en su desarrollo. La metáfora
de la lengua como instrumento neutro nos engaña,
por lo menos parcialmente. Dominamos una o a veces
varias lenguas, pero las lenguas también
nos dominan a nosotros, como lo ha demostrado
tan magistralmente – y de un modo inimitable
en inglés - la tradición francesa
del análisis del discurso aislado (Pêcheux,
Foucault, Robin, Achard, Gilhaumou, Maingeneau
y otros) que ilumina el carácter ideológico
de las construcciones, incluso gramaticales, en
los discursos que se escapa al individuo.
El principio de universalidad tiene sin duda
su validez, pero en su concreción en la
actividad científica no puede despojarse
totalmente de los componentes particulares de
cada lengua; encuentra sus límites en lo
que llamaría una posición relativista
media. Si bien para todas las ciencias se puede
postular una relación entre la lengua empleada,
sus estructuras discursivas y los modelos de hacer
ciencia, existe la posibilidad de trascender la
particularidad; además, esta conexión
varía considerablemente entre las ciencias
naturales, por un lado, y las sociales y humanas,
por el otro, como veremos más adelante.
Durand (2001) nos advierte que la especiación
[17] del pensamiento científico
como base para el surgimiento de ideas originales
se ve hoy en día seriamente amenazada por
la expansión del inglés hacia cada
vez más ámbitos del quehacer científico.
¿Hasta qué punto los científicos,
que dominan muchas veces un inglés rudimentario,
se ven afectados en la creación de sistemas
complejos de pensamiento si no tienen los “espacios
mentales”, la terminología, los interlocutores,
la libertad y el ocio para pensar, discutir y
redactar en sus propias lenguas? ¿Cuál
hubiera sido el destino de la elaboración
teórica de un Foucault, Bourdieu o Habermas,
tres autores tan eminentemente universales justamente
porque son tan específicamente nacionales
debido al arraigo en sus tradiciones, si se les
hubiese obligado a redactar, por ende pensar,
y publicar desde un inicio en inglés? [18]
Estas reflexiones no pretenden negar, por supuesto,
la posibilidad y la utilidad de existir como científico
y como comunidad académica en espacios
bi- y plurilingües. Hay que preguntarse,
sin embargo, ¿cuáles son los espacios
y procesos de y en cada lengua, dónde se
construyen puentes, en qué esferas se producen
conflictos e incompatibilidades? ¿Por dónde
pasan las líneas del conflicto, se producen
los desplazamientos, las imposiciones y el achicamiento
de las lenguas subalternas?
La relación entre el inglés y las
demás lenguas presentes en el campo científico
constituye un ejemplo específico, pero
no atípico, de un conflicto lingüístico,
visto desde una perspectiva sociolingüística.
De un modo similar al de las lenguas nacionales
que van desplazando a las lenguas minoritarias
(indígenas, inmigrantes), el inglés
penetra a nivel internacional un número
cada vez mayor de espacios, entre ellos el académico-científico,
del cual las ponencias en los congresos y las
publicaciones en revistas especializadas constituyen
un sub-campo. Al igual que en todo conflicto lingüístico,
la relación asimétrica entre lenguas,
que se relaciona estrechamente con la base económico-política
y el prestigio de cada una de ellas, puede desencadenar
procesos de minorización [19]
y desplazamiento, sobre todo si una determinada
comunidad de lengua subordinada desarrolla una
reorientación colectiva hacia los valores,
las prácticas y las connotaciones de prestigio
de la lengua hegemónica.
Exactamente éste es el proceso que observamos
en el campo de las ciencias. Aquellos investigadores
y políticos que ya abandonaron el español
como lengua científica o impulsan su abandono
a través de múltiples mecanismos
(la mayor premiación de publicaciones en
inglés que en la lengua propia, el cambio
de políticas de publicación en órganos
y revistas, etc.), cavan su propia tumba porque
destruyen las bases mismas de su producción
científica y cultural.
En la discusión anterior sobre el uso
de las lenguas, la creatividad y la producción
científica, nos hemos percatado que no
podemos limitar nuestro análisis a las
lenguas a su materialidad gramatical y léxica
en tanto sistemas lingüísticos. Distintos
pueblos, estados nacionales y corrientes de pensamiento
han desarrollado sus propias tradiciones científicas
con sus sistemas discursivos específicos
y modelos culturales de hacer investigación.
