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Medicina y lexicografía

Bertha M. Gutiérrez Rodilla - Universidad de Salamanca, España
[cv]

 

Las relaciones entre la medicina y la lexicografía -o su resultado más tangible, que son los diccionarios- pueden abordarse desde muy diferentes perspectivas. La que vamos a adoptar en esta ocasión será, no tanto la del profesional de la ciencia, sino la del hablante normal de una lengua que acude al diccionario para tratar de averiguar el significado de un término médico. La justificación de esta elección radica en que son muchos los traductores que trabajan con textos procedentes del ámbito sanitario sin ser profesionales de la salud; su perspectiva, por tanto, con respecto al lenguaje médico y a los repertorios que pueden albergarlo, se acercará más a la del hablante medio de la lengua, que a la del especialista.

El problema que vamos a presentar es de difícil solución, por lo que no podemos pretender aportar recetas mágicas que permitan erradicarlo. Nuestro único objetivo es llamar la atención sobre su existencia, así como aportar algunos elementos que ayuden en la reflexión.

 

1. Los diccionarios especializados

Nos referiremos en primer lugar, muy brevemente, a los diccionarios especializados; diccionarios que, en principio, van destinados a los especialistas, pero que, con frecuencia, consultan también los profanos. Cualquier repertorio especializado trata de incluir el mayor número posible de términos del área de conocimiento de que se trate; e igualmente intenta que las definiciones de tales términos sean precisas y completas, lo que a menudo les confiere una gran complejidad. Esto último que acabamos de apuntar es causa frecuente de que el no especialista difícilmente pueda acceder al contenido de las mismas, como ocurre en los siguientes ejemplos que proponemos:

epimerasas: enzimas del grupo de las isomerasas que transforman los sustratos en sus correpondientes compuestos epiméricos; es decir, modifican la disposición espacial de un átomo de carbono; p. ej., la reacción reversible de glucosa a galactosa da lugar, a través de la UDP-glucosa-4-epimerasa, a la epimerización en el átomo de carbono 4.

glándulas paratiroides: pequeñas glándulas adheridas a la superficie posterior de la glándula tiroides, que proceden del endodermo de las hendiduras branquiales, en un número variable de parejas, habitualmente dos. El parénquima consta de masas y cordones de células epiteliales, que se dividen en dos tipos básicos: células principales y células oxífilas, aunque existen formas intermedias.

¿Entenderá algo el hablante normal de lo que se dice en estas definiciones? Creemos que no; por tanto, por más que fuera interesantísimo hacer un análisis de los muchos problemas que tienen planteados los diccionarios especializados, no es éste el momento de entrar en ello, por lo que vamos a seguir adelante...

 

2. El léxico médico en los diccionarios de lengua

Si el hablante normal no parece el destinatario ideal de los diccionarios especializados, sí debe serlo, en cambio, de los de lengua, unas obras que incluyen, en mayor o menor medida, léxico especializado; supuestamente aquella fracción del mismo que los no especialistas conocen, manejan, leen en los periódicos, etc. Una afirmación tan aparentemente sencilla como esta que acabamos de hacer implica dos escollos nada fáciles de sortear, a juzgar por las montañas de papel escritas al respecto: uno, cómo determinar la parte del léxico especializado que debe figurar en el diccionario de lengua; y, dos, hecha tal determinación, cuál es la forma idónea de incluir ese léxico en el diccionario.

Puesto que para el caso del castellano el diccionario de lengua por excelencia es el de la Real Academia Española, que además es normativo, nos vamos a servir de él para tratar de ejemplificar estas dificultades que hemos adelantado.

 

2.1. Dificultades relacionadas con la macroestructura

De entre los obstáculos relacionados con la macroestructura, es decir, con los términos incluidos en el repertorio, hay algunos que son deudores de la propia historia del diccionario académico: y es que este repertorio es heredero directo de aquel primer Diccionario de Autoridades, cuya realización dió origen a la fundación de la Academia en el siglo XVIII. Diccionario que, como es conocido, se pensó para dotar al castellano de una norma. Para ello se recurrió de un modo especial a las autoridades literarias y no literarias de épocas anteriores, mostrando una especial debilidad por las grandes figuras del humanismo renacentista.

