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El siglo XXI nos sorprende con el aparente
fait accompli de la globalización
del inglés y una anglo-americanización
económica, política, social, cultural
y militar del planeta que pareciera sin contrapeso,
como nunca antes había logrado imperio
alguno en la historia de la humanidad. Lo que
actualmente está en discusión es
si ese predominio encontrará, como pretende,
los mecanismos para su perpetuación por
tiempos imprevisibles, o acaso surgirán
poderes y nuevas constelaciones geopolíticas
y económicas que vuelvan a instalar algún
tipo de equilibrio en el mundo. La relación
entre las lenguas del planeta constituye a la
vez un componente dinámico y un reflejo
de esta situación. Cabe preguntarse si
la hegemonía actual del inglés se
transformará en monopolio y será
irrevocable en los campos cruciales de la producción,
la ciencia y comunicación internacional,
como afirman algunos (Crystal 1997), o si se mantendrá
un cierto pluralismo, aunque asimétrico,
entre las grandes lenguas internacionales que
se transformará de manera dinámica
en algunos lustros con el surgimiento de otras
potencias, como pronostica Graddol (1997) en su
estudio The Future of English?
Nadie podría negar que existan efectos
positivos en la difusión generalizada de
una lengua en el mundo; sin duda genera las condiciones
para vehicular y organizar la comunicación
cada vez más intensa, la interconexión
y el intercambio a nivel mundial. Quien domina
el inglés puede viajar por el mundo, organizar
sus negocios, difundir su publicidad e información
sobre productos, dar a conocer y discutir sus
posiciones políticas, sus investigaciones
científicas, sus ideas, inventos, opiniones,
creaciones. A través de las nuevas tecnologías
electrónicas, el inglés pone en
contacto a personas, comunidades, instituciones,
equipos y empresas en el mundo entero.
El campo científico expresa en forma aguda
la tendencia general de globalización del
inglés, aunque en las investigaciones sobre
el campo científico rara vez aparece el
tema de las lenguas [1];
en el caso de las ciencias naturales, su hegemonía
parece haber dado ya el paso hacia un monopolio
casi completo. La rápida difusión
de los grandes avances científicos se ha
agilizado enormemente con la existencia de una
lengua compartida de comunicación mundial.
Por esta razón, muchos científicos
y profesionales, tanto en países desarrollados
no anglófonos con una larga tradición
científica, como también del Tercer
Mundo, apoyan decididamente la adopción
del inglés como única lengua de
la ciencia.
Existen, sin embargo, buenas razones para no
abandonar tan fácilmente un esquema de
plurilingüismo en el campo de las ciencias,
particularmente de las ciencias sociales. Esto
vale en primer lugar para las lenguas internacionales
de segundo nivel que cuentan, en principio, con
los recursos estructurales necesarios para mantenerse
en los espacios nacionales e internacionales de
importancia estratégica como son las relaciones
internacionales, el comercio y la ciencia. En
mi opinión, destacan dos razones de peso
que nos deberían impulsar a conservar y
reforzar el español y otras lenguas en
los espacios vitales de las ciencias:
1. La reducción de la diversidad a una
sola lengua en la producción de modelos,
temas y estrategias de investigación
llevaría, desde una perspectiva ecológica,
a un empobrecimiento peligroso del desarrollo
científico mismo, especialmente en las
ciencias sociales.
2. La imposición total del inglés
reforzaría aún más las
asimetrías ya existentes, tanto en las
condiciones de acceso a la ciencia internacional
como en la producción y circulación
de la ciencia y tecnología propias. Tomando
en cuenta el valor de la ciencia como medio
de producción, dañaría
a mediano y largo plazo el desarrollo de la
economía misma de los países que
abandonan estos espacios.
Trataré de argumentar estas razones, iniciando
con una breve descripción de la distribución
de las principales lenguas en el campo científico
durante el siglo XX, con especial énfasis
en el español. Posteriormente, discutiré
la importancia de la diversidad de lenguas como
motor para el desarrollo de las ciencias, tomando
como ejemplo las relaciones científicas
entre los EE.UU. y América Latina en las
ciencias sociales. A continuación, esbozaré
el campo científico como un conjunto de
actividades diferenciadas con sus espacios lingüísticos
respectivos para explicar los problemas de acceso,
producción y circulación de la ciencia
para los países no anglófonos.
Sugiero pensar el desarrollo de nuestra actividad
científica en su conjunto desde una perspectiva
plurilingüe e intercultural, como alternativa
a las visiones subalternas y a veces catastrofistas
que predominan en nuestro medio. Este enfoque
nos permitirá reflexionar lo que significa
para un investigador individual y para una comunidad
científica en su conjunto producir ciencia
en su propia lengua como base para pasar a otras
lenguas y espacios de la cultura científica;
y las consecuencias que se vislumbran para un
país o un conjunto de países al
preservar, fomentar, o por el contrario, abandonar
su lengua nacional como lengua de la ciencia.
Concluiré con algunas estrategias y propuestas
de acción para los países hispanohablantes
y los tres espacios lingüísticos del
español, francés y portugués.
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