Para analizar con mayor precisión la interacción
y los desplazamientos entre lenguas en el campo
científico, nos puede servir un marco conceptual
de diferenciación analítica entre
componentes que ha demostrado su utilidad en otros
campos de relación asimétrica entre
lenguas (cuadro 10).
El nivel de las estructuras lingüísticas
[20] abarca sobre todo los diferentes
registros (lengua especializada o común)
y su base material (léxico, sintaxis, morfología,
escritura). Las estructuras discursivas nos remiten
a las formas de estructurar un libro o un artículo
que difieren significativamente entre distintas
tradiciones académicas y lenguas nacionales
[21]. Los modelos culturales
finalmente se refieren a entidades más
globales que estructuran el conjunto de los procesos
de investigación y su organización
institucional al interior de las culturas académicas
específicas y sus tradiciones. Como sabemos,
nuestras instituciones académicas no son
de ninguna manera tan universales, en el sentido
de iguales u homogéneas, como podría
deducirse de su nombre universidad.
Cuadro
10
ESTRUCTURAS LINGÜÍSTICAS
terminología, gramática,
vocabulario general, escritura base
material de los lenguajes especializados
o tecnolectos
ESTRUCTURAS DISCURSIVAS
organización de textos científicos
(macro-estructura) tipos lícitos
y apropiados de descripción,
argumentación, narrativa, linearidad,
digresión, contextualización
(“hedging”)
MODELOS CULTURALES
procedimientos específicos
de definición de temas elaboración
de proyectos y procedimientos de investigación,
de teorías, desarrollo de escuelas
y corrientes, procedimientos institucionales
de debate, comunicación |
|
Cuando existen intensos contactos entre sistemas
desiguales en tamaño, calidad y fuerza,
pueden ocurrir conflictos y, eventualmente, desplazamientos
de diversa índole. Entre los niveles de
estructuración se producen típicamente
diversas rupturas. A veces, como sucedió
cuando la lingüística moderna fue
desplazando a la filología en los países
iberoamericanos, se introducen primero estructuras
discursivas nuevas, que luego van acompañadas
por nuevas terminologías y, finalmente,
un conjunto de cambios que afectan los modos mismos
de planear y desarrollar la investigación.
Sin embargo, la introducción de teorías
francesas y luego estadounidenses, es decir, el
paso de una filología hispánica
a una lingüística hispánica,
no ha conducido, obviamente, al desplazamiento
del español como lengua científica,
salvo quizás en los últimos lustros
en el caso de los seguidores de escuelas norteamericanas
muy cerradas que prefieren publicar cada vez más
en inglés.
En otros países y ciencias los cambios
pueden ser mucho más radicales. Hace algún
tiempo un lingüista, analista del discurso
holandés muy célebre, me comentaba
que desde hace muchos años ya no enseñaba
en holandés, ya que sus cursos en Holanda
los dictaba íntegramente en inglés,
y los otros según el país en español,
alemán, francés, portugués.
Yo mismo tuve la experiencia, durante mi estancia
de profesor visitante en un departamento de romanística
(lenguas neolatinas) en Alemania mencionada en
una nota anterior, que la rectoría de la
universidad estableció como condición
para mi contratación que dictara por lo
menos una cátedra por semestre –
¡en inglés!, - para encono muy comprensible
de mis colegas romanistas. No bastaba que ofreciera
mis cursos en español, francés y
alemán – la “internacionalización
de la docencia”, como programa y eslogan
para un público cada vez más internacional,
exigía la docencia en la lengua del Tío
Sam (perdón, de Shakespeare). Y acabé
dictando una cátedra sobre “Language
Globalization and Linguistic Diversity”,
explicando en inglés por qué no
me parecía apropiado dar esa “Vorlesung”
en la lengua imperial. |
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3. 2 Relaciones científicas
entre los EE.UU. y América Latina |
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El contacto académico entre contrapartes
desiguales, cuando no existen esfuerzos particulares
para contrarrestar las asimetrías existentes,
conduce no sólo a que se impongan los modelos,
propuestas, soluciones y a veces la lengua de la
potencia mayor; muy probablemente se empobrecerán
los modelos mismos a lo largo del tiempo, cuando
sus autores no están dispuestos a confrontar
en serio y a enriquecer sus propuestas a través
del contacto con modelos exigentes y diferenciados
provenientes de los demás países.