Tal proceder ha dejado huellas importantes en todos los repertorios académicos posteriores, siendo notables las que se refieren al léxico científico, como lo tratamos de mostrar con el ejemplo siguiente:

En el siglo XVI se pensaba que el moco, nuestra secreción mucosa nasal, era una especie de producto de desecho del cerebro y, como tal, se sintetizaba en una glándula alojada en el interior del cráneo -la que conocemos ahora con el nombre de hipófisis-. Como en latín moco es pituita, el gran anatomista del Renacimiento Andrés Vesalio pensó denominar "glándula pituitaria" a aquella glándula donde creían podía sintetizarse el moco. Después se demostraría que no era así y más tardiamente se acuñó el término "hipófisis" para referirse a esta famosa glándula, siendo tal término el utilizado en la mayoría de las lenguas internacionales, aunque no en inglés. En relación con los repertorios académicos de los que aquí estamos tratando, se introdujo pituita en el Diccionario de Autoridades, elaborado en el XVIII, avalado por la "autoridad" del humanista del XVI Juan Lorenzo Palmireno. En tal repertorio se explica el moco como "una superfluidad del celebro". Si bien ya no se define así, resulta que la última edición del DRAE sigue manteniendo esta "glándula pituitaria", que equivaldría a la hipófisis...

¿Qué consecuencias se derivan de lo anterior? En primer lugar, es un error. Los médicos hispanohablantes no asocian pituitaria con la hipófisis, sino con la mucosa nasal. Pero hay una segunda consecuencia igual o más importante: en los textos médicos en inglés aparecen pituitary y pituitary hormon, que algunos traductores "traducen" por "pituitaria" y "hormona pituitaria", en lugar de por "hipófisis" y "hormona hipofisaria". Cuando se les señala que su opción no es acertada, tienen la coartada de que figura en el diccionario académico, por tanto, se puede emplear, aunque no tenga ninguna razón de ser.

El hecho al que acabamos de aludir se produce en el sentido señalado, pero también en el contrario: no solamente los hispanohablantes tenemos la perniciosa costumbre de creer que todo lo que está en el diccionario académico se puede decir, sino que además creemos que todo lo que en él no se recoge, o está mal dicho o no existe. Si, para lo que concierne a la lengua en general y a la literaria en particular, tener esta fuerte conciencia de la existencia de una autoridad lingüística que vela por la lengua española a través de unas tablas de la ley en forma de diccionario puede estar plenamente justificado, no ocurre lo mismo en lo que respecta al lenguaje científico, que es, dicho sea de paso, la principal vía de penetración de extranjerismos en el lenguaje. O, por decirlo de otro modo, es el ámbito donde mayor necesidad habría de que existiera y funcionara una buena vigilancia lingüística.

En 1791, el español Valentín de Foronda, autor de una obra sobre química, se expresaba en el prólogo de la misma de la siguiente manera:

No puedo menos de denunciarme al tribunal de los puristas de la lengua, y confesar que he hecho uso de muchas voces que no las conoce nuestro diccionario [...] Por lo que mira á aquellas palabras que no supieron nuestros buenos abuelos, pero que son inevitables, me atrevo á esperar la aprobación de los puristas; pues cuando se trata de una cosa nueva, la razón dicta que se empleen no habiendo otro modo de trasmitir á los que nos oyen las ideas de que estamos penetrados [1].

Como vemos, Foronda se acusaba de haber utilizado muchas palabras que no aparecían incluídas en el diccionario. Acusación que es frecuente leer en otros escritos científicos de la época. Pero es que un diccionario de uso de una lengua no debe ocuparse sino tangencialmente de los tecnicismos. Por tanto, está de más que la Academia le otorgue de forma periódica su "bendición" a algunos términos que nunca deberían entrar en un diccionario de uso del español, dirigido al lector medio. Porque, además, la mayoría de los tecnicismos que se incorporan al repertorio académico lo suelen hacer mucho tiempo después de estar en uso, cuando ya las posibilidades de modificar los hábitos lingüísticos son escasas, por no decir, nulas. Los tecnicismos de "rabiosa" actualidad, que son los que interesan a los profesionales de la ciencia -en cuanto a su traducción o su adaptación se refiere-, son precisamente los que tardarán diez o veinte años en aparecer en el DRAE, si es que llegan a hacerlo alguna vez y, para entonces, no le preocuparán a ningún científico.

Por otra parte, que los individuos de número de la Academia puedan ser buenos escritores o conocedores de la lengua literaria no los convierte en los más capacitados para dictaminar sobre los términos científicos: unas veces, sencillamente, porque no alcanzan a comprender su significado; otras, porque no conocen las terminologías donde esos términos se hayan insertos. La prueba más contundente de ello es la falta de criterios sistemáticos para la inclusión de los tecnicismos en el diccionario académico. Porque, si tales criterios existen, en contra de lo que cabría esperar, nada tienen que ver ni con el uso ni con la estructura lógica y normalizada de las diferentes terminologías: ¿Cómo es posible, si no, que se incluyan en el DRAE vasectomía o lifting, pero no ligadura de trompas o peeling? En la entrada "enfermedad", aparecen tres subentradas con nombre propio: enfermedad de Alzheimer, enfermedad de Parkinson y enfermedad de Bright. Puede entenderse que estén Alzheimer y Parkinson, por la familiaridad y cercanía que, desgraciadamente, tenemos los hablantes con estas malévolas enfermedades, pero la de Bright ¿cuántos hablantes la han oído nombrar?

Aunque también es cierto que, a veces, la inclusión de términos en el DRAE sí tiene que ver con el uso. Lamentablemente esas ocasiones coinciden, con más frecuencia de la deseable, con aquéllas en las que la Academia debería servir precisamente para no hacerse eco del mismo. Así ocurrió, por ejemplo, con la aceptación del anglogalicismo "tisular" para referirse a "lo relativo a los tejidos orgánicos"; o con la inclusión de una nueva acepción para la palabra "rango" en el sentido de "amplitud de la variación de un fenómeno...", calcada del inglés range. Este término, tisular y ese sentido de rango, que hicieron correr ríos de tinta en nuestras principales revistas biomédicas, le podrían haber servido impecablemente a la Academia para ejercer su misión de "fijar, limpiar y dar esplendor":  optando en el primer caso por rechazar "tisular"  en favor de "hístico", que es la forma derivada del griego de la que proceden todos nuestros términos científicos relacionados con el concepto de tejido orgánico ("histocompatibilidad", "histiocitosis", "histología", "histopatología", "histona", "histogénesis", "histotrópico", "histólogo"...); y desterrando, en el segundo caso, el uso de "rango" como traducción de range, pues ya existían en castellano otras palabras como "intervalo" o "recorrido" para expresar exactamente lo mismo.

 

2.2. Dificultades relacionadas con la microestructura

Lo apuntado hasta aquí tiene que ver, sobre todo, con la selección de los términos que se incluyen en el diccionario, es decir con su macroestructura o nomenclatura. El otro gran problema es el que se relaciona con la microestructura, es decir, con la definición de los términos que se introducen en él. Porque no es infrecuente que tales definiciones no le sirvan de mucho al hablante medio de la lengua y, por si eso no bastara, tampoco acaben de convencer al especialista. Al primero porque, en muchas ocasiones, las entradas se definen a su vez mediante otras voces especializadas que pueden resultar incomprensibles para las personas no iniciadas en el tema de que se trate. Así sucede con oleína, que se define como "ester de glicerina con una molécula de ácido oleico": una definición de nueve palabras de las que sólo cuatro no son tecnicismos. Si uno no sabe lo que es ester, glicerina, molécula y ácido oleico, está perdido. Quizá es que oleína no debería estar en el DRAE... Pero, por ejemplo, médula espinal, que sí debe estar - y, de hecho está-, se define como "prolongación del encéfalo, que ocupa el conducto vertebral, desde el agujero occipital hasta la región lumbar". Es probable que muchas personas puedan situar la región lumbar; pero no lo es tanto que además sepan qué es el encéfalo y dónde está el agujero occipital. Y, en todo caso, ¿por qué ofrecer una definición anatómica como ésta, en lugar de una de tipo funcional? o ¿por qué no complementarla con esa definición funcional que le permitiera comprender al hablante, por ejemplo, qué es lo que sucede si se le secciona la médula espinal en un accidente de tráfico, que seguramente le interesará mucho más que saber dónde está el agujero occipital?