Esta tendencia se revela, por ejemplo, en los
estudios que se realizan sobre América
Latina desde los Estados Unidos de América.
Observamos un nuevo boom en los estudios latinoamericanos
desde comienzo de los años 1990. Hoy en
día hay más investigadores universitarios
latinoamericanistas en los estados de California
y Nueva York que en toda América Latina
en su conjunto (García Canclini 1999),
y las diferencias en las condiciones de trabajo
académico son conocidas. A partir de modelos
específicos desarrollados en EE.UU. se
investigan temas latinoamericanos estrechamente
delimitados, sin conocer muchas veces el contexto
socio-histórico más relevante que
condiciona los datos. Se imponen definiciones
y delimitaciones de campos completos a partir
de debates internos de los EE.UU. [22].
La asimetría entre los diferentes actores
le asigna el papel de proveedores de materia prima
a los productores latinoamericanos, pero rara
vez los autores del Primer Mundo aceptan, reconocen
e incorporan creativamente una posición
teórica diferente a la propia que provenga
de sus contrapartes latinoamericanas [23].
Como ya lo he dicho, esta tendencia es preocupante
para el desarrollo de la ciencia misma.
Veamos algunos ejemplos. En un caso, una estudiante
norteamericana de una universidad de prestigio
escoge, junto con su asesora, un modelo sobre
género y literatura para aplicarlo en una
investigación empírica a una autora
chilena. Realiza su trabajo de campo en Chile,
sin conocer ni preocuparse mayormente por el resto
de la literatura chilena, ni por las condiciones
socio-históricas de producción de
su autora, más allá de lo que exige
su modelo. No sorprende que, como conclusión
de su investigación, se compruebe la validez
del modelo. Este trabajo, una vez aprobado como
tesis de doctorado y posteriormente publicado
como libro en una editorial estadounidense de
prestigio, regresa a Chile y causa un impacto,
debido a que viene de un lugar de renombre internacional
y está escrito en un discurso científico
del „mainstream“, altamente legitimado
en el campo científico. Posiblemente se
publica una traducción en español,
lo que incrementa la influencia de esta obra,
basada en un modelo científico cultural
ajeno a la realidad chilena.
En un segundo caso una brillante alumna de doctorado
en ciencias políticas escoge hacia 1990
el nuevo partido mexicano PRD (Partido de la Revolución
Democrática) como tema de estudio. Debido
al considerable prestigio de su universidad californiana
y los buenos contactos de su director, consigue
entrevistarse con los más altos políticos
en México y tiene acceso a información
privilegiada. Luego escribe su tesis en el marco
teórico sobre la transición a la
democracia que su director de tesis había
desarrollado con base en una docena de ejemplos
alrededor del mundo y que quería someter
a prueba en el caso mexicano. No hay sorpresa,
el marco teórico funciona. En conversaciones
personales pude constatar que la joven investigadora
ya tenía respuestas “perfectas”
para casi todos los asuntos que todavía
les causaban dolor de cabeza a los mejores expertos
en México. Otra vez, la tesis se publica,
la autora consigue una plaza universitaria en
California y consolida su posición como
especialista sobre México. El libro llega
a México...
Sin duda se preguntarán algunos lectores
por qué cito estos casos a modo de ejemplos
de la difusión o imposición del
inglés como lengua científica. Vemos
aquí que una hegemonización del
inglés no procede necesariamente de manera
directa o inmediata, ya que las políticas
lingüísticas más eficaces suelen
producirse a espaldas de los afectados. En nuestros
ejemplos se imponen primero los modelos como marcos
teóricos, temas, modas académicas,
lo que se ha llamado “recorte teórico”
o en inglés “framing, shaping, modelling”.
Junto con las estructuras discursivas correspondientes
van preparando el terreno para que efectivamente
suceda lo que mencionan muchos investigadores:
una vez que la sociedad académica subalterna
haya adoptado e internalizado los modelos y sus
técnicas, la “superioridad”
del inglés como lengua científica
aparece como un hecho natural, no como un desplazamiento
construido ideológicamente a través
de un proceso de hegemonización [24].
En otros casos se impone primero el inglés
como lengua, particularmente cuando los investigadores
latinoamericanos traducen o mandan traducir sus
trabajos al inglés de un modo literal,
conservando el estilo, las estructuras discursivas
y los modelos culturales de origen de una investigación
hecha en su contexto histórico-social propio.
Estos escritos constituyen híbridos que
suelen enfrentarse a muchas dificultades para
publicarse en revistas anglosajonas de prestigio,
aunque su contenido sea de buena calidad. Normalmente
los árbitros están tan condicionados
a una estructuración discursiva anglosajona
que califican negativamente todo “desviación”
del estándar esperado (cf. Clyne 1984,
1987, Ammon 2003). En un segundo paso, la presión
hacia la asimilación que crean los procesos
de selección llevan a los autores a adoptar
cada vez más los estilos discursivos y,
en última instancia, los modelos culturales
de investigación, acompañados por
la bibliografía legítima de origen
anglosajón, que resulta imprescindible
citar para conseguir la publicación.
Y las “soluciones” son cada vez más
similares para distintos países y problemáticas,
lo que resulta preocupante. El día en que
las ciencias sociales se desarrollen en una sola
lengua, se habrán reducido significativamente
las condiciones mismas de hacer ciencia, que implican
la diversidad, la contradicción y el pluralismo
de enfoques. |
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3.3 El creciente monolingüismo
de la academia anglo-sajona |
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Uno de los fenómenos que influye en la
creciente difusión del inglés en las
ciencias consiste en el hecho que el mundo académico
anglosajón está abandonando cada vez
más el modelo plurilingüe tradicional
a favor de un monolingüismo agresivo, total
y explícito, es decir, del monopolio del
inglés en las ciencias, desde una posición
de poder absoluto. Esta tendencia la respaldan tres
hechos contundentes:
más del 50% de la producción científica
proviene del primer círculo de los países
anglófonos, especialmente de los EE.UU.
[25];
el peso económico, político y
militar que respalda esta producción
es incomparablemente superior al que apoya cualquier
otra lengua;
aumentó de manera espectacular la producción
científica en inglés procedente
del tercer círculo (es decir, de los
países no anglófonos) que acepta
y fomenta la hegemonía del inglés.
El proceso mencionado no constituye un fenómeno
aislado; forma parte de un desplazamiento más
general hacia el monolingüismo social en
los países anglófonos del primer
círculo. Me concentraré en el caso
de los EE.UU., donde observamos una polarización
etnolingüística creciente [26].
Como el número y el peso de la inmigración
alóglota, en primer lugar hispana, ha aumentado
en una magnitud sin precedentes durante los últimos
veinte años, la mayoría blanca anglófona
se siente amenazada en su hegemonía y reacciona
drásticamente. Frente a una época
de apertura plural entre los años 60 y
80 del siglo XX, los últimos dos decenios
se caracterizan por un combate frontal contra
el multilingüismo y la educación bilingüe
en los EE.UU. (Crawford 2000, Hamel 1999, del
Valle 2003). A todas luces la clase política
quiere evitar que el español, con más
de 30 millones de hablantes según el censo
de 2000, se estabilice como lengua permanente
y definitiva en la Unión Americana. La
clase política no quiere una situación
canadiense, no quiere permitir que California
se transforme en un Quebec. Su estrategia se centra
por razones estratégicas bien definidas
en el combate del español en los ámbitos
de prestigio, sobre todo en la educación,
la academia y en otras instituciones públicas,
reforzando una política monolingüe
de Estado [27].
El combate al multilingüismo y la reducción
del interés por aprender lenguas extranjeras,
que en los EE.UU. de por si nunca fue muy elevado,
se han acentuado en los últimos años.