Como adelantábamos, tampoco siempre la información relacionada con un tecnicismo que se incluye en el diccionario convence a los especialistas del área de conocimiento de que se trate. Sería el caso de carditis, que, de acuerdo con el DRAE, es la inflamación del tejido muscular del corazón; cualquier especialista utiliza para expresar ese significado el término miocarditis. Porque, además de su capa muscular llamada miocardio, el corazón tiene una capa interna, el endocardio, y otra externa, el pericardio, que también se pueden inflamar; inflamaciones que se conocen, respectivamente, como endocarditis y pericarditis. Es decir, los especialistas hablan de las pericarditis, las miocarditis y las endocarditis, pero rara vez de las carditis a secas, que es precisamente la entrada que incluye el DRAE.

 

3. Lexicografía científica e internet

Este breve repaso a las posibilidades lexicográficas que se le ofrecen al hablante medio de una lengua no está completo sin hacer referencia a las que puede encontrar a través de internet, a la que ese hablante normal del que nos estamos ocupando y, por supuesto, el traductor médico, cada vez recurre con mayor frecuencia para solucionar sus dudas de todo tipo.

La información que puede obtenerse por esta vía es amplia, pero también, inabarcable, difusa y anárquica; y, sobre todo, poco homogénea en cuanto a su fiabilidad y calidad, dado lo escasos que son los mecanismos y sistemas arbitrados para controlar éstas. En consonancia con lo anterior, los repertorios lexicográficos de interés médico a los que puede accederse son innumerables y la variedad que presentan es similar a la de sus posibles autores: filólogos, traductores, científicos..., ya actúen de forma individual o colectiva, integrados en servicios de traducción, colegios profesionales, compañías de seguros, unidades de planificación lingüística, comisiones de normalización, sociedades científicas, organismos nacionales e internacionales, etc. Esta disparidad de autores, con sus diferentes objetivos e intereses, tiene su correspondencia en el rigor con que se tratan los términos y sus definiciones, tanto en lo que tiene que ver con el contenido, como en lo que atañe al lenguaje que se emplea o a los términos cuyo uso se recomienda.

En relación con el contenido, cabe pensar que cuando los repertorios los elaboran especialistas en el tema de que se trate, su calidad debe estar más o menos garantizada. El problema es que no siempre es fácil averiguar quiénes son exactamente tales autores. Por otro lado, a veces lo que ofrecen estos diccionarios no se adapta a las expectativas que despiertan con sus declaraciones de intenciones y la selección de las entradas no responde a unos criterios fáciles de entender. A lo que puede sumarse, desde luego, que las definiciones sean incorrectas e incomprensibles. En suma, las mismas dificultades de los repertorios impresos, pero con unas posibilidades de difusión, de amplificación, infinitamente mayores.