El 65 % de los conocimientos de lenguas extranjeras
proviene de las llamadas “lenguas de herencia”,
es decir, del conocimiento que tienen los inmigrantes
y sus descendientes de sus lenguas ancestrales;
sólo un tercio se debe a un aprendizaje
nuevo. Todos los analistas coinciden que las lenguas
extranjeras se estudian como un requisito formal,
y la gran mayoría de los estudiantes abandona
los estudios durante los cursos básicos.
Los EE.UU. son el único país de
la OCDE sin enseñanza obligatoria de por
lo menos una lengua extranjera en toda la educación
pública, aunque varios 30 estados adoptaron
algún requisito y la mayoría de
las escuelas ofrece cursos optativos en lenguas
extranjeras. Es decir, el estado se desentiende
de cualquier compromiso obligatorio en la enseñanza
de otras lenguas. La inscripción en cursos
de lengua extranjera en el nivel universitario
se redujo del 16.1 % en 1960 a 7.6 % en 1995.
La única lengua que ganó espacios
en términos relativos fue el español
que subió del 32.4 % en 1968 a 53.2 % en
1995 del total de inscripciones - que a su vez
cayó a menos de la mitad [28].
La disminución en el aprendizaje de las
principales lenguas de la ciencia se inicia paulatinamente
en los EE.UU.. Durante el siglo XIX y hasta aproximadamente
1920, existía un gran entusiasmo por las
lenguas y culturas europeas entre las élites
universitarias; los elogios del alemán
y del francés en la academia estadounidense
eran unánimes y, según Ammon (1991,
1998), a veces exagerados. Pero el declive de
estas lenguas en el campo científico llevó
a que las universidades norteamericanas replantearan
sus políticas. Durante la primera mitad
del siglo XX el aprendizaje del alemán
era obligatorio o por lo menos altamente recomendado
en la mayoría de las universidades para
el estudio de las ciencias naturales a nivel de
posgrado. Un análisis riguroso del uso
de las bibliografías en otras lenguas,
sin embargo, llevó a que se abandonara
este requisito poco a poco [29].
Como consecuencia, las universidades cancelaron
sus suscripciones de revistas científicas
en lenguas extranjeras, lo que llevó a
varias revistas europeas a la ruina, o a una rápida
transición al inglés como lengua
de publicación. En 1989 las tres publicaciones
(Annales de l’Institut) del famoso Instituto
Pasteur en París pasan al inglés,
el renombrado Archiv für Kreislaufforschung
alemán se transforma en Basic Research
in Cardiology, la Monatszeitschrift für
Psychiatrie und Neurologie transita por el
latín (Psychiatria et Neurologia)
hacia el inglés (European Neurology)
y las más tradicionales y renombradas obras
de referencia alemanas Chemisches Zentralblatt
(desde 1833) y Physikalische Berichte (desde
1845) fueron absorbidas por publicaciones US-americanas
en la misma época (Ammon 1998, 2002).
Dadas las cifras ínfimas de publicaciones
en español, no sorprende que el gran interés
por el castellano en los EE.UU. se deba a múltiples
razones incluyendo viajes de académicos
a países de habla hispana, pero rara vez
a la voluntad o necesidad de lecturas científicas
en esa lengua. El imaginario generalizado le asigna
varias y vigorosas propiedades y funciones al
español, pero éstas no contemplan
el campo científico. Podemos encontrar
un gran número de libros y artículos
escritos en inglés sobre el bilingüismo
y la diversidad cultural - mayoritariamente anglo-hispana
- que no citan ni un solo texto en otra lengua
que no sea el inglés. Con honrosas excepciones,
la mayoría de los académicos chicanos
que hace del bilingüismo su business,
prácticamente no lee ni cita publicaciones
científicas en español. La presión
de un sistema académico en el cual han
conquistado su espacio individual con muchas dificultades,
los induce a adoptar el modelo dominante, aunque
en su acción política aboguen por
el bilingüismo, la diversidad y los derechos
de la población hispana que representan.
Reproducen así la diglosia imperante entre
el inglés y el español en los EE.UU.
que le asigna al castellano el lugar de la casa
y del barrio y le reserva al inglés la
función de la lengua científica
[30].