Nos vamos a servir para ejemplificar algo de lo que decimos de un "Diccionario Médico" que ofrece en la red la compañía de seguros médicos ADESLAS (http://www.adeslas.es/AdAdeslas/CNSeg/S03TuSalud/s05Diccionario/
SPA/ 03_Diccionario _spa.asp?webori=PORT1&lang=SPA&ie=3&path=
S03TuSalud/ s05Diccionario/&destino=03_Diccionario_spa.asp
&nProv=00&av=0
); repertorio, en el que, según su declaración de intenciones, se pretende definir los "términos médicos en un lenguaje asequible (sic) a todas las personas". En primer lugar, es imposible saber quién lo ha elaborado, pues no figuran los autores por ninguna parte. Igual de imposible resulta intuir cuáles han sido los criterios seguidos por esos autores para seleccionar las entradas, de las que alrededor del 90% son pruebas diagnósticas, instrumentos y aparatos con los que se realizan tales pruebas y posibilidades terapéuticas. Lo anterior revela que más apropiado que "Diccionario Médico", sería un título como "Diccionario de pruebas diagnósticas y posibilidades terapéuticas" o algo similar. Aun así, seguiría conteniendo algunas entradas, en nuestra opinión, bastante absurdas en un diccionario que se plantea para "todas las personas"; entradas, como ortóptica o sinoptóforos, por ejemplo. Por otro lado, en lo que se refiere a las definiciones de los términos, éstas oscilan entre la imprecisión o la falta de rigor, por muy comprensibles que sean y las que son previsiblemente incomprensibles para quienes no saben medicina, que son los destinatarios principales del diccionario. Al primer grupo pertenecería colesterol: "grasa que se deposita en el interior de las arterias". Y, al segundo, cobaltoterapia: "sistema de radioterapia para irradiación intracavitaria"; o espirometría: "medición de los volúmenes de aire movilizados por los movimientos respiratorios y de los débitos ventilatorios [...]". Es bastante improbable que la gente de la calle sepa qué es intracavitario o a qué aluden los débitos ventilatorios. Eso sin entrar en lo incorrecto de usar el galicismo débito, en lugar de gasto.

Si difícil es la batalla por la calidad del contenido, más lo es todavía la del lenguaje con que ese contenido se transmite o los términos que se proponen como equivalentes entre unas lenguas y otras: en muchos de los diccionarios que se ofrecen en Internet se utilizan términos incorrectos o poco recomendables; en otros, se descuida lo que tiene que ver, por ejemplo, con las tildes de la acentuación castellana, bien por desconocimiento, bien por la utilización de un teclado o de un programa que no permite su registro gráfico. Otros son, por decirlo de alguna manera, absolutamente disparatados y no es de extrañar que así sea, dado que cualquiera puede publicar en la red lo que mejor le parezca, sin pasar filtros previos de ningún tipo. Un ejemplo muy ilustrativo lo constituye un supuesto "Vocabulario médico popular" (http://idd0073h.eresmas.net/chim3.htm), cuyo autor no distingue los términos que realmente reúnen tal condición de las palabras del lenguaje común, vulgares o no, que se utilizan en sentido figurado para referirse a determinadas partes del cuerpo; y estos dos grupos, a su vez, no los diferencia de lo que son confusiones léxicas fundamentadas en falsas etimologías. Y presenta allí, como si todo fuera lo mismo, almorranas, coyunturas, hiel, redaño..., que sí son términos médicos populares, mezclados con capullo, ojete o remos y con analís, hematocristo, tromposis o versícula, por ejemplo.

Con ser de gran calado, ninguno de los anteriores constituye el principal problema relacionado con el lenguaje médico e Internet, como lo es el que ésta sea la vía más expeditiva para que el inglés ejerza su influencia sobre las demás lenguas favoreciendo en ellas una penetración masiva e incontrolada de anglicismos. No tiene sentido aportar ejemplos, pues éstos son infinitos; hecho ligado, desde luego, a la fuerza del inglés como lengua internacional de la ciencia que, aunque también se manifiesta en los textos que se transmiten en soporte papel, no tiene el mismo grado de difusión que los que lo hacen por la red. El asunto adquiere mayor relevancia todavía si se piensa que muchas de esas opciones no las ofrece cualquier persona, sino que en buena medida provienen de universidades, centros de investigación o profesionales de reconocido prestigio. Esto hace que sea muy difícil convencer a los que acceden a las páginas y ven los términos que allí se proponen, de que, en realidad, tales términos no deberían utilizarse porque sus promotores se han equivocado en sus opciones lingüísticas, por más que sus conocimientos científicos y técnicos puedan ser extraordinarios...