En síntesis, la academia estadounidense
se ha instalado en el monolingüismo científico,
a veces militante, como forma normal de existencia.
Existe, obviamente, una elite pequeña pero
significativa de expertos en varios campos y para
todas las áreas del mundo que exhibe una
competencia muy elevada en las lenguas respectivas.
Y hay unos pocos científicos no ligados
a una región específica del mundo
que sostienen la necesidad de un mutlilingüismo
científico por razones de principio como
el célebre Immanuel Wallerstein [31].
Pero en términos generales, la academia
considera que todo lo que es relevante científicamente
se tendrá que publicar en inglés,
de otro modo no cuenta. A diferencia de tiempos
anteriores, ya no se expone a la sospecha de plagio
el autor anglosajón, que puede “comprobar”
su monolingüismo, cuando reinventa la rueda
que ya la habían descubierto otros pueblos.
Y vaya que se reinventa la rueda en el mundo del
monolingüismo anglosajón...
Como toda polarización crea sus propias
contradicciones, percibimos también el
surgimiento de una tendencia inversa en los últimos
años [32]. El boom de
estudios latinoamericanos, junto con la fuerte
presencia del mundo latinoamericano en prácticamente
todos los estados de la Unión americana,
no sólo ha creado un gigantesco mercado
para todo tipo de bienes latinos, desde el taco
hasta la música salsa (cf. García
Canclini 1999, 2002 y 2002 ed.); abrió
también mayores espacios de intercambio
académico con América Latina en
diversas ciencias, en una perspectiva cada vez
más crítica de las relaciones asimétricas
existentes. La nueva relación incluye una
revaloración del trabajo científico
latinoamericano y con él del español
y portugués como lenguas de las ciencias.
Esta nueva práctica intercultural comienza
a extenderse y podría expandir el enorme
potencial del mercado lingüístico
en español en los EE.UU. a los espacios
universitarios y académicos, revirtiendo
así, de una manera simbólica importante,
las tendencias hacia el monolingüismo y monoculturalismo,
particularmente en la ciencia. Apoyaría
además la vigorización del español
en un campo de prestigio y de relevancia estratégica
para su desarrollo en los EE.UU..
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Notas |
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[11]
Otra vez, esta lógica valía para
el pequeño puñado de lenguas europeas
establecidas en las ciencias, el plurilingüimo
restringido por el cual abogan muchos diplomáticos
y políticos europeos.
[12]
Afortunadamente no en todas partes. Durante el
año lectivo 2001-2002 pude constatar, como
profesor visitante en el departamento de romanística
de Mannheim (Alemania), que las prácticas
plurilingües no se han perdido, a pesar de
la globalización. Muchos estudiantes exhibían
un alto nivel de dominio en tres, cuatro o cinco
idiomas y participaban junto con los docentes
en una magnífica, jocosa y bien aliñada
ensalada plurilingüe en la comunicación
cotidiana.
[13]
Las comparaciones generales entre lenguas son
siempre riesgosas, aunque una buena parte de la
filología se ha dedicado justamente a ese
oficio (le français, langue abstraite,
l’allemand, langue profonde). Podríamos
admitir que la gramática del inglés
es más simple que la de otras lenguas indo-europeas.
La idiomática y también la ortografía,
sin embargo, son bastante más difíciles.
[14]
Que esta decisión viole leyes vigentes
en Francia (Loi sur l’emploi de la langue
française de 1992) subraya la ironía
del caso.
[15]
Se trata de relaciones lingüísticas
de persona, tiempo y espacio como “yo-tú”,
aquí –allá”, “antes-después”
que existen en todas las lenguas pero con gramaticalizaciones
muy diferentes.
[16]
Consúltese como ejemplo la sistematización
de los conocimientos técnico-físico
del pueblo amazónico bora relatados por
Gasché (ETSA 1996).
[17]
La especiación como término biológico
remite a la formación evolutiva de las
especies que ocurre por la producción de
barreras que impiden el intercambio genérico
(aislamiento reproductivo) entre poblaciones genéticamente
divergentes. También en la creación
científica, un exceso de “comunicación”
y una falta de espacios propios, necesariamente
aislados por ciertas fases, puede reducir la riqueza
y diversidad del desarrollo científico.
[18]
El gran político europeo Charles de Gaulle
expresó esta relación de la siguiente
manera: “Dante, Goethe, Chateaubriand appartiennent
à toute l’Europe dans la mésure
où ils étaient éminemment
italien, allemand, français. Ils n’auraient
pas beaucoup servi l’Europe s’ils
avaient été des apatrides et s’ils
avaient pensé, écrit en quelque
espéranto ou volapuk” (citado en
Durand 2001: 113).
[19]
El concepto de “minorización”,
que tiene una vieja tradición en la sociolingüística
europea (Lafont 1979, Lüdi & Py 1984,
Hamel 1988), remite al proceso a través
del cual una lengua – que bien puede pertenecer
a una mayoría – es forzada poco a
poco por los hablantes de una lengua dominante
a adoptar el papel de lengua subalterna, al reducirse
en su status y sus campos de uso (de escritura,
ciencia, etc.) y finalmente su estructura misma
(simplificación morfo-sintáctica,
pérdida de vocabulario).
[20]
Éstas constituyen el único nivel
y objeto de análisis tanto de la lingüística
como de la sociolingüística tradicionales.
[21]
Clyne (1984; 1987) nos muestra que los textos
científicos en inglés y alemán
conocen una estructuración diferente que
comprende varios aspectos: la linearidad, la digresión
(“Exkurs”), la simetría, la
organización global.
[22]
Véanse las discusiones sobre Cultual Studies,
Latin American Studies y su combinación,
Cultural Latin American Studies, o sobre Latino
y Latin America Studies, en el LASA-Forum de la
“Latin American Studies Association (LASA)”,
organismo que intenta moldear una visión
hegemónica de América Latina desde
los EE.UU. con la participación - a veces
contestataria pero subalterna - de intelectuales
latinoamericanos (ver la crítica en Mato
2000, en prensa). Al mismo tiempo, LASA constituye
uno de los pocos foros estadounidenses donde el
español circula como lengua legítima,
prácticamente al mismo nivel que el inglés.
[23]
He podido confirmar esta práctica con latinoamericanistas
alemanes, franceses, británicos y estadounidenses.
En sus lecturas de libros latinoamericanos se
saltan los capítulos del “marco teórico”
de cuya extensión muchas veces se burlan,
y van directamente a los datos. A la misma conclusión
llega el antropólogo venezolano Daniel
Mato, un crítico agudo de las relaciones
científicas entre EE.UU. y América
Latina, cuando afirma (en prensa): “He examinado
la utilización que hacen antropólogos
y otros estudiosos de EE.UU. que se especializan
en América Latina de la bibliografía
que se produce en América Latina y que
se publica en castellano y portugués. Al
respecto he observado que salvo honrosas excepciones
en la mayoría de los casos esta bibliografía
es tomada como proveedora de información,
es decir como discursos de "informantes",
pero que muy pocas veces esta producción
es considerada por sus aportes teóricos,
es decir como discursos de colegas.” Le
agradezco a Daniel Mato el envío de sus
textos. Otro caso un poco diferente apunta en
la misma dirección: varios académicos
en los EE.UU., al mencionar el gran prestigio
del que goza en su país Néstor García
Canclini, antropólogo argentino-mexicano,
me contestaron “… because he represents
European theory.” También aquí
se trata de no reconocer un aporte latinoamericano
como original y propio, sino de redefinirlo como
tributario del único centro de prestigio
científico que la academia US-americana
reconoce fuera de sus confines: Europa.
[24]
No desarrollaré el camino de dependencia
que se crea a través de los miles de becarios
latinoamericanos que estudian en los EE.UU. o
en Europa. Cuando regresan, muchos viven en la
nostalgia del primer mundo y crean escuelas en
torno a las enseñanzas de sus grandes maestros...
o se vuelven políticos, presidentes y secretarios
de estado quienes, como decía el intelectual
mexicano Monsiváis, hablan en español,
pero con sintaxis del inglés.