 

4. Los diccionarios especializados divulgativos

Llegados a este punto y a la vista de tantas dificultades como se plantean ¿qué solución cabe? Porque lo que parece innegable es que la ciencia y la técnica constituyen una parte esencial de nuestra vida en el momento presente. Y no hay muchas dudas sobre la importancia que continuarán cosechando en las próximas décadas. Por esa razón, porque la ciencia ha adquirido un lugar tan importante entre nosotros, deberíamos aprender a hablar de ella y a discutir sobre ella. Pero ¿cómo hacerlo, si lo que sabemos de ese mundo proviene de las noticias "bomba" que aparecen en los medios de comunicación y cuando acudimos a los diccionarios para buscar alguna palabra que no hemos entendido, nuestras dudas son todavía mayores que cuando iniciamos la búsqueda?

Resulta evidente que para que los profanos puedan acercarse al mundo de la ciencia se necesitan obras de divulgación científica de calidad, entre las que deben encontrarse los diccionarios especializados divulgativos, que podrían liberar de buena parte de la terminología científica a los diccionarios generales o a los diccionarios de lengua, presentándola además de una manera adecuada para las personas que no son especialistas en cada una de las materias. Es decir, diccionarios que supieran encontrar el equilibrio entre la precisión científica y la accesibilidad general. Este es un punto muy importante porque existen algunos repertorios, que se llaman a sí mismos divulgativos, pero que el tipo de definición que incluyen es exactamente el mismo que el de los diccionarios especializados; con lo cual, el profano sigue sin entender nada.

¿Por qué no se hacen más diccionarios de esta clase, que, además, sean buenos diccionarios? En nuestra opinión la respuesta es simple: porque para ello tendría que producirse un cambio de mentalidad, tanto entre los especialistas, como entre los propios usuarios y aun en el mundo editorial. Sucede, de un lado, que para confeccionar buenos diccionarios de divulgación sería necesario que los profesionales de la ciencia, en este caso de la medicina, se avinieran a compartir con el resto de sus congéneres los contenidos especializados que ellos manejan; y que lo hicieran de una forma que todo el mundo pudiera comprender. Lo cual es un imposible metafísico, por dos razones: en primer lugar, porque para hablar de los contenidos de la ciencia de manera que cualquiera lo entienda, no basta con servirse de ese lenguaje semiautomático que el especialista utiliza con sus colegas, sino que hay que realizar un esfuerzo, a veces importante, que no todos están dispuestos a llevar a cabo. En segundo lugar, porque a los científicos, en general, les parece que divulgar es una tarea de tercera o cuarta categorías [2].

Pero no es tan sólo problema de los profesionales de la ciencia, que consideran que los trabajos de divulgación no tienen la misma enjundia que los destinados a los colegas; igualmente, no son pocos los usuarios convencidos de que tales trabajos son menos rigurosos que las superespecializados, aunque sólo sea porque les resultan de fácil comprensión. La propia ciencia se ha encargado de alimentar esta idea, empezando por la oscuridad de su lenguaje, buscadamente opaco en más ocasiones de las necesarias...

Por otro lado, tampoco las editoriales parecen muy convencidas de los beneficios económicos que podrían obtener con la publicación de este tipo de diccionarios; o, simplemente, no están dispuestas a apostar por un proyecto, que de realizarse debidamente, tardaría años en llegar a buen puerto y prefieren seguir editando los repertorios especializados de siempre, sea cual sea su nivel de dificultad o de complicación, sin preocuparse de rellenar el vacío lexicográfico que pueda haber en este sentido.

A pesar de lo anterior, la lexicografía de divulgación -como el resto de la literatura perteneciente a este género- debería ser tarea prioritaria y obligada tanto para los científicos, perceptores de fondos públicos que subvencionan su investigación, como para los organismos e instituciones que se mantienen con dinero que proviene de las aportaciones de todos los ciudadanos.

* * *

Vamos a terminar ya. Llevamos siglos haciendo diccionarios: antes de que surgiera la imprenta, después de que apareciera, y en la era virtual. Y los problemas persisten, lo que quizá nos demuestre que la clave no está tanto en los medios físicos o técnicos de que podamos disponer para elaborarlos, cuanto en los presupuestos mentales de los que partamos para hacerlos y en la planificación y organización que debería preceder a su confección. Todos podemos tropezar, pues la perfección no existe. Lo grave, a nuestro juicio, es perseverar en actitudes que nos hacen caer una y otra vez ante la misma piedra.