[25]
Según el Informe General del Estado
de la Ciencias y Tecnología 2002 del
Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología
(CONACYT) mexicano, en 2001 cuatro países
concentraban el 59% de la producción mundial
medida en artículos; a EE.UU. le correspondía
el 32.1%, a Japón el 9.61%, a Gran Bretaña
el 9.24% y a Alemania el 8.9%. México participó
con el 0.67%, Argentina el 0.58% y Chile el 0.27%.
[26]
Un análisis más amplio de la orientación
militante hacia el monolingüismo (English
only) y la subordinación de las lenguas
de los inmigrantes se encuentra en Macías,
Valdés y Zentella, todos (1995) y (1997).
[27]
Esta oposición al multilingüismo forma
parte de una característica más
general de etnocentrismo que resulta difícil
entender desde América Latina o Europa.
Nos sorprenderá el dato que en 2002, el
66% de los diputados y senadores del Congreso
de la Unión Americana, es decir, los legisladores
que le dieron con abrumadora mayoría luz
verde al presidente Bush para su invasión
de Iraq, no tenían ni nunca tuvieron pasaporte;
en otras palabras, nunca habían viajado
al extranjero y no tenía la intención
de hacerlo (el total de cobertura de pasaportes
es del 15% en los EE.UU.; datos recabados personalmente
en el Tercer Foro Social Mundial en Porto Alegre,
enero de 2003).
[28]
Los datos sobre el aprendizaje de lenguas extranjeras
en EE.UU. son contradictorias. Dorwick (2001)
sostiene que cinco millones de alumnos de secundaria
aprenden español, y García (2001)
informa que más de 30 estados adpotaron
cursos obligatorios de una lengua extranjera;
otra estadística nos indica una reducción
de estudiosos del español en términos
absolutos de 600,000 en 1990 a 500,000 en 1995
en el nivel universitario; o sea, sólo
el 0.21% de la población adulta universitaria
aprende la lengua extranjera más importante
del país. Por otro lado, los grandes perdedores
son el francés y el alemán, mientras
aumenta moderadamente el interés por las
principales lenguas asiáticas. Los datos
son de GEN 5, (1999), Ingold (2002), Colombi (2001),
Blake (2001), Silva-Corvalán (2000) y Swender
(2001).
[29]
En esos años se produce una viva disputa
en la academia estadounidense sobre las ventajas
y desventajas del aprendizaje de lenguas extranjeras
para las ciencias.
[30]
En 1994 una muy renombrada profesora de una universidad
estadounidense, experta en políticas del
lenguaje, intentó colocar un artículo
mío publicado en español en la lista
de lecturas obligatorias para un curso de doctorado
en lingüística (sic); pero fracasó
en su intento en primera instancia. Sólo
cuando encargó y pagó de su bolsillo
una traducción al inglés el trabajo
pudo calificar como lectura obligatoria. Contrasta
dramáticamente este hecho escandaloso con
los serios y diferenciados debates sobre el aprendizaje
de lenguas extranjeras que se desarrollaban en
la misma academia estadounidense 50 años
antes.
[31]
Wallerstein (1995: 6) sostiene como presidente
de la Asociación Internacional de Sociología:
“... Nos parecería anormal sugerir
que los sociólogos marxistas y conservadores
se expresen únicamente en un lenguaje liberal.
Pero muchos no consideran anormal que sociólogos
francoparlantes e hispanoparlantes se expresen
en inglés. El plurilingüismo –
es decir, el uso de más de un lenguaje
fonético, no sólo en la lectura
sino, lo que es más importante, en el uso
público en congresos académicos
– no es un problema técnico menor,
sino un gran problema epistemológico del
mundo académico.”
[32]
Los contraejemplos son múltiples, pero
no desdibujan la tendencia general. Hace poco
me comentaba un experto en video digital y alto
ejecutivo de una de las mayores empresas cinematográficas
de Hollywood, en un bar del Sunset Boulevard,
que los japoneses, contrario a lo que se cree
comúnmente, seguían publicando primero
en japonés los resultados de su investigación
de punta sobre video digital y ellos, los US-americanos,
tenían muchas dificultades para acceder
rápidamente a los avances tecnológicos
en un campo donde los japoneses continúan
ejerciendo un liderazgo.

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