 

Bibliografía

-ÁGUILA ESCOBAR, G. (2005): "El léxico de la arqueología en los diccionarios de la academia", Analecta Malacitana (AnMal electrónica), 18 (http://www.anmal.uma.es).

-BOJO CANALES, C. et al. (2004): Internet visible e invisible: búsqueda y selección de recursos de información en Ciencias de la Salud, Madrid: Instituto de Salud Carlos III (disponible en http://bvs.isciii.es/mono/pdf/BNCS 01.pdf).

-FORONDA, V. de (1791): Lecciones ligeras de Chímica, puestas en diálogo por D..., Madrid: M. González.

-FRANCOEUR, A. y BRISEBOIS, M.: "Ressources documentaires médicales sur Internet: quantité, diversité et qualité", META, 46 (1), 2001: 128-144.

-GUTIÉRREZ RODILLA, B. M. (1998): La ciencia empieza en la palabra. Análisis e historia del lenguaje científico, Barcelona: Península: 181-202.

-GUTIÉRREZ RODILLA, B. M. (1999): La constitución de la lexicografía médica moderna en España, La Coruña: Toxo Soutos.

-GUTIÉRREZ RODILLA, B. M. (2001): "El lenguaje médico en Internet", Médico Interamericano, 20 (1): 40-43.

-MILLÁN, J. A. (2004): "Los términos informáticos en el Diccionario de la Academia" (disponible en http://jamillan.com/infordra1.htm).

-NAVARRO, F. A. (2001): "Internet en inglés e Internet en español: el mismo collar con distintos perros", Panacea, 2 (6): 101-107.

-ORDUÑA LÓPEZ, J. L. (2002): "Los términos de la Física en los diccionarios generales y especializados" [Tesis], Lleida: Universitat de Lleida.

-TOMAEL, M. I., CATARINO, M. E., POMIM, M. L., ALMEIDA, O. F. y SILVA, T. E. (2001): "Evaluación de fuentes de información en Internet: criterios de calidad", Ciencias de la Información, 32 (2).

 

[1] FORONDA, V. de (1791), p. XIII.

[2] Estamos simplificando mucho: primero, porque no todos los científicos piensan así. Segundo, porque detrás de ese "desprecio" por la divulgación se hallan factores de todo tipo, entre los que no son los menos importantes la presión que sufren los investigadores por obtener y publicar resultados en revistas de primera categoría, para poder así conseguir subvenciones para su trabajo, proyectos de investigación, etc.

 

Bertha M. Gutiérrez Rodilla - Universidad de Salamanca (España)

- Licenciada y Doctora en Medicina y Cirugía y en Filología Hispánica, completó su formación en el Instituto de Lexicografía de la Real Academia Española (Madrid) y en la Académie de Médecine de Paris y en la Université de Paris XIII. En la actualidad es Profesora Titular de Historia de la Ciencia de la Universidad de Salamanca, donde imparte docencia en los estudios de Medicina, Odontología, Humanidades, Traducción e Interpretación y Filología Hispánica.

- Ha pronunciado conferencias relacionadas con sus líneas de trabajo en diversos foros y centros de reconocido prestigio en todo el mundo; ha publicado numerosos artículos en revistas nacionales e internacionales, siendo autora y editora, asímismo, de varios libros, entre los que destacan La Ciencia empieza en la Palabra. Análisis e historia del lenguaje científico (Barcelona, 1998), galardonado con el Premio "Logos 2000" de la Association Européenne des Linguistes et des Professeurs de Langues; La constitución de la lexicografía médica en España (La Coruña,1998); Aproximaciones al lenguaje de la ciencia (Burgos, 2003); El lenguaje de las ciencias (Madrid, 2005).

- Es miembro de varias asociaciones culturales y científicas; colaboradora habitual del Centro Virtual Cervantes (Instituto Cervantes); forma parte del equipo director de la revista electrónica Panace@ (Medicina y Traducción) y del consejo editorial de otras varias revistas relacionadas con sus líneas de investigación.

 

 

 

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